sábado, 29 de febrero de 2020

I. Analicemos como un proyecto sectorial que parece más realista que la reforma agraria integral, en verdad, es funcional a que el país siga hundiéndose en ecogenocidios. En primer lugar la UTT no tiene en cuenta que rige el PEA2 en acuerdo con el sistema mundo capitalista, Gustavo Beliz propulsa la agricultura 4.0 y Luís Basterra es de Insfran.


La Unión de  Trabajadores de la Tierra: de los verdurazos al Procrear agropecuario

"Para que haya alimentos de buena calidad y a precios bajos el acceso a la tierra es lo primero"

29 de febrero de 2020 ·

 

Por Nahuel Lag 

 

"Sin tierra para el productor no puede haber lucha contra el hambre." El coordinador nacional de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), Nahuel Levaggi, lo dice con la claridad de las decenas de "verdurazos" que visibilizaron la ausencia de políticas públicas para la agricultura familiar durante el macrismo; con la contundencia de las 14 mil familias productoras que representan en todo el país un camino hacia la agroecología y con la certeza de los almacenes y colonias agrícolas, que ya demuestran que ese camino es posible. Lo que resta para la UTT es el avance de la Ley de Acceso a la Tierra, que volverán a presentar en marzo, tras cuatro años de impulsarla sin suerte en el Parlamento y con la esperanza de poder hacerla realidad con el inicio del primer año legislativo tras el cambio de Gobierno.

La propuesta de la UTT tiene dos ejes centrales: la creación de una línea de créditos blandos accesibles a los productores de la agricultura familiar, algo así como un "Procrear agropecuario", y el acesso a tierras fiscales para la creación de colonias agroecológicas, una experiencia colectiva que la organización de la agricultura familiar ya hizo realidad en seis localidades a lo largo del país, produciendo verduras agroecológicas y potenciando otras lógicas de comercialización.  

El reclamo del acceso a la tierra tiene raíces históricas desde "El grito de Alcorta", que aún se palpan en la realidad de los productores de los cordones hortícolas en las periferias de las grandes ciudades y en las tierras campesinas de todo el país, desde la UTT sintetizan: "Cientos de miles de pequeños productores, en tierra ajena, con el 13% de la superficie cultivable argentina, producimos más del 60% de los alimentos que se consumen en el país". 
Las cifras que desde la UTT denunciaron en los últimos años se reflejaron de manera tajante en el último  Censo Nacional Agropecuario (CNA) :  el 54,6 % de los productores del país trabajan en extensiones de hasta 100 hectáreas y representan, en total, solo el 2,5 % de la tierra explotada. El modelo extensivo con la aplicación del paquete agroquímico en manos de pocos propietarios es la regla. 
  
"Comer en la Argentina es caro porque tenemos un modelo de producción dolarizado en tarifas, insumos, combustible y renta de la tierra. Todo está dolarizado menos nuestros salarios.  Para garantizar que haya alimentos de buena calidad y a precios bajos, el acceso a la tierra es lo primero; sumado al fomento de la agroecología y los mercados de cercanía.  Si se combate el hambre solo con tarjetas alimentarias, el esquema de producción se mantiene y la renta queda en las mismas manos", describe Levaggi a PáginaI12. 
  
La opción por la agricultura familiar no hizo mella en la gestión de Juntos por el Cambio, que puso al frente a la cartera de Agroindustria, al ex presidente de la Sociedad Rural, Miguel Etchevehere, y liquidó todas las líneas de trabajo, de diálogo y beneficios para la agricultura familiar. El contexto parece ser otro con el gobierno del Frente de Todos.
En los primeros meses de gestión, el ministro de Agricultura, Luis Basterra, y de Ambiente, Juan Cabandié, han visitado los almacenes de la UTT, que buscan ir del productor al consumidor, las colonias y quintas de la organización.  "Un modelo de producción que cuida nuestros recursos naturales y que sin dudas es un ejemplo a replicar", describió la titular del Consejo de Políticas Sociales, Victoria Tolosa Paz, cuando visitó quintas de la organización en la zona de La Plata. 

"Esperamos que estas señales se traduzcan en políticas activas", se esperanzan desde la UTT y contraponen la realidad heredada con su reclamo de créditos y producción en tierras ociosas: "La Sociedad Rural tiene cientos de hectáreas del Estado y el Banco Nación la da créditos multimillonarios a Vicentín ". 

Procrear agropecuario

La propuesta de crear una línea de créditos blandos para los pequeños productores a través de un fondo fiduciario creado por el Estado es el reclamo original de la Ley de Acceso a la Tierra. El objetivo es simple, transformarse en dueños de la tierra que cultivan pagando cuotas similares a la que mes a mes dejan en manos de los arrendatarios. 
Zulma Molloja es una de las referentas de la UTT y productora del cordón hortícola de La Plata. Allí arrendar la tierra para producir cuesta entre 9 mil a 18 mil pesos mensuales y la factura de luz asciende a los 20 a 35 mil pesos mensuales. Si se paga fuera de fecha, se cobra interés. Los contratos son de dos o tres años sin renovación. 
"Nos duele seguir alquilando la tierra, pagar las semillas y los insumos dolarizados. Por eso dejamos de lado el paquete de agroquímicos y estamos yendo hacia la agroecología", explica Zulma. La UTT ya cuenta con 120 hectáreas agroecológicas que son las que abastecen los almacenes de la organización, pero para que ese transición sea completa, la propiedad de la tierra es clave. 
"Hay compañeros que no pueden esperar un mes para levantar la cosecha porque deben pagar el alquiler, entonces continúan utilizando químicos para apurar la cosecha. Encima,  los camiones llegan, cargan 100 cajones de verdura con promesa de pago y después te dicen 'no se vendió nada'", explica Zulma a PáginaI12. Esos camiones con dirección al Mercado Central son parte de la distorsión de la cadena de comercialización que la organización busca combatir: a ellos les pagan entre un 20 y un 30 por ciento del costo final.  
"Queremos créditos blandos y pagar las tierras, tener nuestra propia tierra donda tener nuestra vivienda digna y producir", resume Zulma las únicas pretenciones de los productores. La "vivienda digna" no es un reclamo menor: a principios de febrero, 13 familias que arriendan sus chacras en la localidad de Poblet, en el Gran La Plata, perdieron todo con el incendio de sus viviendas. 
"Estamos forzados a hacer casillas de madera, porque cuando se termina el contrato de alquiler, hay que desarmar madera por madera e ir a un nuevo terreno pelado y empezar de cero. Es un sufrimiento para nosotros, para los pequeños productores que alimentamos al pueblo, que llevamos el tomate, el morrón a cada mesa", lamenta Zulma e insiste: "Tiene que haber políticas públicas para el sector". 

Colonias agroecológicas

Ante los nuevos vientos políticos, la Ley de Acceso a la Tierra, en su versión 2020, incorporará la línea de "colonias agroecológicas". El modelo es trabajado por la UTT desde 2015, cuando fundaron la colonia "20 de abril" en la localidad de Jaureguí, partido bonaerense de Luján, que visitó en enero el ministro Cabandié. Desde entonces, otros colonias se instalaron en Mercedes (Buenos Aires), Gualeguaychú (Entre Ríos) y Piray (Misiones). 

"Una política de colonias agroecológicas a partir de la cientos de miles de hectáres fiscales ociosas significaría poner a producir esas tierras para la necesidad del pueblo", destaca Levaggi e indica que deberían ser instaladas en los cordones de las grandes ciudadades para generar nuevos puntos de abastecimiento regionales. 
"En todas las ciudades hay tierras ociosas del Estado en las que se pueden instalar colonias agroecológicas, cordones agropecuarios", insiste el coordinador nacional de la UTT. La política impulsada por la UTT también cuenta con una contraparte en los numerosos fallos judiciales que están ordenando a los gobiernos municipales y
 provinciales a generar cordones agroecológicos para proteger la salud de la población de la fumigación con agrotóxicos.  

La UTT sostiene que cada hectárea de cultivo en una colonia agroecológica asegura verduras y frutas para 125 familias y que dos hectáreas por familia "son suficientes para desarrollar la agroecología al servicio de un sistema de abastacimiento urbano de alimentos basado en la eficiencia energética, acortar distancias y fortalecer el mercado local". 

viernes, 28 de febrero de 2020

Nos señala. "La vida se cambia en la forma como empezamos a relacionarnos diferente con otras personas y a descubrir cosas de nosotros mismos. Porque cambiamos, haciendo relaciones diferentes cambiamos".

