“El feminismo es la punta de
diamante de una insurgencia internacional”. Entrevista a Silvia Federico
27 febrero 2020
Por Victoria
Furtado y Mariana Menéndez
Foto: Victoria Furtado
Mientras alrededor del mundo se prepara la
cuarta huelga feminista en cientos de reuniones, actividades y asambleas,
escuchar a Silvia Federici resulta inspirador. En un impás de su andar por el
mundo compartiendo claves y contagiando fuerza, Silvia nos recibió en su casa
de Nueva York para conversar sobre la actualidad de las luchas feministas, las
revueltas populares de los últimos meses, las tensiones del feminismo con la
izquierda y los puntos más destacados de su último libro.
En los últimos años has estado viajando y en permanente contacto con
compañeras y organizaciones feministas de América Latina y Europa. ¿Cómo ves la
lucha feminista hoy?
Es un momento muy importante, muy particular. No solo en América Latina, aunque
allí se ve con más impacto, es un momento en el que se da el encuentro del
movimiento feminista, con toda su diversidad, con las luchas populares, con los
movimientos sociales que, desde los años ochenta, han crecido en respuesta al
ajuste estructural, a la política extractivista, al neoliberalismo. Este
encuentro surge de una situación concreta muy fuerte, que es que todas estas
políticas han impactado sobre todo en las mujeres y en la reproducción de la vida. Entonces las
mujeres están en primer lugar no solo como víctimas del despojo sino también
como luchadoras, como protagonistas de la resistencia. Y
además de protagonizar la resistencia han necesitado hacer cuentas con los
hombres de los movimientos, de las organizaciones mixtas. Y es aquí que se da
el encuentro con el feminismo, el aporte del feminismo.
Se ha creado así un feminismo nuevo, un feminismo que yo creo que es muy
poderoso porque tiene una mirada anticapitalista que reconoce toda una historia
de opresión, tiene una mirada descolonizante. Es un movimiento que, al fin,
abarca todos los aspectos de la
vida. No es un movimiento que se focaliza en el trabajo como
se entiende tradicionalmente, es decir, vinculado a la producción, sino que se
preocupa por el campo, por el cuerpo, por lo que pasa en la comunidad. Y no es
solamente oposición, es un movimiento que construye. Yo creo que esta es su
gran fuerza, es lo que le ha permitido crecer en estos años a pesar de que la
ola de fascismo, de la derecha sigue creciendo. Crece porque está creando una
infraestructura nueva que nunca se ha visto en los movimientos revolucionarios
dominados por los hombres: toda esta creatividad, la capacidad de recuperar
saberes tradicionales, de crear ligámenes afectivos.
Yo creo que es un movimiento que tiene bases muy fuertes, por eso sigue sumando
a mujeres que llegan de lugares diferentes, como en Argentina y Uruguay: de las
organizaciones sindicales, de la economía solidaria, a las compañeras
indígenas, a las campesinas. Esto es una fuerza. El movimiento feminista es el
que trae las luchas hoy, en América Latina sin duda, pero esto, en forma
diferente, está pasando también en otros lugares.
Precisamente, en los últimos meses
hubo en América Latina una serie de levantamientos populares en defensa de una
vida digna. Quizás los casos más claros son Chile y Ecuador, pero no son los
únicos. ¿Cómo podemos leer estos procesos de lucha desde una perspectiva
feminista que ponga en el centro la reproducción de la vida?
Yo creo que es importante una perspectiva feminista
exactamente por eso, porque se enfoca en lo que es más fundamental, sea como
objetivo o como condición de la lucha: el cambio de la reproducción de la vida
cotidiana, de la reproducción social -no solamente de la reproducción
doméstica- en todos los lugares. Porque reproducción significa trabajo
doméstico, sexualidad, afectividad, significa también medioambiente,
naturaleza, el campo, la agricultura, la cultura, la educación.
El feminismo toca una
gama muy vasta de temáticas vinculadas a la reproducción de la vida que son el
fundamento de cualquier cambio social, que son el fundamento de cualquier
lucha. No puede haber una lucha exitosa sin cambiar estos que son los aspectos
más importantes de la vida.
