Ante una crisis
estructural del sistema mundo
21 de septiembre de 2016
Por Decio Machado (Aldhea)
Director Ejecutivo de la Fundación
Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios
Antropológicos
Cuando estamos a punto de que se
cumplan ocho años de la quiebra de Lehman Brothers[1], la
que fue una de las mayores compañías de servicios financieros del planeta y
momento en el cual se oficializó la más grande crisis financiera de la historia
desde el crack de 1929, la economía mundial no se ha vuelto aun a recuperar de
los graves síntomas de desestabilización global.
La oficialización en Juzgados de la
bancarrota de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 desató el pánico
entre los inversores, lo que llevó al índice Standard & Poor´s 500
(S&P500) -uno de los índices bursátiles más importantes de Estados Unidos-
a desplomarse cerca de un 40% ese mismo año.
Sin buscar profundizar en lo que fue la
historia de la última crisis económica global, cabe recordar a modo
introductorio que la crisis financiera del año 2008 fue fruto directo del
colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos durante el año 2006, lo
que provocó en octubre del 2007 la llamada crisis de las hipotecas subprime.
Los impactos de esta crisis hipotecaria se manifestaron de manera
extraordinariamente grave desde inicios del 2008, afectando primero al sistema
financiero estadounidense y posteriormente al internacional. Sus consecuencias
fueron múltiples, destacándose entre estas una profunda crisis de liquidez
global que implicó grandes inyecciones de dinero en efectivo desde los bancos
centrales de todo el mundo a los sistemas financieros privados, una crisis
alimentaria que afectó a las regiones más pobres del mundo (especialmente a
países como Malaui, Zambia y Zimbabue), junto a diversos derrumbes bursátiles
(crisis bursátil de enero de 2008 como antesala de la crisis bursátil mundial
de octubre de ese mismo año) y una crisis económica de magnitud internacional
cuyos coletazos se extienden hasta nuestros días. Desde entonces atravesamos lo
que podemos llamar una coyuntura pos-2008 que por lo prolongado de su duración
genera gran preocupación a las instituciones de Bretton Woods.
Pero hagamos memoria, tras la crisis subprime y la burbuja inmobiliaria los diversos
países afectados decidieron aplicar un programa de políticas de estímulo
buscando dinamizar sus respectivas economías nacionales. Para evitar la
deflación[2] y depresión que podrían conllevar este
tipo de medidas, la
Reserva Federal en coordinación con el Banco de Inglaterra,
bajó los tipos de interés hasta cero y empezó a aplicar lo que se ha venido en
denominar quantitative easing[3], llegando
a aplicar este programa por tres veces consecutivas[4].
Este programa de compras expendida de activos, término con el que fue definido
en Europa, ha sido aplicado también por el Banco Central Europeo buscando
contribuir al incremento de la producción y los precios en el área de la Eurozona. En el viejo
continente, el programa consiste en una inyección masiva de 1,15 billones de
euros de liquidez adicional en el mercado que contempló inicialmente la
adquisición total de 60.000 millones de euros que posteriormente se ampliaron a
80.000 millones de euros de compras mensuales hasta marzo del 2017. Además y
fruto del impacto del Brexit en la economía británica, donde la caída del
sector manufacturero y los servicios (desde la hotelería hasta informática y
finanzas) luego del referendo del 23 de junio, el Banco Central de Inglaterra
intervino bajando los tipos de interés a su nivel más bajo en décadas y
anunciando un masivo programa de emisión de dinero electrónico, anunciándose
así un nuevo programa dequantitative
easing equivalente a
unos 100.000 millones de dólares para estimular el crédito, el consumo y la
producción.
Si bien es cierto que gran
parte de los endeudamientos públicos globales, temática que abordaremos en el
transcurrir de este texto, son parte de la salida dada a la crisis del 2008,
también lo es que podría convertirse en el principal pilar de la próxima crisis
global. Partiendo de este hecho estaríamos frente a una situación de crisis
estructural, pues los mecanismos de corrección aplicados para rearticular el
equilibrio económico y superar la crisis habrían dejado de ser una herramienta
efectiva a futuro, prolongando el momento en que más temprano que tarde
llegaría un fuerte colapso del sistema financiero global.