“El feminismo es la punta de diamante de una insurgencia internacional”. Entrevista a Silvia Federico

27 febrero 2020
Por Victoria Furtado y Mariana Menéndez
Foto: Victoria Furtado
Mientras alrededor del mundo se prepara la cuarta huelga feminista en cientos de reuniones, actividades y asambleas, escuchar a Silvia Federici resulta inspirador. En un impás de su andar por el mundo compartiendo claves y contagiando fuerza, Silvia nos recibió en su casa de Nueva York para conversar sobre la actualidad de las luchas feministas, las revueltas populares de los últimos meses, las tensiones del feminismo con la izquierda y los puntos más destacados de su último libro.
En los últimos años has estado viajando y en permanente contacto con compañeras y organizaciones feministas de América Latina y Europa. ¿Cómo ves la lucha feminista hoy?

Es un momento muy importante, muy particular. No solo en América Latina, aunque allí se ve con más impacto, es un momento en el que se da el encuentro del movimiento feminista, con toda su diversidad, con las luchas populares, con los movimientos sociales que, desde los años ochenta, han crecido en respuesta al ajuste estructural, a la política extractivista, al neoliberalismo. Este encuentro surge de una situación concreta muy fuerte, que es que todas estas políticas han impactado sobre todo en las mujeres y en la reproducción de la vida. Entonces las mujeres están en primer lugar no solo como víctimas del despojo sino también como luchadoras, como protagonistas de la resistencia. Y además de protagonizar la resistencia han necesitado hacer cuentas con los hombres de los movimientos, de las organizaciones mixtas. Y es aquí que se da el encuentro con el feminismo, el aporte del feminismo.


Se ha creado así un feminismo nuevo, un feminismo que yo creo que es muy poderoso porque tiene una mirada anticapitalista que reconoce toda una historia de opresión, tiene una mirada descolonizante. Es un movimiento que, al fin, abarca todos los aspectos de la vida. No es un movimiento que se focaliza en el trabajo como se entiende tradicionalmente, es decir, vinculado a la producción, sino que se preocupa por el campo, por el cuerpo, por lo que pasa en la comunidad. Y no es solamente oposición, es un movimiento que construye. Yo creo que esta es su gran fuerza, es lo que le ha permitido crecer en estos años a pesar de que la ola de fascismo, de la derecha sigue creciendo. Crece porque está creando una infraestructura nueva que nunca se ha visto en los movimientos revolucionarios dominados por los hombres: toda esta creatividad, la capacidad de recuperar saberes tradicionales, de crear ligámenes afectivos.

Yo creo que es un movimiento que tiene bases muy fuertes, por eso sigue sumando a mujeres que llegan de lugares diferentes, como en Argentina y Uruguay: de las organizaciones sindicales, de la economía solidaria, a las compañeras indígenas, a las campesinas. Esto es una fuerza. El movimiento feminista es el que trae las luchas hoy, en América Latina sin duda, pero esto, en forma diferente, está pasando también en otros lugares.



Precisamente, en los últimos meses hubo en América Latina una serie de levantamientos populares en defensa de una vida digna. Quizás los casos más claros son Chile y Ecuador, pero no son los únicos. ¿Cómo podemos leer estos procesos de lucha desde una perspectiva feminista que ponga en el centro la reproducción de la vida?

Yo creo que es importante una perspectiva feminista exactamente por eso, porque se enfoca en lo que es más fundamental, sea como objetivo o como condición de la lucha: el cambio de la reproducción de la vida cotidiana, de la reproducción social -no solamente de la reproducción doméstica- en todos los lugares. Porque reproducción significa trabajo doméstico, sexualidad, afectividad, significa también medioambiente, naturaleza, el campo, la agricultura, la cultura, la educación.

El
feminismo toca una gama muy vasta de temáticas vinculadas a la reproducción de la vida que son el fundamento de cualquier cambio social, que son el fundamento de cualquier lucha. No puede haber una lucha exitosa sin cambiar estos que son los aspectos más importantes de la vida. Por eso yo creo que en estos levantamientos que se han dado en Chile, en Ecuador, la participación de las mujeres es muy importante; sobre todo mirando a largo plazo, mirando estos movimientos no como una rebelión momentánea que mañana va a caer, sino como movimientos que expresan una revuelta muy profunda, que expresan un decir “basta ya” muy profundo con este sistema tan injusto, tan violento. Y pensando a largo plazo la perspectiva y las actividades de las mujeres son fundamentales.

Estas luchas feministas de las que estamos hablando, anticapitalistas o de un feminismo popular, se preocupan por una diversidad de asuntos. Se interesan no solo por los problemas de las mujeres sino por el conjunto de las relaciones sociales y con la naturaleza. No obstante, muchas veces se intenta ubicar nuestras voces de mujeres en lucha como sector, como si solo pudiésemos hablar de los temas de las mujeres. En particular este es un conflicto con la izquierda. ¿Cómo valorás la relación entre el feminismo y la izquierda?

Yo creo que esto es muy fundamental, creo que la izquierda no quiere ver. Los intereses masculinos vuelven ciegos a los hombres que proyectan sobre las mujeres lo que es su propia situación: son ellos que representan solamente un sector, un tipo particular de lucha. Lo que me parece importante del movimiento feminista es que ha abierto los ojos y ha descubierto todo el universo de la reproducción de la vida. Es un movimiento que verdaderamente mira no solamente un sector de la vida de los trabajadores, un sector del proletariado en el capitalismo, sino que mira en su totalidad. En los años setenta, al comienzo, se hablaba de reproducción como trabajo doméstico, pero en las últimas tres décadas hemos visto que reproducción es todo. Es el cultivo, las semillas, el campo, la salud, la educación, la crianza,  la calidad del aire, los entramados afectivos, etc.

El aporte del feminismo ha sido también señalar las desigualdades, porque el capitalismo es producción de escasez, no producción de prosperidad, y producción de desigualdades. El capitalismo produce no solamente mercancías sino también divisiones y jerarquías como su condición primaria de existencia. Por eso el feminismo nos da una perspectiva más amplia, que no es sectorial sino que mira la totalidad de la vida. Claro que hablamos de un feminismo anticapitalista, no un feminismo de estado creado por las Naciones Unidas y los gobiernos para reclutar mujeres para las nuevas formas de desarrollo capitalista. Es muy importante clarificar esto porque hoy también hay un feminismo de estado, un feminismo institucional. No hablamos de estos feminismos.

A menos de un mes del 8 de marzo, en muchos países se están preparando, paros, movilizaciones y acciones. ¿Cuáles son los desafíos de cara a la próxima huelga feminista y, más en general, para mantener abierto este tiempo de lucha?

Para mí lo más importante es siempre el proceso, no la fecha, sino el proceso de construcción. El 8 de marzo es la manifestación de lo que se ha hecho, es un momento simbólico muy importante, pero lo más importante es lo que se construye en el proceso de contactar mujeres que, aunque muchas veces tienen intereses comunes, no se encuentran, el proceso de crear nuevos espacios. También es un momento de profundizar en lo que queremos.

Entonces, por un lado, crear en concreto nuevas formas de organización, nuevos espacios, porque el espacio es fundamental, tener lugares donde podemos encontrarnos. Por otro lado, el programa, lo que queremos, porque todavía tenemos muchas cosas por definir. Por ejemplo, todavía se habla muy poco en el feminismo de la situación de la infancia, que para mí es trágica hoy, es una situación de crisis muy fuerte. Necesitamos articular más nuestro programa, sea en forma de oposición a lo que se está haciendo, sea en forma de construcción, de comprender lo que queremos, qué tipo de sociedad y relaciones queremos. Y, como siempre, el tercer objetivo es superar las divisiones de todo tipo que todavía existen entre las mujeres: raciales, de la diversidad sexual, de edad entre jóvenes y mayores, etc. Este es un objetivo muy importante porque la divisiones y las jerarquías son lo que más nos debilita y el arma más potente que tienen para crear nuevos conflictos, para mostrar que tenemos intereses diferentes, para hacer que nuestras energías se dispersen en luchas sectarias entre nosotras.

Ya que lo mencionás, ¿cómo ves las relaciones intergeneracionales en el movimiento feminista?

Soy optimista, porque he viajado mucho y veo que en España, en Argentina o aquí mismo, en Nueva York, a mis charlas llegan mujeres jóvenes. Yo tengo setenta y siete años y en mis presentaciones la mayoría, el ochenta por ciento son mujeres muy jóvenes, de diecinueve, veinte años. Me parece que hay un deseo de conectar. En los años setenta, en los movimientos mixtos se decía “nunca confíes en nadie que tiene más de treinta años”. Y bueno, yo puedo entender por qué, pero afortunadamente eso no pasa ahora con el feminismo.