Por eso yo creo que en estos levantamientos que se han dado
en Chile, en Ecuador, la participación de las mujeres es muy importante; sobre
todo mirando a largo plazo, mirando estos movimientos no como una rebelión
momentánea que mañana va a caer, sino como movimientos que expresan una
revuelta muy profunda, que expresan un decir “basta ya” muy profundo con este
sistema tan injusto, tan violento. Y pensando a largo plazo la perspectiva y
las actividades de las mujeres son fundamentales.
Estas luchas feministas de las que
estamos hablando, anticapitalistas o de un feminismo popular, se preocupan por
una diversidad de asuntos. Se interesan no solo por los problemas de las
mujeres sino por el conjunto de las relaciones sociales y con la naturaleza. No
obstante, muchas veces se intenta ubicar nuestras voces de mujeres en lucha
como sector, como si solo pudiésemos hablar de los temas de las mujeres. En
particular este es un conflicto con la izquierda. ¿Cómo valorás la relación
entre el feminismo y la izquierda?
Yo creo que esto es muy fundamental, creo que la izquierda no quiere ver. Los
intereses masculinos vuelven ciegos a los hombres que proyectan sobre las
mujeres lo que es su propia situación: son ellos que representan solamente un
sector, un tipo particular de lucha. Lo que me parece importante del movimiento
feminista es que ha abierto los ojos y ha descubierto todo el universo de la
reproducción de la vida. Es
un movimiento que verdaderamente mira no solamente un sector de la vida de los
trabajadores, un sector del proletariado en el capitalismo, sino que mira en su
totalidad. En los años setenta, al comienzo, se hablaba de reproducción como
trabajo doméstico, pero en las últimas tres décadas hemos visto que
reproducción es todo. Es el cultivo, las semillas, el campo, la salud, la
educación, la crianza, la calidad del aire, los entramados afectivos,
etc.
El aporte del feminismo ha sido también señalar las desigualdades, porque el
capitalismo es producción de escasez, no producción de prosperidad, y
producción de desigualdades. El capitalismo produce no solamente mercancías
sino también divisiones y jerarquías como su condición primaria de existencia.
Por eso el feminismo nos da una perspectiva más amplia, que no es sectorial
sino que mira la totalidad de la
vida. Claro que hablamos de un feminismo anticapitalista, no
un feminismo de estado creado por las Naciones Unidas y los gobiernos para
reclutar mujeres para las nuevas formas de desarrollo capitalista. Es muy
importante clarificar esto porque hoy también hay un feminismo de estado, un
feminismo institucional. No hablamos de estos feminismos.
A menos de un mes del 8 de marzo, en
muchos países se están preparando, paros, movilizaciones y acciones. ¿Cuáles
son los desafíos de cara a la próxima huelga feminista y, más en general, para
mantener abierto este tiempo de lucha?
Para mí lo más importante es siempre el proceso, no la fecha, sino el proceso
de construcción. El 8 de marzo es la manifestación de lo que se ha hecho, es un
momento simbólico muy importante, pero lo más importante es lo que se construye
en el proceso de contactar mujeres que, aunque muchas veces tienen intereses
comunes, no se encuentran, el proceso de crear nuevos espacios. También es un
momento de profundizar en lo que queremos.
Entonces, por un lado, crear en concreto nuevas formas de organización, nuevos
espacios, porque el espacio es fundamental, tener lugares donde podemos
encontrarnos. Por otro lado, el programa, lo que queremos, porque todavía
tenemos muchas cosas por definir. Por ejemplo, todavía se habla muy poco en el
feminismo de la situación de la infancia, que para mí es trágica hoy, es una
situación de crisis muy fuerte. Necesitamos articular más nuestro programa, sea
en forma de oposición a lo que se está haciendo, sea en forma de construcción,
de comprender lo que queremos, qué tipo de sociedad y relaciones queremos. Y,
como siempre, el tercer objetivo es superar las divisiones de todo tipo que
todavía existen entre las mujeres: raciales, de la diversidad sexual, de edad
entre jóvenes y mayores, etc. Este es un objetivo muy importante porque la
divisiones y las jerarquías son lo que más nos debilita y el arma más potente
que tienen para crear nuevos conflictos, para mostrar que tenemos intereses
diferentes, para hacer que nuestras energías se dispersen en luchas sectarias
entre nosotras.