Dejando este punto para después,
conviene indicar que la política expansiva estadounidense generó tasas de
crecimiento sustancialmente mayores que las europeas, aunque si se analizan las
recesiones habidas desde la Segunda Guerra Mundial , ésta ha sido de las
recuperaciones más débiles que hemos conocido en la historia económica mundial.
Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill
Clinton y también como asesor del presidente Barak Obama ha llegado incluso a
desarrollar la llamada tesis del “estancamiento secular”, según la cual el tipo
de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas
monetarias ultraexpansivas no serían suficiente para estimular la demanda,
llegándose a la conclusión que el crecimiento sólo se consigue ya por medio de
burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.
Es un hecho que la impresión
generalizada en los círculos gobernantes es que han fracasado las medidas
aplicadas de flexibilización cuantitativa, termino en castellano del quantitative
easing. La justificación a la inyección de miles de millones de dólares en
el sistema financiero mundial a través de estos programas fue tener las tasas
de interés más bajas, buscando así estimular al capital financiero a invertir
en la economía real. Sin embargo, ocho años después, la inversión global está
muy por debajo de donde estaba antes del 2008 y no hay indicios de grandes estímulos
en la economía global.
En la actualidad son muchos los
defensores de estas medidas los que se preguntan sobre la utilidad real de éstas,
sobre si la propagación de las tasas de interés negativo han roto el sistema
bancario, o
si ya comienza a ser hora de actualizar un modelo económico que ya poco nos
dice sobre el mundo real en el que vivimos.
Teniendo en cuenta, como indica
Immanuel Wallerstein, que el capitalismo es un sistema y que como todos los sistemas
tiene una vida no eterna (los sistemas pasan por tres fases: creación,
desarrollo y declive), podríamos estar asistiendo a su última etapa, si bien
está puede prolongarse aun en agonía durante varias décadas y haciendo cada vez
más daño al conjunto de la humanidad.
Si entendemos que la
definición del sistema capitalista moderno viene dada por su necesidad de una
incesante acumulación de capital (Wallerstein, 2006), el término crisis se
definiría como “una situación caracterizada por un conjunto de fallos
generalizados en las relaciones económicas y políticas de reproducción
capitalista” (Busqueta et al., 2009:18).
Haciendo más
comprensibles estos términos, diríamos que si definimos el Capital como un
valor en movimiento que experimenta una expansión continuada por medio de la
producción de plusvalía, cuando hablamos de crisis estamos hablando de la
ruptura de este ciclo expansivo, lo que implica que los inversores preferirán
guardarse el dinero antes de invertirlo pues entienden que en estas coyunturas
no obtendrán el beneficio esperado frente al riesgo que asumen. Pero el Capital
también puede estancarse en forma de dinero cuando no encuentra las materias
primas adecuadas para materializarse o incluso fruto de otras circunstancias
tales como cuando existe maquinaria que no está a pleno rendimiento, los
inventarios de productos son excesivos, el desempleo no permite dinamismo en el
consumo, etc. En la actualidad podríamos estar viviendo una situación en la que
se van combinando múltiples factores de estas características.
Desde los textos de los Grundisse de Karl Marx ya sabemos que la
tendencia hacia crisis cíclicas es una ley inherente al capitalismo. Es un
hecho indiscutible que el sistema capitalista ha generado periódicamente
docenas de crisis cíclicas por lo menos desde 1825, cuando la primera auténtica
crisis de sobreproducción internacional golpeó al planeta. Ahora bien, la forma
en la que se desató la crisis del 2008, a diferencia de otras anteriores,
demuestra de que el sistema económico global ya no es tan sólido como lo era
antaño, condición que hace que su recuperación sea muy lenta y altamente
conflictiva. El endeudamiento global crece como la espuma mientras la
competitividad general está semi estancada, a pesar de las visiones optimistas
vertidas en el último informe The Global Competitiveness 2015-2016[5] las
cuales no se corresponden con la realidad.
Lo que tenemos en la actualidad es un
ritmo de crecimiento muy inferior al de antes de la crisis, un incremento
permanente de la desigualdad global y una tendencia generalizada al elevado
desempleo. Como apuntamos con anterioridad, la capacidad de endeudamiento de
una economía capitalista está en relación directa a su nivel de competitividad,
lo que hace imposible en las condiciones actuales que dicha deuda global se
pueda reducir salvo que exista en algún momento quiebras masivas fruto de lo
que el sistema consideraría una falla sistémica global, con las
correspondientes quitas de deuda que de tal episodio catastrófico derivarían.