Hay un deseo de comprender, de conectarse con personas mayores. Aunque todavía la problemática de los mayores se está tocando muy superficialmente. Hoy los mayores, y sobre todo las mujeres mayores, viven una crisis muy fuerte. Muchas de ellas trabajaron toda su vida ayudando a los hombres a vivir y a morir, y cuando ellas necesitan ayuda porque no pueden trabajar más, no tienen recursos porque la mayor parte de su vida la han pasado trabajando sin ninguna ganancia. En Estados Unidos, las mujeres mayores son las que mayormente pueblan los refugios del estado. Son situaciones verdaderamente trágicas, sobre todo las de quienes no son autosuficientes, que muchas veces viven en condiciones terribles. Yo creo que esto, como la situación de la infancia, no se ha problematizado lo suficiente en el movimiento feminista. A pesar de que el movimiento reúne hoy a mujeres de varias edades, todavía es una problemática que debe ser incluida. Porque si hablamos de violencia, la miseria económica y afectiva en la que viven tantas mujeres mayores es una forma de violencia.

La lucha feminista está siendo muy fuerte en muchas partes del mundo, pero al mismo tiempo hay un avance, conservador en el mejor de los casos, directamente fascista en otros. ¿Cómo hacemos una lectura feminista de este proceso?

Si ponemos esta violencia de hoy en el contexto del siglo veinte, sin irnos al siglo dieciséis o diecisiete, podemos ver que el capitalismo, en cualquiera de sus fases de desarrollo reciente, ha sido siempre muy violento: dos guerras mundiales donde murieron casi cincuenta millones de personas, la tortura de masas como sistema de dominio en América Latina a partir de los sesenta, todas las guerras que tanto gobiernos demócratas como republicanos de Estados Unidos han impulsado, etc. Pienso que es importante contextualizar esto para no pensar que es una novedad, para ver que, sobre todo cuando se siente amenazado, hostigado, el capitalismo necesita desplegar esta violencia.

Y hoy el capitalismo se siente amenazado. En primer lugar, porque hace años se quejan de que el nivel de ganancia no es suficiente, entonces es un capitalismo en crisis. En segundo lugar, porque hay un avance, porque el feminismo es la punta de diamante de una insurgencia internacional. Son años y años de insurgencia continua. Desde la primavera árabe hasta hoy, es una insurgencia que siempre necesita de más tortura, guerra, cárcel. Entonces veo toda esta violencia como una respuesta que no es una novedad, sino la respuesta usual del capitalismo que se siente en crisis, que siente que sus fundamentos están en peligro y se enfrenta a movimientos internacionales que, sin estar coordinados tienen las mismas temáticas. Porque de Brasil a Chile, pasando por Ecuador, Líbano, Haití, hay una resistencia al empobrecimiento, a la miseria, a la violencia policial y del estado.

No es casual que cuando las compañeras en Chile dijeron “el violador eres tú”, con un gran coraje, porque hacer esto en Chile no es lo mismo que hacerlo en otros países, esto ha circulado inmediatamente. Esta internacionalización y circulación inmediata de las preguntas, objetivos, consignas, formas de organización, nos dice que hay una insurgencia, un decir “basta” que es muy general. Pienso que los Bolsonaro y todas estas iniciativas de la iglesia y económicas son una respuesta. No se puede imponer una austeridad brutal, un despojo brutal por años y años, expulsar a millones de personas de sus tierras, sin organizar un enorme dispositivo de violencia.

MÁS ALLÁ DE LA PERIFERIA DE LA PIEL

Acaba de publicarse “Beyond the periphery of the skin”, tu último libro [1]. Allí contraponés una noción de cuerpo tal y como ha sido pensada por el capitalismo -es decir, como máquina de trabajar y, en el caso de las mujeres, como máquina de procrear-, con el cuerpo tal y como ha concebido por la imaginación radical colectiva, en particular por el feminismo a partir de los setenta. ¿Qué significa hoy el cuerpo como categoría de acción social y política?


Me gusta la idea de cuerpo-territorio porque inmediatamente nos da una imagen colectiva. No solamente porque es el primer lugar de defensa y conecta el discurso del cuerpo con el discurso de la tierra, de la naturaleza, sino porque pone el discurso del cuerpo como una cuestión colectiva. Entonces, el discurso del cuerpo es sobre quién gobierna a quién, sobre quién tiene el poder de decidir sobre nuestras vidas.

Yo pienso que esta es una de las preguntas fundamentales, de fondo en la lucha. Porque hay un estado que quiere controlar cada minuto, no solamente en el trabajo. En el caso de las mujeres, invade nuestro cuerpo, nuestra realidad cotidiana, de forma cada vez más intensa y más opresiva que en el caso de los hombres. El problema del aborto es muy ejemplar. Entonces yo creo que pensar el cuerpo desde una mirada feminista hoy es particularmente crucial para determinar quién tiene la posibilidad de decidir sobre nuestra vida.

Cuerpo significa vida, significa reproducción, significa afectividad. Todo rodea la temática del cuerpo: la comida, el sexo, la crianza, la procreación. Entonces la lucha por el cuerpo es la lucha por los aspectos más fundamentales de la vida. Por eso creo que asombra a tantas mujeres con una intensidad tan fuerte, porque aquí se decide quién es el patrón de nuestra vida, ¿somos nosotras o es el estado?

Pero vos enfatizás en reclamar el cuerpo de forma colectiva, en recuperar la capacidad de decisión colectiva sobre nuestras vidas…

Sí, capacidad colectiva, absolutamente. Solas somos derrotadas. Por eso hay que salir de la casa por la lucha. No por el trabajo, salir de la casa por la lucha, salir de la casa para juntarse, salir de la casa para enfrentarse a todos los problemas que tenemos solas.

La idea de ir más allá de la periferia de la piel tiene que ver con postular una noción expansiva del cuerpo. Para eso discutís el cuerpo expansivo concebido por Bajtín, que se expande mediante la apropiación e ingesta de lo que está más allá de él, y proponés una idea igualmente expansiva pero de naturaleza radicalmente distinta. Hablás de una “continuidad mágica” con otros organismos vivos y de un cuerpo que reúne lo que el capitalismo ha dividido. En ese sentido, ¿el cuerpo sería el punto de partida para pensar la interdependencia?

No pienso en un cuerpo que quiere apropiarse, sino en un cuerpo que quiere conectarse. No quiere comer el mundo, quiere conectarse con el mundo. La mirada del siglo dieciséis y diecisiete, del renacimiento sobre el cuerpo no lo entendía como algo completamente aislado, no era una isla sino que era abierto. Podía ser afectado por la luna, por los astros, por el viento. Ese cuerpo que es expansivo porque no está separado del aire, del agua. Y también está íntimamente conectado con el cuerpo de los otros. La experiencia del amor y del sexo es ejemplar, pero no es la única que muestra como continuamente somos afectados y nuestro cuerpo cambia. La tradición del mal de ojo, por ejemplo, tiene que ver con que los otros te pueden hacer sufrir, o te pueden hacer feliz, te cambian.

No podemos pensar el cuerpo como los capitalistas lo piensan, como lo piensa la ciencia hoy, es decir, un cuerpo que es completamente máquina, que es un agregado de células, y cada célula tiene su programa, cada gen tiene su programa, no es algo orgánico. Mi mirada y mi intento es promover una visión del cuerpo que va exactamente al contrario de la mirada que domina hoy en la ciencia. Cada vez más, se intenta aislar el cuerpo en pequeños pedazos, cada uno con su característica. Es una fragmentación. Pienso en el fracking, hoy cuando los científicos piensan al cuerpo hacen una especie de fracking epistemológico que disgrega el cuerpo.

Para mí, el cuerpo se debe reconectar con los animales, con la naturaleza, con los otros. Este es el camino para nuestra felicidad y salud corporal. Porque la infelicidad, precisamente, incluye el cercamiento del cuerpo. Hay un cercamiento no solamente de la tierra, como he escrito en El Calibán y la Bruja, sino también de los cuerpos. Cada vez más nos hacen sentir que no podemos depender de los otros, que a los otros hay que tenerles miedo. Este individualismo exasperado, que se ha acentuado con el neoliberalismo, es verdaderamente miserable. Nos hace morir, porque es una vida conceptualizada en el nombre del miedo, del temor, en vez de ver que la relación con los otros es un gran enriquecimiento.

El último texto del libro, “On Joyful Militancy”, es especialmente hermoso. Allí oponés dos ideas de militancia: una militancia alegre, que nos hace sentir bien y conecta con nuestros deseos, versus una política y una militancia tristes.