Ya que lo mencionás, ¿cómo ves las
relaciones intergeneracionales en el movimiento feminista?
Soy optimista, porque he viajado mucho y veo que en España, en Argentina o aquí
mismo, en Nueva York, a mis charlas llegan mujeres jóvenes. Yo tengo setenta y
siete años y en mis presentaciones la mayoría, el ochenta por ciento son
mujeres muy jóvenes, de diecinueve, veinte años. Me parece que hay un deseo de
conectar. En los años setenta, en los movimientos mixtos se decía “nunca
confíes en nadie que tiene más de treinta años”. Y bueno, yo puedo entender por
qué, pero afortunadamente eso no pasa ahora con el feminismo.
Hay un deseo de comprender, de conectarse con personas mayores. Aunque todavía
la problemática de los mayores se está tocando muy superficialmente. Hoy los
mayores, y sobre todo las mujeres mayores, viven una crisis muy fuerte. Muchas
de ellas trabajaron toda su vida ayudando a los hombres a vivir y a morir, y
cuando ellas necesitan ayuda porque no pueden trabajar más, no tienen recursos
porque la mayor parte de su vida la han pasado trabajando sin ninguna ganancia.
En Estados Unidos, las mujeres mayores son las que mayormente pueblan los
refugios del estado. Son situaciones verdaderamente trágicas, sobre todo las de
quienes no son autosuficientes, que muchas veces viven en condiciones
terribles. Yo creo que esto, como la situación de la infancia, no se ha
problematizado lo suficiente en el movimiento feminista. A pesar de que el
movimiento reúne hoy a mujeres de varias edades, todavía es una problemática
que debe ser incluida. Porque si hablamos de violencia, la miseria económica y
afectiva en la que viven tantas mujeres mayores es una forma de violencia.
La lucha feminista está siendo muy fuerte
en muchas partes del mundo, pero al mismo tiempo hay un avance, conservador en
el mejor de los casos, directamente fascista en otros. ¿Cómo hacemos una
lectura feminista de este proceso?
Si ponemos esta violencia de hoy en el contexto del siglo veinte, sin irnos al
siglo dieciséis o diecisiete, podemos ver que el capitalismo, en cualquiera de
sus fases de desarrollo reciente, ha sido siempre muy violento: dos guerras
mundiales donde murieron casi cincuenta millones de personas, la tortura de
masas como sistema de dominio en América Latina a partir de los sesenta, todas
las guerras que tanto gobiernos demócratas como republicanos de Estados Unidos
han impulsado, etc. Pienso que es importante contextualizar esto para no pensar
que es una novedad, para ver que, sobre todo cuando se siente amenazado,
hostigado, el capitalismo necesita desplegar esta violencia.
Y hoy el capitalismo se siente amenazado. En primer lugar, porque hace años se
quejan de que el nivel de ganancia no es suficiente, entonces es un capitalismo
en crisis. En segundo lugar, porque hay un avance, porque el feminismo es la
punta de diamante de una insurgencia internacional. Son años y años de
insurgencia continua. Desde la primavera árabe hasta hoy, es una insurgencia
que siempre necesita de más tortura, guerra, cárcel. Entonces veo toda esta
violencia como una respuesta que no es una novedad, sino la respuesta usual del
capitalismo que se siente en crisis, que siente que sus fundamentos están en
peligro y se enfrenta a movimientos internacionales que, sin estar coordinados
tienen las mismas temáticas. Porque de Brasil a Chile, pasando por Ecuador,
Líbano, Haití, hay una resistencia al empobrecimiento, a la miseria, a la
violencia policial y del estado.