En este sentido, es de esperar que el sistema monetario actual esté abocado al
fracaso, aunque la deuda global en estos momentos se esté permanentemente
renovando. Llegará un momento en que será imposible dilatar por más tiempo la
necesidad de afrontar dichas obligaciones. La reducción de gastos en bienes de inversión
está provocando que descenso de la tasa de crecimiento de la productividad de
la economía, consecuencia de que los fondos acumulados por las grandes corporaciones
están siendo canalizados hacia actividades especulativas como la recompra de
acciones y las fusiones.
Los países
desarrollados no han vuelto a crecer con fuerza desde el inicio de la crisis
financiera del 2008, pero tras la caída de los precios de los commodities la situación se ha visto notablemente
agravada, ya que las economías de los países emergentes ahora también tienen
problemas de crecimiento y sufren la fuga de capitales hacía otros mercados. En este sentido, cabe
resaltar que la fuga ilícita de capitales de los países en vías de desarrollo
no proviene ni de la corrupción ni del narcotráfico, como a veces se plantea;
tampoco de las fortunas individuales que se esconden en paraísos fiscales como
las reveladas en este año por un consorcio mundial de periodistas a través de
los Panama Papers, sino que estos encuentran sus vías de escape
mayoritariamente por la manipulación de los precios de transferencias
(sobrefacturación de importaciones de productos y servicios para inflar gastos
y registrar una renta inferior a la real) de las compañías, episodio que
veremos más adelante analizando el caso chino. El 64,3% de los flujos ilícitos
globales proviene de operaciones comerciales manipuladas, muchas más que el
30,6% estimado por actividades criminales y el 5,1% derivado de la corrupción
gubernamental, según indica el referencial informe Capitalism´s
Achilles Heel elaborado
por Raymond Baker delGlobal Financial
Integrity.
Profundizando en lo anteriormente
mencionado, cabe considerar es que si contemplamos el estancamiento de la
economía japonesa, la cual siendo la tercera economía del mundo continúa
luchando contra su escaso o nulo crecimiento económico a pesar de cuatro años
de Abenomics–inyecciones monetarias, estímulos fiscales y
reformas laborales neoliberales- y la cual al ritmo actual de compra de deuda
para el 2020 su banco central tendrá dos tercios de los bonos del gobierno; la
desaceleración china sobre la cual nos extenderemos más adelante; la situación
de Rusia, en la cual la recesión económica se ha prolongado durante seis
trimestres y donde se ha propuesto “un ambicioso plan de privatizaciones” según
palabras de su viceprimer ministro Igor Shuvalov por el cual el Estado prevé el
ingreso de un billón de rublos mediante la catastrófica venta de las petroleras
Bashner y Rosneft, la
naviera Sovkomflot y el banco VTB; un Brasil hundido en la
recesión y donde el mismo día que se consumaba la destitución de Dilma Rousseff
se conocía el dato de que en el segundo trimestre de este año su agonía económica
se prolongaba contrayéndose su PIB un 3,8% en comparación con el mismo período
del 2015; y con una Unión Europea de crecimiento muy débil y que tuvo que
devaluar el euro para evitar un infarto económico; queda claro que la economía
global no está en su mejor momento.
A continuación pasamos a hacer un
repaso de los aspectos más significativos de la economía global y las
perspectivas negativas que de estos deriva.
Ralentización de China
La economía de China estuvo durante
casi cuatro décadas asombrando al mundo con unas tasas de crecimiento
impresionantes. Sin embargo, desde 2008 los conductores del proceso chino se
vieron obligados a abrir un proceso de reflexión que en la actualidad se ha
transformado en un plan de reformas que generan muchas dudas a escala global.
Cuesta imaginarse que Deng Xiaoping
tuviese realmente un dimensión de todo lo que significaría a la postre las
reformas por él impulsadas (las “cuatro modernizaciones”) en el XI Comité
Central del Partido Comunista de China en diciembre de 1978. En todo caso, hay
que reconocerle al sucesor de Mao que hizo del pragmatismo la nueva ideología
reinante para el establishment post-comunista chino.