Para mí la militancia triste es una militancia que no tiene futuro, pero existe. Yo creo que la militancia dominada por los hombres es una militancia triste, es una militancia como trabajo alienado, es una militancia donde se piensa “debo ir a otra reunión” como quien piensa “debo ir a trabajar”. Es ese compañero que siente la sumisión histórica, no le gusta, no tiene entusiasmo, no le da nada, pero lo hace como un deber, como una obligación. Esto no es construir otra sociedad.

Se pueden correr riesgos, pero eso es diferente. A veces se corren riesgos porque hacerlo te da algo, te cambia la vida. Pero te cambia ahora, no en un futuro, no en veinte años quizás, te cambia ahora. Para mí esto es construir un mundo nuevo. No se trata solamente de decir “no”. La vida se cambia en la forma como empezamos a relacionarnos diferente con otras personas y a descubrir cosas de nosotros mismos. Porque cambiamos, haciendo relaciones diferentes cambiamos. Y yo creo que la vida es tan triste para la mayoría de las personas en el mundo que no van a agregar otra tristeza, prefieren morir a la noche mirando la televisión en lugar de ir a una reunión donde todo sea dolor o aburrimiento.

Lo que desde el feminismo estamos nombrando como política del deseo sería un poco la antítesis de esta militancia triste…

Exactamente. Y es la creatividad, la creatividad de la militancia. Yo esto lo he experimentado profundamente porque me acuerdo de la diferencia que vi, en pocos años, cuando las mujeres dejaron los movimientos con hombres, los movimientos mixtos. Las mujeres cambiaron así (da vuelta las palmas de las manos). Empezaron a hablar, a cantar, a crear, a dibujar. ¡Fue como una explosión de creatividad increíble! Antes hacían todo el trabajo doméstico de las organizaciones. ¡Se ha hecho tanto trabajo doméstico en los movimientos con los hombres! Y por fin luego fue muy diferente, se volvió un placer.



[1] Federici, Silvia. 2020. “Beyond the Periphery of the Skin: Rethinking, Remaking and Reclaiming the Body in Contemporary Capitalism”. Oakland, PM Press.
ZUR
Fuente: http://www.resumenlatinoamericano.org/2020/02/27/el-feminismo-es-la-punta-de-diamante-de-una-insurgencia-internacional-entrevista-a-silvia-federici/

"Lo que tenemos es un pensamiento que no piensa el cambio sistémico, la transición o el pasaje, sino la simple adecuación. La experiencia a la que convoca es, lisa y llanamente, una experiencia de adecuación. Es más, considera que esa adecuación es la única forma de adquirir racionalidad política y realidad social. O sea, niega la posibilidad de toda racionalidad política por fuera de la institucionalización burguesa, del “pacto”, del “contrato social” o cárceles similares. Esta posición y las prácticas pacificadoras que de ellas se derivan conllevan importantes concesiones a la racionalidad neoliberal y están llamadas a recrear constantemente las condiciones de seguridad de/para las clases dominantes. Constituyen tanto el fundamento de la impotencia del progresismo y de la izquierda institucional como del “giro pragmático” que condena a la resignación a una parte de los movimientos sociales y de las organizaciones populares de Nuestra América".

¿Creación sin confrontación o creación heroica? 

A propósito de la “versión blanda” 