No es casual que cuando las compañeras en Chile dijeron “el violador eres tú”,
con un gran coraje, porque hacer esto en Chile no es lo mismo que hacerlo en
otros países, esto ha circulado inmediatamente. Esta internacionalización y
circulación inmediata de las preguntas, objetivos, consignas, formas de
organización, nos dice que hay una insurgencia, un decir “basta” que es muy
general. Pienso que los Bolsonaro y todas estas iniciativas de la iglesia y
económicas son una respuesta. No se puede imponer una austeridad brutal, un
despojo brutal por años y años, expulsar a millones de personas de sus tierras,
sin organizar un enorme dispositivo de violencia.
MÁS ALLÁ DE LA PERIFERIA DE LA
PIEL
Acaba de publicarse “Beyond the
periphery of the skin”, tu último libro [1]. Allí contraponés una noción de
cuerpo tal y como ha sido pensada por el capitalismo -es decir, como máquina de
trabajar y, en el caso de las mujeres, como máquina de procrear-, con el cuerpo
tal y como ha concebido por la imaginación radical colectiva, en particular por
el feminismo a partir de los setenta. ¿Qué significa hoy el cuerpo como
categoría de acción social y política?
Me gusta la idea de cuerpo-territorio porque inmediatamente nos da una imagen
colectiva. No solamente porque es el primer lugar de defensa y conecta el discurso
del cuerpo con el discurso de la tierra, de la naturaleza, sino porque pone el
discurso del cuerpo como una cuestión colectiva. Entonces, el discurso del
cuerpo es sobre quién gobierna a quién, sobre quién tiene el poder de decidir
sobre nuestras vidas.
Yo pienso que esta es una de las preguntas fundamentales, de fondo en la lucha. Porque hay un
estado que quiere controlar cada minuto, no solamente en el trabajo. En el caso
de las mujeres, invade nuestro cuerpo, nuestra realidad cotidiana, de forma
cada vez más intensa y más opresiva que en el caso de los hombres. El problema
del aborto es muy ejemplar. Entonces yo creo que pensar el cuerpo desde una
mirada feminista hoy es particularmente crucial para determinar quién tiene la
posibilidad de decidir sobre nuestra vida.
Cuerpo significa vida, significa reproducción, significa afectividad. Todo
rodea la temática del cuerpo: la comida, el sexo, la crianza, la procreación. Entonces
la lucha por el cuerpo es la lucha por los aspectos más fundamentales de la vida. Por eso creo que
asombra a tantas mujeres con una intensidad tan fuerte, porque aquí se decide
quién es el patrón de nuestra vida, ¿somos nosotras o es el estado?
Pero vos enfatizás en reclamar el
cuerpo de forma colectiva, en recuperar la capacidad de decisión colectiva
sobre nuestras vidas…
Sí, capacidad colectiva, absolutamente. Solas somos derrotadas. Por eso hay que
salir de la casa por la
lucha. No por el trabajo, salir de la casa por la lucha,
salir de la casa para juntarse, salir de la casa para enfrentarse a todos los
problemas que tenemos solas.
La idea de ir más allá de la
periferia de la piel tiene que ver con postular una noción expansiva del
cuerpo. Para eso discutís el cuerpo expansivo concebido por Bajtín, que se
expande mediante la apropiación e ingesta de lo que está más allá de él, y
proponés una idea igualmente expansiva pero de naturaleza radicalmente
distinta. Hablás de una “continuidad mágica” con otros organismos vivos y de un
cuerpo que reúne lo que el capitalismo ha dividido. En ese sentido, ¿el cuerpo
sería el punto de partida para pensar la interdependencia?
No pienso en un cuerpo que quiere apropiarse, sino en un cuerpo que quiere
conectarse. No quiere comer el mundo, quiere conectarse con el mundo. La mirada
del siglo dieciséis y diecisiete, del renacimiento sobre el cuerpo no lo
entendía como algo completamente aislado, no era una isla sino que era abierto.
Podía ser afectado por la luna, por los astros, por el viento. Ese cuerpo que
es expansivo porque no está separado del aire, del agua. Y también está
íntimamente conectado con el cuerpo de los otros. La experiencia del amor y del
sexo es ejemplar, pero no es la única que muestra como continuamente somos
afectados y nuestro cuerpo cambia. La tradición del mal de ojo, por ejemplo,
tiene que ver con que los otros te pueden hacer sufrir, o te pueden hacer
feliz, te cambian.