Desde entonces, la modernización
económica se convirtió en una prioridad en China, sustituyendo planificación
por mercado, movilizando a importantísimos recursos laborales, abriéndose al
mundo y transformándose en un centro de producción referencial a escala global.
Desde que China se incorporara a las lógicas del capitalismo global, se diseñó
una estrategia que buscó lanzar una reforma tipo “Big Bang” cada cinco años, y cada nueva apertura
(privatización de la agricultura, impulso a los negocios privados, apertura a
empresas extranjeras…) fue abonando el terreno para una nueva etapa de
crecimiento. Durante estas últimas cuatro décadas se ha modernizado la
industria y se han desarrollado ampliamente las infraestructuras, generándose
espacios en el mercado laboral para una población activa que en la actualidad
alcanza los 800 millones de personas.
En pocas palabras, la
legitimidad del partido gobernante en China dejó de ser ideológica y amparada
bajo el culto a la personalidad de Mao Tse Tung, para pasar a ser estrictamente
dependiente de su capacidad de llevar a cabo reformas económicas y generar
crecimiento en el país. En todo caso, queda para el debate teórico de quienes
tengan voluntad de meterse en esos “barrizales”, discutir la tesis sobre si los
sistemas autoritarios que demuestran capacidad de gestión son más propensos a
favorecer un crecimiento rápido, como ha sido el caso de Corea del Sur, Taiwán
y Singapur o en la actualidad sucede en China y Rusia.
Pero lo que fue la
gran fiesta del “dragón rojo” ya terminó. En 2008 el entonces primer ministro
Wen Jiabao calificó el crecimiento chino como “desequilibrado, descoordinado e
insostenible”. Desde entonces hasta hoy la cosa no ha hecho más que empeorar:
la deuda total en relación al PIB crece con rapidez; la ventaja que suponía la
mano de obra barata –pieza fundamental para entender el acelerado crecimiento chino-
se ha ido esfumando paulatinamente a la par que los trabajadores comenzaron a
gozar de mejores condiciones para negociar su contratación y situación en el
mercado de trabajo; y la actual fuga de capitales que sacude al país. Respecto
a este último punto cabe indicar que al cierre del pasado año la fuga de
capitales de China se cifraba sobre los 100.000 millones de dólares mensuales y
en que en la actualidad dicha cuota parecerse haberse ralentizado hacía cifras
cercanas a los 30.000 millones por mes, lo cual no deja de mermar parcialmente
las inversiones en dicho país.
Las salidas de capitales son
protagonizadas tanto por inversores internacionales como, sobre todo, por
residentes chinos y todas tienen un denominador común: el temor a una mayor
depreciación del yuan renminbi, temática que abordaremos más adelante. Los
movimientos de los inversores internacionales se concentraron en la disminución
de los depósitos offshore en la divisa china. Estos depósitos se
utilizan tanto para las liquidaciones comerciales con China como por motivos de
inversión.
Esta fuga de capitales se vehiculizan por
tres canales básicos. Primero, numerosas empresas chinas amortizaron deuda en moneda
extranjera, y buena parte de esta deuda ha sido contraída con bancos locales
que habían adquirido obligaciones con bancos extranjeros. Así, el mayor repago
de las empresas comportó una disminución de los créditos contraídos con los
bancos no residentes (desinversión).
El segundo canal y posiblemente el más
importante a través del que se vehicularon las salidas de capitales de
residentes es la llamada “sobrefacturación de las importaciones”, un recurso
que utilizan las empresas chinas para eludir los controles de capitales,
mediante transacciones de capital no reportadas de manera oficial. La enorme
discrepancia entre los datos reportados por la Agencia de Aduanas china en
materia de importaciones y las transacciones bancarias con motivos comerciales,
de 700.000 millones de dólares en 2015, hizo saltar la alarma. Sin embargo,
la situación continúa, y las importaciones chinas de Hong Kong se dispararon
hasta un 242% el pasado mes de mayo comparado con el año pasado mientras las
importaciones en general caen año a año desde que comenzara la desaceleración
económica. La mayoría de los analistas están de acuerdo en que en China sus
compañías siguen entregando recibos falsos al regulador, escapando así de los
límites de flujos de dinero al exterior. En definitiva, la sobrefacturación de
importaciones, en particular a través de Hong Kong, sigue siendo un mecanismo
utilizado para camuflar la fuga de capitales en el gigante asiático.