del pensamiento crítico

23 de febrero de 2020 
Por Miguel Mazzeo*

Importa la verdad, no la táctica
Wilhelm Reich
Hace ya mucho tiempo que en Argentina y en Nuestra América se viene consolidando una versión “blanda” del pensamiento crítico. No pretende ser esta una expresión rigurosa. Se puede argumentar que la blandura indefectiblemente  conspira contra la criticidad y, también, contra el pensamiento. La utilizamos porque no tenemos motivos para poner en duda las buenas intenciones de ciertas subjetividades. Recurrimos a ella porque existen pensamientos que, en lo aparente, no proponen una apología abierta del orden establecido y no pretenden reducir la complejidad social. Estos pensamientos ejercen una crítica a una parte de lo real y/o proponen una alternativa a los viejos y agotados paradigmas críticos. El problema está en que albergan categorías capitalistas y contrabandean conceptos y cavilaciones que no afectan la totalidad predominante. Es más, buscan resguardarla y por eso no dan cuenta, ni de la inherencia de esa totalidad en las partes, ni de su intensidad. El problema está, principalmente, en el vacío de promesa y desmesura que arrastran. Jamás nos revelarán alguna verdad. Para constatar la blandura de este pensamiento debemos confrontarlo con sus prácticas y sus efectos concretos. 
No se trata simplemente de una crítica con sordina. Es algo mucho más profundo que eso. Es un tipo de cuestionamiento al capitalismo que, al mismo tiempo que lo repudia, no puede dejar de considerarlo una condición de posibilidad de la mismísima existencia social. Parafraseando a Karl Marx, se puede definir como una crítica que le teme a sus propios resultados y que pretende evitar todo conflicto con los poderes estatuidos. En efecto, estamos frente a un caso de flagrante ambigüedad estratégica. O ante la primera de las formas de no sufrir el infierno identificadas por Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles: “aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más”.[1] 
Entonces, lo que tenemos es un pensamiento que no piensa el cambio sistémico, la transición o el pasaje, sino la simple adecuación. La experiencia a la que convoca es, lisa y llanamente, una experiencia de adecuación. Es más, considera que esa adecuación es la única forma de adquirir racionalidad política y realidad social. O sea, niega la posibilidad de toda racionalidad política por fuera de la institucionalización burguesa, del “pacto”, del “contrato social” o cárceles similares.  Esta posición y las prácticas pacificadoras que de ellas se derivan conllevan importantes concesiones a la racionalidad neoliberal y están llamadas a recrear constantemente las condiciones de seguridad de/para las clases dominantes. Constituyen tanto el fundamento de la impotencia del progresismo y de la izquierda institucional como del “giro pragmático” que condena a la resignación a una parte de los movimientos sociales y de las organizaciones populares de Nuestra América.  
Mientras el capital subordina al trabajo con mayor énfasis, mientras las relaciones sociales capitalistas arrasan con los ámbitos sociales-comunitarios de reproducción de la vida, una capa de intelectuales que dicen asumir la posición de los trabajadores y las trabajadoras, de las clases subalternas y oprimidas en su conjunto, (o su “punto de vista”), ensayan teorizaciones de la relación capital-trabajo que la presentan como una relación no antagónica. Como una “contradicción” donde la conflictividad no implica la negación de alguna de las partes.
Para la versión blanda del pensamiento crítico no existen contradicciones fundamentales y, por ende, no existen terrenos donde los enfrentamientos sociales alcancen su grado máximo de concreción. La “tensión” entre las clases sustituye a la lucha de clases o se le impone a la lucha de clases la aceptación del orden social dominante como límite estricto. Parecen aceptar las siguientes fórmulas: “dentro del capitalismo todo, fuera del capitalismo nada”; “no existe otra racionalidad que la racionalidad burguesa”. De este modo, el “análisis de clase” es presentado, livianamente, como “reduccionismo de clase”. Y lo más importante: el espacio de la política se limita al campo de objetividad política instituido, cerrado, sórdido y a un índice de realidad donde sólo caben las “luchas democráticas”. Las “relaciones de fuerza”, confinadas a ese campo de objetividad y a ese índice de realidad, sólo pueden modificarse en aspectos secundarios, cuando un cambio significativo de las mismas exige la impugnación de ese campo y ese índice. La adecuación, entonces, requiere del desplazamiento de la jerarquía de intereses, requiere de un conjunto de trampas, señuelos, transacciones y abstenciones. El resultado no es otro que el ocultamiento de la verdad.
En forma paralela se suele plantear el carácter eventual del sujeto. Se reivindican los “sujetos contingentes” y se hace una profesión de fe antiesencialista. Pero a la hora de analizar la constitución ideológica del sujeto… ¿acaso no corresponde tener presente la relación entre la contingencia de los sujetos (subalternos y oprimidos) y el carácter eventual de la venta de fuerza de trabajo?  ¿No hay una relación de causalidad entre el proceso de acumulación y las condiciones de vida de la clase que vive de su trabajo? Esas relaciones, en sí mismas, no son fortuitas. Existen planos del “ser social” de las clases subalternas y oprimidas (y de todas las clases, y todos los seres humanos) que se conservan relativamente firmes e inaugurales en materia de subjetividades. Sin ahondar en la realidad de esos planos, sin el conocimiento (que es auto-conocimiento) de esos planos del ser social, difícilmente puedan darse procesos colectivos de transformación en las subjetividades.  
La versión blanda del pensamiento crítico erige al “pueblo” como un sujeto desprovisto de todo fundamento, núcleo o incrustación clasista. Lo que instala la suposición de que la burguesía también estaría desprovista de esos elementos. Por cierto, de ahí parte la apelación al concepto ideológico (y ambiguo) de oligarquía. Pueblo y oligarquía funcionan como conformaciones puramente ideológicas y políticas. El concepto de burguesía es desechado, por su pesada materialidad y su pesada “socialidad”, (la materialidad y socialidad propias de las relaciones humanas). Lo mismo ocurre con otros sentidos posibles para el concepto de pueblo, en especial los que apelan a la categoría del ser social y los que están atentos a los universos de experimentación/vivencia colectiva de ese ser social. Todo un plano de la existencia (y de la coexistencia) de los seres humanos es descartado o invisibilizado cuando se define a las clases y a los grupos sociales privilegiando los aspectos subjetivos de sus atributos. ¿Nos precipitamos en el esencialismo al considerar que existen atributos propios de las clases?
La porosidad que despliega la burguesía mientras construye y reconstruye su hegemonía jamás pone en tela de juicio la propiedad privada de los medios de producción. Podríamos dar muchos ejemplos más, pero este remite a un aspecto medular que señala la imposición de un límite estricto en la conformación del espacio hegemónico propio de la burguesía. Claramente, la burguesía resigna algunos intereses particulares en pos de consolidar su universalidad, pero conserva núcleos intocables, especialmente los que hacen a su “base material”, los santuarios de la “sagrada materia” en los términos de Theilard de Chradin; en ellos afirma el ancla de su subjetividad. Sin ir más lejos, por fuera de esos núcleos está el campo de objetividad política que impone la burguesía, donde todo es discutible menos lo más importante.
Entonces, ¿cuál es el sentido de plantearle a la clase que vive de su trabajo que, para devenir hegemónica, debe constituirse como “pueblo” y desarrollar una heterogeneidad tan grande y unas articulaciones discursivas tan extensas que incluyan el no cuestionamiento a la propiedad privada de los medios de producción y la aceptación del carácter insuperable del capitalismo? De no asumir ejes anticapitalistas (praxis, subjetividades), todo indica que la clase que vive de su trabajo no estará en condiciones de ceder intereses particulares en pos de consolidar su propia universalidad. No se constituirá en clase porosa, sino que quedará expuesta a la porosidad de la burguesía. Al ampliar la alianza de clases no hará otra cosa que ampliar la base hegemónica de las clases dominantes. De ningún modo construiría una hegemonía propia.
El clasismo, el anticapitalismo, sólo pueden verse como posiciones “monistas” y/o “reduccionistas” desde un punto de vista abiertamente pro-capitalista. Sólo constituyen un “límite para la política” si se asume sin cortapisas el campo de la política pro-sistémica. Por el contrario, son el fundamento de una política anti-sistémica. Eso es lo que no abunda
La versión blanda del pensamiento crítico viene a corroborar la capacidad del capitalismo para escindir la base material de las representaciones simbólicas y su eficacia para neutralizar las contradicciones de la sociedad capitalista a partir del despliegue de un potente aparato simbólico. Viene a ratificar la función social de los hechos culturales. Entonces, la versión blanda del pensamiento crítico puede apelar a la noción de poder popular, pero termina desvinculándola de los procesos de socialización de los medios de producción y de autogobierno popular, asimilándola a figuras meramente administrativas.
Ningún horizonte paradigmático nos impone sentidos y vectores. No se trata de concretar ninguna abstracción. Simplemente constatamos que el poder-hacer del capital tiende a ser presentado como una realidad inmodificable y que se pretende compatibilizarla con el poder-hacer de las clases subalternas y oprimidas. ¿Son compatibles? ¿El ejercicio de las facultades del poder-hacer del trabajo no implica una lucha por disminuir las facultades del poder-hacer del capital hasta llegar a su negación? ¿Se pueden disminuir/negar las facultades del poder-hacer del capital con métodos administrativos? ¿Es posible lograr la autoafirmación sin la reducción del “otro” cuando “el otro” es el sistema capitalista? ¿Se puede fecundar sin adversar? ¿Es posible realizar un proyecto basado en el amor ahorrándose el momento negativo del odio? ¿Cabe pensar el amor por fuera la dialéctica de la lucha de clases? ¿Es en verdad un ejercicio crítico teorizar sobre las relaciones de no-negación del contendiente, cuando el contendiente nos niega y nos destruye en el proceso de su reproducción?
El capitalismo como totalidad, jamás se constituyó (ni se constituye) en conexión con los otros, las otras y les otres. Por el contrario, sólo puede consumar su existencia nutriéndose de la vida de los otros, las otras y les otres, en un proceso de constante despersonalización. El capitalismo no reconoce prójimos.   
Mientras el capital, cada vez más, da muestras de no reconocer a los pueblos como “lo otro” legítimo en la convivencia, como sujetos iguales con derecho a ser, la versión blanda del pensamiento crítico fomenta el pánico a la hora pensar en la negación de un oponente sistémico que nos impone sus propios fines y nos reduce a la condición de instrumentos pasivos. ¿Existe alguna posibilidad de no ver a ese contendiente sistémico bajo la tradicional figura del “enemigo”? No lo podemos determinar con certeza, pero consideramos que: hacer fraternizar lo incompatible, despojar a las clases sociales de toda materialidad, propiciar las relaciones contenedoras de los contendientes sistémicos y alentar unos vínculos de reconocimiento mutuo, (la matriz convivencial, las apologías abstractas del consenso) son formas de no cuestionar –y de garantizar– la reproducción del capital, son formas de aceptación de las categorías del “enemigo”. Es más, desde la condición de las clases subalternas y oprimidas, las maniobras señaladas podrían considerarse como fragmentos de un plan de rendición anticipada.
La versión blanda del pensamiento crítico no se centra en las praxis críticas a la propiedad/gestión de  los medios de producción por parte del capital, sino en una distribución “más justa” del excedente económico. Apuesta a la constitución de una subjetividad popular con el fin de condicionar las políticas regulatorias del capital.    Parte del presupuesto de que existe un “capitalismo normal” y un “capitalismo patológico”. Pero el capitalismo es siempre patológico. Es un contrasentido –un “oxímoron”– hablar de un capitalismo virtuoso, justo o bello.  El capitalismo sólo puede moderar su maldad intrínseca en función de las correlaciones de fuerzas, del desarrollo de las luchas de clases. Pero eso no lo normaliza, simplemente le impone un repliegue provisorio. Por lo tanto, la versión blanda del pensamiento crítico se expresa en exigencias al capital para que reconozca al trabajo como fuente de valor y a los trabajadores y las trabajadoras como vectores del juego social y político. Sostiene la quimera de una construcción conjunta (capital-trabajo) del deseo. No cuestiona la legitimidad ni la “dignidad” del capitalismo.
La versión blanda del pensamiento crítico se erige en alternativa a otros pensamientos esencialistas, economicistas y deterministas. Pero abusa de la “determinación de la forma”. Considera que la política formatea las luchas históricas y, de alguna manera, diluye, o directamente niega, los contenidos de esas luchas, las singularidades de los contendientes. Digamos, a la pasada, que las visiones dialécticas de la sociedad, no necesariamente están condenadas a ser monolíticas o esencialistas.
La versión blanda del pensamiento crítico reduce al anticapitalismo a una expresión derivada del un culto racionalista a una objetividad estructural. Resguarda así a la ideología y a la política del efecto económico y societal. En este determinismo invertido, el formalismo politicista libera a las superestructuras de toda atadura, de todo circuito de interrelaciones, trata de evitar la barbarie de las estructuras que, de todos modos, se cuela por algún flanco e instituye algún que otro cuestionamiento aislado y espontáneo a los principios fundantes, como el de propiedad privada por ejemplo; o sugiere la idea de una reforma agraria, o promueve la autogestión y autogobierno popular, etcétera.   
La versión blanda del pensamiento crítico invita a las clases subalternas a renunciar  a toda afirmación autónoma, por lo menos parcial, de sus intereses e identidades. Al decir de Walter Benjamín, las conmina a seguir desaprendiendo el odio y el sacrificio, que es una forma de desaprender el amor verdadero (que no se puede escindir del odio que fundamenta su origen). Las convoca a la inviable faena de crear sin confrontar, clausurándole los caminos de la “creación heroica” y la imaginación revolucionaria. Mientras tanto, las clases subalternas y oprimidas, los trabajadores y las trabajadoras, el precariado y el pobretariado o, si se prefiere, el pueblo, seguimos sin política propia, sin proyecto propio, orientándonos (¡desorientándonos!) a través de las prácticas ratificadas por las clases dominantes,  expuestos y expuestas al idealismo abstracto e inoperante de pequeños grupos y sectas y al pragmatismo rastrero de una parte de la dirigencia sindical y social.   
El formalismo politicista y la matriz convivencial nos atan a la deriva del sistema capitalista. Si no impugnamos radicalmente al capital y a sus lógicas, si no denunciamos su indignidad intrínseca, si no dejamos de considerar al capitalismo como la parte principal e irremplazable del conjunto de social, no hay pensamiento crítico posible. Y la “política popular” queda reducida a la disputa por los esquemas regulatorios y no a la construcción de la fuerza social (subjetividad incluida) que ponga en jaque las estructuras y los fundamentos del sistema. Sin asumir el anticapitalismo teórico y práctico como punto de partida, difícilmente puedan construirse bloques contra-hegemónicos. Y tampoco habrá pensamiento crítico.  
Detrás de las ansias de erigirse en nuevo paradigma crítico, la versión blanda solo propone versiones de la relación entre economía y política que reactualizan la que alguna vez propusieron el social-cristianismo, la social-democracia, el reformismo, el populismo: Estado benefactor, capitalismo democrático, etcétera.   
En la Argentina, el desarrollo de la versión blanda del pensamiento crítico posee vasos comunicantes con una situación de reflujo del movimiento popular y con un proceso histórico signado por corporativización del precariado y el pobretariado y por  la eficacia desarrollada por las clases dominantes y el Estado de cara a la institucionalización de los conflictos.
Puede que ya sea tiempo de revisitar –por enésima vez– al general Carl Von Clausewitz. Si queremos frenar la agresión del capital, sólo frenarla sin pensar en ningún contraataque… si queremos construir autonomía y poder popular para preservar la vida ¿podremos prescindir de las perspectivas de una contienda basada en la defensa?, ¿podremos prescindir de los ejercicios que desplieguen algún grado de contra-violencia cualitativamente distinta de la violencia alojada en las mismas relaciones sociales capitalistas?, ¿podremos dejar de replicar las lógicas, creencias, leyes y valores de la derecha a la hora de construir las fuerzas adecuadas y la inteligencia colectiva-situacional para una lucha que será cada vez más desigual? Será muy difícil eludir tales perspectivas y tales ejercicios si aspiramos a reconstruir una racionalidad revolucionaria concreta, un poder y una fuerza cualitativamente diferentes al poder y la fuerza de la burguesía.
La resistencia a la opresión, el anhelo de vivir, el deseo de construir la utopía concreta de una matria para todos, todas y todes, tienden a colocar a los cuerpos en un escenario donde prima una lógica bélica que, aunque intente camuflarse de mil modos, cada tanto, en acciones y palabras, muestra su verdadera faz.
Para nosotros, nosotras y nosotres cabe la segunda forma no sufrir el infierno identificada por Ítalo Calvino, la más “peligrosa”, la que “exige atención y aprendizaje continuos”: buscar y saber reconocer quien y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.[2]    
Lanús Oeste, 19 de febrero de 2020.
* Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales. Docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la Universidad de Lanús (UNLa). Educador popular. Escritor, autor de varios libros publicados en Argentina, Venezuela, Chile y Perú, entre otros: Piqueter@s. Breve historia de un movimiento popular argentino; ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regimenes emancipatorios; Introducción al poder popular (el sueño de una cosa); El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de “socialismo práctico”; El Hereje. Apuntes sobre John William Cooke y Marx populi. Colaborador de los portales Contrahegemoníaweb, Resumen Latinoamericano y La Haine, entre otros.   
[1] Calvino, Ítalo, Las ciudades invisibles, Buenos Aires, Minotauro, 1984, p. 175.
[2] Ibidem., p. 175