No podemos pensar el cuerpo como los capitalistas lo piensan, como lo piensa la
ciencia hoy, es decir, un cuerpo que es completamente máquina, que es un
agregado de células, y cada célula tiene su programa, cada gen tiene su
programa, no es algo orgánico. Mi mirada y mi intento es promover una visión
del cuerpo que va exactamente al contrario de la mirada que domina hoy en la ciencia. Cada vez más,
se intenta aislar el cuerpo en pequeños pedazos, cada uno con su
característica. Es una fragmentación. Pienso en el fracking, hoy cuando los
científicos piensan al cuerpo hacen una especie de fracking epistemológico que
disgrega el cuerpo.
Para mí, el cuerpo se debe reconectar con los animales, con la naturaleza, con
los otros. Este es el camino para nuestra felicidad y salud corporal. Porque la
infelicidad, precisamente, incluye el cercamiento del cuerpo. Hay un
cercamiento no solamente de la tierra, como he escrito en El Calibán y la
Bruja, sino también de los cuerpos. Cada vez más nos hacen sentir que no
podemos depender de los otros, que a los otros hay que tenerles miedo. Este
individualismo exasperado, que se ha acentuado con el neoliberalismo, es verdaderamente
miserable. Nos hace morir, porque es una vida conceptualizada en el nombre del
miedo, del temor, en vez de ver que la relación con los otros es un gran
enriquecimiento.
El último texto del libro, “On Joyful
Militancy”, es especialmente hermoso. Allí oponés dos ideas de militancia: una
militancia alegre, que nos hace sentir bien y conecta con nuestros deseos,
versus una política y una militancia tristes.
Para mí la militancia triste es una militancia que no tiene futuro, pero
existe. Yo creo que la militancia dominada por los hombres es una militancia
triste, es una militancia como trabajo alienado, es una militancia donde se
piensa “debo ir a otra reunión” como quien piensa “debo ir a trabajar”. Es ese
compañero que siente la sumisión histórica, no le gusta, no tiene entusiasmo,
no le da nada, pero lo hace como un deber, como una obligación. Esto no es
construir otra sociedad.
Se pueden correr riesgos, pero eso es diferente. A veces se corren riesgos
porque hacerlo te da algo, te cambia la vida. Pero te cambia ahora, no en un futuro, no
en veinte años quizás, te cambia ahora. Para mí esto es construir un mundo
nuevo. No se trata solamente de decir “no”. La vida se cambia en la forma como
empezamos a relacionarnos diferente con otras personas y a descubrir cosas de
nosotros mismos. Porque cambiamos, haciendo relaciones diferentes cambiamos. Y
yo creo que la vida es tan triste para la mayoría de las personas en el mundo
que no van a agregar otra tristeza, prefieren morir a la noche mirando la televisión
en lugar de ir a una reunión donde todo sea dolor o aburrimiento.
Lo que desde el feminismo estamos
nombrando como política del deseo sería un poco la antítesis de esta militancia
triste…
Exactamente. Y es la creatividad, la creatividad de la militancia. Yo esto
lo he experimentado profundamente porque me acuerdo de la diferencia que vi, en
pocos años, cuando las mujeres dejaron los movimientos con hombres, los
movimientos mixtos. Las mujeres cambiaron así (da vuelta las palmas de las
manos). Empezaron a hablar, a cantar, a crear, a dibujar. ¡Fue como una
explosión de creatividad increíble! Antes hacían todo el trabajo doméstico de
las organizaciones. ¡Se ha hecho tanto trabajo doméstico en los movimientos con
los hombres! Y por fin luego fue muy diferente, se volvió un placer.
[1] Federici, Silvia. 2020. “Beyond the Periphery of the Skin: Rethinking,
Remaking and Reclaiming the Body in Contemporary Capitalism”. Oakland, PM Press.
ZUR
Fuente: http://www.resumenlatinoamericano.org/2020/02/27/el-feminismo-es-la-punta-de-diamante-de-una-insurgencia-internacional-entrevista-a-silvia-federici/