Finalmente, el incremento de las
salidas por parte de los residentes chinos también se observa en el fuerte
repunte de la inversión de las empresas chinas en activos extranjeros (IED),
que se debe, en parte, a las dudas que se tiene al interior del país respecto a
la capacidad de crecimiento de su economía.
Para contrarrestar el efecto de esta
fuga de capitales y contener la fuerte presión bajista que se ejerce sobre el
yuan, las autoridades chinas han “quemado” más de 11% de sus reservas –más de
300.000 millones de dólares- en el último año, buscando defender su divisa y
evitar que esta sufra una caída desordenada. De igual manera se ha tenido que
proceder con la venta de bonos estadounidenses. La deuda emitida por el Tesoro
de los Estados Unidos al cierre del 2015 ascendía a 13,2 billones de dólares y
el Banco Popular de China ya se vio obligado a vender hasta aquel momento por
valor de 187.000 millones de dólares, casi una quinta parte del billón de
dólares invertidos en bonos estadounidenses que se suponen están bajo control
del banco central chino.
Al igual que muchas otras economías
emergentes aunque en este caso de forma sobredimensionada, China prosperó de
manera clásica, construyendo carreras para unir las fábricas a los puertos,
desarrollando redes de telecomunicaciones para conectar unos negocios con otros
y ofreciendo a su histórico campesinado puestos con muy superior remuneración
en fábricas urbanas. Pero llegó el momento del punto de inflexión en la
economía china: la oferta de mano de obra procedente de las zonas rurales se
agota y el empleo en las fábricas alcanzó su máxima capacidad (Gertken y
Richmons, 2011); de igual manera la red de autopistas construida en China
supera los setenta y cinco mil kilómetros, siendo la segunda más larga del
mundo tras Estados Unidos; pero además, la tendencia demográfica se ha
invertido y ahora el Estado tendrá que afrontar un novedoso reto respecto a
cubrir las necesidades de su clase social pensionista.
El crecimiento de China se ha
desacelerado. El crecimiento medio chino desde el año 2000 es del 9,6% mientras
que el crecimiento medio mundial durante ese mismo período apenas alcanzó el
2,9%. Desde que comenzó la última crisis global (2007) la economía de China ha
multiplicado su tamaño por tres, pasando su PIB de 3,5 billones de dólares a
10,5 billones de dólares en la actualidad. Sin embargo al cierre del 2015 la
relación entre el crecimiento chino y el global había menguado notablemente:
6,8% y 2,3% respectivamente y es de presumir que dicha tendencia siga a la
baja.
El camino más probable para China es el
que siguió Japón a principios de la década de 1970, cuando su economía en auge
desde el fin de la guerra se ralentizó sustancialmente pero continuó creciendo
a un ritmo respetable, algo esperable en la fase de madurez de cualquier
economía “milagro”. China podría ser Japón veinte años más tarde y diez veces
más grande, lo cual tiene serías implicaciones, pues los inversores y las
compañías que apostaron por un crecimiento de dos dígitos en China van poco a
poco saliendo del país.
La desaceleración china
supone el fin de un ciclo económico global, cerrando una etapa que para bien o
para mal ha alterado el curso de la historia económica durante las últimas
décadas. Se fue reduciendo la pobreza global al mismo tiempo en que se
aceleraron las amenazas de destrucción ambiental, el calentamiento global y la
forja de un nuevo modelo de imperialismo global a pesar de que muchos analistas
institucionales al servicio de los gobiernos del Sur se nieguen a verlo.
Pese al bajón
económico general, el superávit de la balanza comercial china al cierre del
2015 fue de 594.500 millones de dólares, lo que junto a un colchón de reservas
de divisas que llegó a ser de hasta cuatro billones de dólares (China es uno de
los principales acreedores de Estados Unidos), ha permitido hasta ahora
absorber otros indicadores económicos que comienzan a ser altamente
conflictivos. Sin embargo, pese a que la maquinaria import/export china se mantiene en marcha, su cambio
de velocidad a una marcha más reducida ha impactado fuertemente sobre la
economía global.
El crecimiento chino en el año 2015 ha sido de un 6,9%, su
menor aumento en los últimos 25 años. (…)
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