Fuente: https://contrahegemoniaweb.com.ar/creacion-sin-confrontacion-o-creacion-heroica-a-proposito-de-la-version-blanda-del-pensamiento-critico

Reflexionemos:"En la Europa meridional de la especialización flexible, sus países pasan a ser la fábrica de bienes de consumo de masas de gamas medias y bajas para el consumidor europeo y las zonas del turismo de masas, que hacen del sur de Europa un “enclave del ocio” al servicio de las zonas ricas de Europa. Este proceso supone una redistribución geográfica de los centros de trabajo en función de la fase del proceso productivo que realizan, base para el surgimiento de una nueva cuestión meridional a escala europea, cuyos efectos segregadores son claves para la comprensión de la crisis de la Europa actual".

El pensamiento gramsciano ante

el cambio social contemporáneo

26 de febrero de 2020

 

Por Eddy Sánchez Iglesias 
CTXT
La experiencia política de Gramsci y su elaboración teórica nos previenen del mecanicismo aún latente en la izquierda contemporánea, que sigue ligando cambio a excepcionalidad, crisis económica a crisis política terminal
 El legado de Antonio Gramsci ha sido reivindicado, desde posiciones políticas heterogéneas, por diversos movimientos del cambio social en las últimas cuatro décadas. En este contexto, ¿cuál sería el núcleo básico que el pensamiento de este autor aporta al debate del cambio en la sociedad contemporánea? Frente a la extendida afirmación de raíz althusseriana de Gramsci como “teórico de las superestructura”, la pregunta anterior podría responderse de manera más adecuada desde la concepción de Gramsci como “teórico de la coyuntura”.
Al dar importancia al análisis de la coyuntura, se entiende cómo, a pesar de su dispersa obra y de su heterogénea recepción, Gramsci ofrece una posición teórica, muy coherente, marcada por el clima social e intelectual del marxismo posterior a la Revolución rusa, en el que la interpretación de la conciencia revolucionaria ocupa un lugar central.
Esta reivindicación de la conciencia revolucionaria es propia de la generación de comunistas que rompen, como Gramsci, con el determinismo predominante en el movimiento socialista posterior a la derrota de la Comuna de París de 1871. Esto les hace confrontar con la actitud determinista, inspirada en la visión “etapista” del marxismo de la II Internacional, que planteaba, como prioridad, alcanzar la revolución democrática burguesa como etapa previa al socialismo, que era visto como un resultado natural de una evolución lineal de la sociedad europea. 
Así, frente a la fórmula de Berstein de “el movimiento es todo, el objetivo es nada”, Gramsci, al igual que Lenin o Rosa Luxemburgo, defiende la recuperación de aquella dimensión del socialismo que había sido abandonada por la vieja socialdemocracia: la dimensión emancipadora de la subjetividad.
De esta forma, el análisis teórico para Antonio Gramsci se pone al servicio de la acción política concreta que permita captar, en cada momento, el problema central y actuar en consecuencia. Algo que él mismo define en términos militares como la necesidad de pasar a la “guerra de posiciones” como alternativa a la “guerra de movimientos”. Existe por tanto una línea de acción principal en cada momento, y esa línea se concreta en los Cuadernos de la Cárcel (1929-1937), con la expresión tomada de Lenin: “Hay que terminar con la idea del asalto para reemplazarla por la del asedio”. 
El giro político propuesto por Gramsci adquiere una dimensión estratégica, producto de una reflexión teórica marcada por la derrota del biennio rosso y la llegada al poder del fascismo. Gramsci se pregunta cómo es posible que, después de la Primera Guerra Mundial y de la bancarrota del Estado liberal, el resultado no haya sido el triunfo de la revolución y el socialismo, sino la victoria del capitalismo. 
Esta tensión causal entre estructura y superestructura es resuelta por Gramsci desde la investigación histórica concreta, más que en la apelación a una suerte de lógica dialéctica, resultante de la fórmula de entender lo económico como “determinante en última instancia”. De esta forma, junto a la voluntad transformadora de la subjetividad, Gramsci confronta con los postulados economicistas, a través de un “historicismo pronunciado”, resultado de una formación intelectual muy influida por el idealismo y el liberalismo de izquierdas de su juventud.
Este idealismo mitigado por su carácter historicista permite a Gramsci aportar al marxismo una sensibilidad por la dimensión cultural, política, religiosa y, en general, superestructurales de la vida social, que permite comprender cómo los países del capitalismo avanzado disponen de recursos sociales para resistir los intentos de asalto frontal. 
Así, para Gramsci el fascismo no es una anomalía histórica, sino la concreción y continuación del dominio burgués en Italia iniciado con el Risorgimento. El fascismo es la respuesta reaccionaria con el que las clases dirigentes inician el proceso de reestructuración autoritaria de la sociedad italiana, tras el fracaso del capitalismo en su forma originaria, donde la coerción no es la premisa principal sino la capacidad de los grupos dominantes para generar consentimiento y persuasión, construyendo la hegemonía que permite liderar a los grupos aliados o subordinados, construyendo la burguesía un bloque dominante a través del discurso nacionalista.
Condenado a la cárcel por el régimen de Mussolini, los estudios históricos y sus reflexiones teóricas persiguen un claro objetivo político con el que pretende responder a la pregunta ¿por qué la revolución en Italia ha sido derrotada? Gramsci entiende que la derrota es consecuencia del aislamiento del proletariado del norte, de la falta de apoyo de otros sectores populares, en especial, del campesinado del sur de Italia. El pensador italiano responsabiliza de ello al Partido Socialista Italiano (PSI), el cual incurre en una política de corte elitista, que solo contemplaba a la clase obrera industrial y a los países centrales de Europa (como era el norte de Italia), como los únicos protagonistas del cambio político.
Pero Gramsci concluye lo contrario, que el cambio político del momento histórico que le toca vivir solo es posible tomando en cuenta a actores que la tradición socialista tomaba como marginales, como el campesinado, así como el valor antagonista que adquieren los países semiperiféricos como Rusia o coloniales como los asiáticos. En su traducción a las condiciones italianas del momento, Gramsci concluye que el cambio es imposible sin el campesinado y la Italia meridional (la cuestión meridional), realidades con las que articular un nuevo bloque histórico, desde las que construir la hegemonía política y cultural de las clases subalternas en Italia. Es en este punto, donde el pensamiento gramsciano se nos presenta como sugerente para nuestra coyuntura de cambio contemporáneo. 
Al igual que Gramsci y los revolucionarios de su generación cabría preguntarse hoy ¿cuáles son los actores que irrumpen como condición necesaria para el cambio socialista en las sociedades contemporáneas? 
En el marco de la crisis iniciada en 2008, el cambio político debe ser entendido no como una respuesta a la crisis del fordismo y la socialdemocracia, sino como una alternativa a la crisis del posfordismo y el neoliberalismo.
El triunfo de Boris Johnson y el brexit en Gran Bretaña, junto con la elección como presidente de EE.UU. de Donald Trump forman parte de la reacción de las clases dominantes del centro capitalista ante las consecuencias no deseadas de la globalización que ellas mismas impulsaron. 
La visión “largoplacista” con la que Wallerstein propone situar el análisis de la crisis de la globalización implica un proceso de cambio tecnológico acelerado que condiciona sustancialmente la expansión de las fuerzas productivas y la forma que adopten las mismas en el futuro, lo que a su vez, significa que, en situación de crisis, los cambios en la división internacional del trabajo se intensifican. De este proceso se desprende la doble realidad que los nuevos sujetos de cambio plantean, derivados del papel geopolítico que juega la periferia en el sistema mundo y la aparición del nuevo asalariado urbano.
Desde este punto de vista político, la posibilidad de cambio político pasa por la comprensión de cómo las transformaciones en las bases materiales de nuestras sociedades son consecuencia de la formación de un nuevo modelo social y económico marcado por el capitalismo flexible como realidad dominante. En la Europa meridional de la especialización flexible, sus países pasan a ser la fábrica de bienes de consumo de masas de gamas medias y bajas para el consumidor europeo y las zonas del turismo de masas, que hacen del sur de Europa un “enclave del ocio” al servicio de las zonas ricas de Europa.

Este proceso supone una redistribución geográfica de los centros de trabajo en función de la fase del proceso productivo que realizan, base para el surgimiento de una nueva cuestión meridional a escala europea, cuyos efectos segregadores son claves para la comprensión de la crisis de la Europa actual.
Se multiplica así una economía de servicios atrasados a la producción que, escalonadamente, realizan tareas cada vez más menos cualificadas y que se distribuyen por los grandes corredores industriales de las coronas metropolitanas, o al otro lado de sus fronteras, despoblando las zonas rurales del interior, efectos que configuran la nueva lógica espacial del capitalismo flexible, convirtiendo a las periferias urbanas en las protagonistas de la nueva geografía del malestar en las sociedades meridionales europeas.
El modelo de paro-precariedad-flexibilidad está en la base de la aparición y consolidación de una nueva clase trabajadora de servicios, con características distintas a la clase obrera industrial o la conformada por los trabajadores de servicios públicos y capas profesionales urbanas. Estamos ante algo nuevo, el “proletariado sin conciencia” el nuevo asalariado urbano que puede acabar convirtiéndose en un actor fundamental del conflicto social futuro.
El contexto en el que se construye la obra teórica de Antonio Gramsci es el de la crisis de la primera globalización de finales del siglo XIX. Dicha crisis es sancionada con el nacimiento de los imperialismos que se dirimen en la I Guerra Mundial. El coste para el capitalismo de este periodo es la Revolución socialista en Rusia y el crac económico del 29, crisis que da lugar a la aparición del fascismo, proyecto bajo el que surge el primer proyecto continental europeo triunfante del siglo XX.
Para Gramsci, la reconstrucción de un proyecto socialista en aquel contexto requería de formas y sujetos nuevos, situando esa nueva referencia ahí donde antes se había negado todo potencial de cambio, es decir, en el desarticulado campesinado del Mezzogiorno italiano. 

Como respuesta a la derrota del biennio rosso, Gramsci percibe en la cuestión meridional el “nudo” fundamental para el cambio en Italia, para lo cual, ya en el marco de los Cuadernos de la Cárcel, el líder italiano desarrolla conceptos clave de su pensamiento, en especial, el de bloque histórico y hegemonía. 
Antonio Gramsci es el primero en Occidente que se esfuerza en comprender filosóficamente el significado histórico mundial de la revolución que estalla en Oriente, en un país atrasado como Rusia, y se convierte en un crítico implacable del PSI, con el cual rompe, por su incapacidad de entender el papel que juega el campesinado y el significado de la cuestión meridional como cuestión nacional.
La experiencia política de Gramsci y su elaboración teórica nos previenen del mecanicismo aún latente en la izquierda contemporánea, la cual sigue ligando cambio a excepcionalidad, crisis económica a crisis política terminal. Sin embargo, y tras un intenso ciclo de movilizaciones, la crisis de la segunda globalización ha traído los nuevos fascismos que avanzan en Europa la reconstrucción de proyectos reaccionarios en Gran Bretaña y EE.UU. y la respuesta proimperialista de sectores importantes de las capas medias en América Latina. Proyectos sustentados no solo en las clases dominantes, sino que cuentan con el apoyo de importantes sectores populares.
La transmisión de las relaciones de explotación contemporáneas sugieren un patrón geográfico o espacial que tiene como eje el concepto de periferia, cuya dimensión social tiene como referencia al nuevo asalariado urbano resultante del proceso de transformación del trabajo en el marco del capitalismo flexible. Pensar el cambio social pasa por la comprensión del valor central de lo considerado hasta ahora como marginal, del “proletariado sin conciencia” que habita en las periferias urbanas de los países europeos. En esa plebe precaria de la periferia se encuentra la nueva cuestión meridional.
Sin embargo, el peso social de esta nueva clase trabajadora no corresponde con su peso político y cultural, lo que la convierte en un sector infravalorado y nada representado en el marco político europeo. Una izquierda que, si no reacciona, puede ser responsable de provocar una neutralización decepcionada de un sector popular, que quedará a disposición de sucumbir a demagogos fascistas de última generación.
Eddy Sánchez Iglesias es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM y director de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM).
NOTAS
1. Lo que en palabras de Manuel Sacristán “le supuso aceptar que la ideología, es la única instancia mediadora entre la fuerza social y la acción” (Sacristán, 1998: 20).
2. Mezzogiorno o Mediodía, se refiere a la zona sur o meridional italiana. Zona de la que proviene el propio Gramsci, el cual nace en la pequeña localidad de Ales, Cerdeña.

Fuente: https://rebelion.org/el-pensamiento-gramsciano-ante-el-cambio-social-contemporaneo/

¿Podemos conciliar con Alberto Fernández que sigue expandiendo los extractivismos o sea ecocidios, genocidios y la subordinación del país al FMI o a privilegiar a los estafadores oficializados como acreedores por sobre las necesidades populares.?

"Nos queda claro el condicionante de la deuda pública y la negociación encarada por el Gobierno, pero más allá de ello, la demanda es por un debate sobre el modelo productivo en su conjunto y las formas de distribuir el ingreso y la riqueza entre toda la población. Son parte de los debates que aún no son patrimonio del conjunto social, menos aun de interés de los principales medios de comunicación y del poder económico".

La deuda pública argentina es impagable y condiciona la política
25 de diciembre de 2019





En tiempo récord y a menos de dos semanas de asumido el nuevo gobierno de la Argentina, se acordó una mega ley que legisla la política económica en el corto y mediano plazo, con el horizonte del 2020, aun cuando todavía no hay Presupuesto para el próximo año. Este se formulará si es que en el corto plazo se renegocian los vencimientos con los acreedores de la deuda pública, con la hipótesis de postergar vencimientos por lo menos en el 2020/21. El texto aprobado incluye orientaciones que tienen como trasfondo la negociación con los acreedores de la deuda pública, sea el FMI o los privados. 
Por Julio Gambina.


Al mismo tiempo se dispuso desde el poder ejecutivo el canje de deuda con vencimientos en estos días, antes de fin del 2019, en pesos por 25.000 millones y por 9.000 millones de dólares. Son operaciones que se realizan en el mismo sentido del re-perfilamiento de la deuda impulsado por el anterior gobierno. En la medida de lo posible, se pretende diferir los pagos de manera negociada, sin necesidad de evidenciar la cesación de pagos, aun cuando la deuda no es sostenible, algo que sostiene reiteradamente el Ministro de Economía Martín Guzmán.
Los recursos públicos no alcanzan para comprar divisas y cancelar la deuda al vencimiento. Así, no hay más remedio que renovar los vencimientos con nueva deuda, algo que se dificulta por el elevado costo argentino derivado del “riesgo país”. Por eso las señales relativas a una política económica para el 2020 orientada al logro del superávit fiscal suena muy bien para los acreedores externos, interesados en cobrar ahora o más adelante, lo que exige “sostenibilidad” de la deuda.
Si el país ofrece una política económica de mejora de los ingresos fiscales y expectativas por baja del gasto, los “mercados” (especulativos) y por ende los tenedores de la deuda deducen que habrá condiciones objetivas para atender los pagos de la deuda, por lo que baja el “riesgo país” y suben bonos y acciones.
Con superávit fiscal, el Estado puede comprar divisas para cancelar deuda, premisas para volver al mercado de crédito con tasas menos elevadas que las actuales.
Los acreedores esperan expectantes ese escenario antes de demandar al país por compensaciones que involucren al patrimonio de los recursos naturales o bienes comunes, algo poco mentado, pero sobre lo que conviene tener presente. En épocas anteriores se aludió a la “capitalización” de la deuda, sustento de lo que luego fueron las privatizaciones del capital público en los noventa del siglo pasado.
El superávit fiscal proviene de disposiciones en la mega ley de reciente aprobación relativas al aumento de la recaudación vía retenciones a las exportaciones, aun cuando algunas bajen; por incremento de las alícuotas del impuesto sobre “bienes personales”, especialmente por capital invertido en el extranjero; o por imposición a las compras en el exterior, mal llamado dólar turista.
La mega ley incluye un supuesto relativo a la reducción del gasto previsional, trascendente en el conjunto de las erogaciones públicas.
El supuesto deviene del congelamiento de las jubilaciones, excepto la mínima que recibirá un bono de 5.000 pesos en diciembre y enero, elevando el mínimo previsional a una cifra de 19.068 pesos mensuales.
Todo ingreso superior a la mínima no recibirá las actualizaciones según la fórmula aprobada en diciembre del 2017 con base en la inflación pretérita. La medida está planteada hasta junio del 2020, con actualizaciones por decreto en marzo y junio próximos, mientras se organiza una fórmula de actualización de los ingresos previsionales.
¿Reactivación económica?
Son muchas las incógnitas relativas al impacto económico de las medidas adoptadas, pensadas para no tener que acudir a la emisión monetaria, un supuesto previo que se asignaba a la política del nuevo gobierno en la Argentina.
La lógica parece sugerir que la apuesta del rumbo de la política del Estado se sostiene con la estabilidad macroeconómica.
Poco se deduce de lo aprobado en la mega ley con relación al crecimiento económico, salvo la lógica derivada de las medidas de alivio fiscal a sectores de la pequeña y mediana empresa, y a la potencial negociación con los acreedores, lo que posibilitará liberar recursos públicos para inducir políticas activas que superen la recesión de estos últimos dos años, o el estancamiento de mayor duración.
Recordemos que el vencimiento de deuda en dólares para el próximo año ronda los 35.000 millones de dólares, que si se postergan supone destinos alternativos de esos fondos o parte de ellos, los que se consigan, para pensar y actuar una política económica de superación del estancamiento actual.
Una cifra similar está asociada a los vencimientos en moneda nacional, los que siempre pueden resolverse con “emisión”, aun cuando se sustenta la negativa. También, la mega ley autoriza a un mayor endeudamiento del Estado con entes de gestión estatal, especialmente el Fondo que administra la ANSES, que ahora podrá suscribir títulos de la deuda pública hasta un 70%.
La gran incógnita es la reactivación económica, lo que supone incrementar la inversión.
¿Es previsible que crezca la inversión privada, incluso, que sectores del capital privado?
Los sectores hegemónicos continúan presionando para una reforma regresiva del régimen laboral, incluso y más allá de la legislación general, se pretende ir en contra de los convenios colectivos de trabajo. La flexibilización laboral y salarial estará a la orden del día.
Es previsible que el Estado empuje acuerdos financieros con organismos internacionales para inducir reformas en ese plano, algo que se sugiere de la especialización desarrollada en los últimos años en el BID por Gustavo Beliz, Secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia.
Resulta de interés la apuesta a la pequeña y mediana empresa, pero está claro que la reactivación del capitalismo local demanda de importantes ingresos de inversiones externas, algo que no se logró en el periodo anterior bajo el gobierno Macri.
Las condiciones de la economía mundial no son favorables para el ingreso de capitales de riesgo del exterior, salvo para sectores emblemáticos del modelo productivo local, caso del agro negocio, la mega minería y los hidrocarburos no convencionales. Más allá de lo concreto en este plano, lo principal provendrá de la capacidad de inversión pública, en un país que hace rato se abandonó un horizonte productivo del sector estatal.
Una cuestión central que aparece como prioridad del accionar público es el combate a la pobreza y al hambre, al mismo tiempo que sectores organizados de la economía popular (movimientos sociales, cooperativas, empresas recuperadas, emprendimientos diversos, etc.) demandan políticas especiales para organizar en condiciones de regularidad un trabajo que hoy suponen ingresos de subsistencia.
Resolver la articulación productiva de la economía campesina, comunitaria, de la agricultura familiar, las empresas recuperadas y la circulación de bienes y servicios más allá de la lógica dominante del “supermercadismo” (destino de las tarjetas de alimentos que ahora provee la política estatal) es una posibilidad a considerar.
No solo resolver la diaria es lo que importa
La expectativa por cambios económicos definió el sentido principal del voto del 27 de octubre pasado, lo que supone ir contra el flagelo de la inflación, mecanismo de transferencia de ingresos de los muchos que no pueden fijar precios hacia los muy pocos que si los fijan.
Discutir estas cuestiones supera el corto plazo, aun cuando deben iniciarse de inmediato.
Los fundamentos de la mega ley aprobada en estos días parte del supuesto de “tranquilizar” la economía, según sostiene Martín Guzmán, algo que podemos leer como atemperar las tendencias inflacionarias, que en sí mismo pueden mejoran las condiciones económicas de la cotidianeidad afectadas por el incremento de los precios y resolver la diaria de los empobrecidos.
Se sostiene que la tendencia a la baja de la inflación es la precondición para frenar la caída de la producción local y con ello promover el crecimiento económico, base para pensar en la distribución del ingreso y quizá de la riqueza. Un problema en este sentido que ello supone modificar la ecuación de beneficiarios y perjudicados.
Entre los primeros, el sector más concentrado de la economía, los privilegiados del modelo productivo asentado en el agro negocio y las exacerbadas formas del extractivismo que depreda la naturaleza, en el sentido que se avanza en estas horas con la apropiación del agua en Mendoza, a contramano del reclamo social en defensa del derecho al agua y en contra de la mercantilización de la misma. Entre los perjudicados, la mayoría de la sociedad, con expectativas por resolver la cotidianeidad e ir más allá, lo que nos convoca a pensar en términos de emancipación social.
Queda claro el condicionante de la deuda pública y la negociación encarada por el Gobierno, pero más allá de ello, la demanda es por un debate sobre el modelo productivo en su conjunto y las formas de distribuir el ingreso y la riqueza entre toda la población.
Son parte de los debates que aún no son patrimonio del conjunto social, menos aun de interés de los principales medios de comunicación y del poder económico.
Fuente: https://www.anred.org/2019/12/25/la-deuda-publica-argentina-es-impagable-y-condiciona-la-politica/