jueves, 3 de agosto de 2017

"Tenemos la esperanza y la convicción- en quienes están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo".

Debatir Venezuela… Debatir el “ciclo progresista”
Extractivismo y dialéctica de la dependencia
2 de agosto de 2017

Por Horacio Machado Aráoz (Rebelión)

 “La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida (…) No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra”.
(Comandante Hugo Chávez, cumbre contra el ALCA, Mar del Plata, Noviembre de 2005)

Para nosotros es claro que el proceso bolivariano constituye la enunciación más radical y potente del ciclo de movilizaciones y luchas populares que irrumpieronen nuestra región para fracturar lo que hasta entonces era la monolítica geografía política del neoliberalismo. Si en algunos países esas luchas fueron dinamizadas y sostenidas por movimientos sociales fuertes y arraigados, en Venezuela ese proceso hubiera sido inimaginable sin la descomunal fuerza carismática y el liderazgo disruptivo del comandante Chávez. No perdamos de vista que ese histórico proceso insurgente en Nuestra América/Abya Yala se levantó no sólo para impugnar el ‘orden’ neoliberal, sino para cuestionar y poner en crisis el propio capitalismo, como proyecto civilizatorio colonial-occidentalocéntrico, impuesto como modelo presuntamente único, universal, a seguir y alcanzar. Y -a diferencia de la suerte que estos procesos corrieron en otros países, a diferencia del resto de los gobiernos progresistas y el oficialismo de ‘izquierda’ circundante-, el movimiento bolivariano nunca olvidó ni dejó de tener como horizonte la construcción del “socialismo del siglo XXI”.

A nuestro entender, la gran osadía de Chávez (la del chavismo) fue la de haber encarnado la convicción política de la necesidad histórica de construir un horizonte social radicalmente post-capitalista, como única salida para nuestros pueblos. Volver a hablar de la revolución, en serio, en términos realistas y sin ambages, como proyecto histórico y como programa de gobierno; encima, en pleno apogeo de la era de la resignación posmoderna/neoliberal… Y, decisivamente, haber hecho de la revolución -así concebida radicalmente como un movimiento histórico de superación del capitalismo-, no una entelequia, sino un proyecto político popular, masivo, abrazado y asumido por millones de cuerpos humanos vivientes, dentro y fuera de Venezuela, y más allá de nuestro continente, una fuerza históricamente actuante en pleno siglo XXI, en eso consiste la grandeza de su figura y el carácter perenne y vigente de su legado.

Por eso mismo, el chavismo en particular, el movimiento bolivariano más abarcativamente, no pueden ser reducidos ni asimilados a lo que hoy es y representa el actual gobierno venezolano. Si bien sería inconcebible sin el liderazgo de Chávez y si bien también fue predominantemente gestado desde el Estado (lo cual forma parte de los problemas), nos parece fundamental ver y reconocerlo como un proceso histórico colectivo que ha trascendido a sus gestores y que hoy va más allá de quienes se atribuyen la responsabilidad de “dirigirlo” desde el gobierno estatal. Hablamos de un proceso y un movimiento mucho más denso y complejo que ha hecho de la construcción del socialismo del siglo XXI su horizonte de sentido histórico, su proyecto político y núcleo identitario.

Por eso mismo también, lo que está en debate en torno al “caso venezolano” excede largamente la escala espaciotemporal de los próximos años en ese país, e incluso de las próximas décadas en la región y en el mundo. En función de la increíble condensación y nucleamiento de energías revolucionarias que el proyecto bolivariano ha concitado, lo que resulte de él afectará, para bien o para mal, las posibilidades transformativas de los pueblos a nivel del sistema-mundo.Por eso será vital lo que seamos capaces de rescatar y de sostener de ese proceso.

Ahora bien, ese desafío no tiene nada que ver con “sostener a como dé lugar, el gobierno de Maduro”, sino con la necesidad de re-pensar profundamente esta experiencia yaprender de ella, para recuperar y fortalecer a futuro las capacidades colectivas de transformación radical. Inspirándonos en las potencialidades emancipatorias que ha abierto, hoy más que nunca, necesitamos hacer los aprendizajes históricos de este proceso; ser capaces de ver sus equívocos y sus puntos ciegos, para -a partir de allí- re-encauzar el rumbo de nuestras luchas y redefinir el horizonte de nuestros sueños. Porque lo que está en juego no es apenas una cuestión de “cambios de gobierno”, sino de transformación civilizatoria.

En ese sentido, como venimos insistiendo desde diversos movimientos y colectivos para quienes la aspiración de un cambio revolucionario, de un horizonte civilizatorio postcapitalista, es más que un deseo político, una necesidad histórica de supervivencia de la especie, el punto ciego determinante del proceso bolivariano -la falla insalvable del “ciclo progresista”- ha sido la cuestión del (mal llamado y peor entendido) “extractivismo” [1].  

Siembra de petróleo… Cosecha de tempestades.

“Somos una casa invadida por las termitas. Por fuera, todo se mira bien. Ahora se construye mucho, se hacen grandes carreteras con el dinero del petróleo, se hará mañana una gran ciudad, hasta cambiarán por otra a nuestra Caracas, pero la procesión va por dentro, hijo. El suelo se sostiene sobre el aire. El corazón de la tierra ha sido perforado, y a medida que sacan el petróleo, queda vacío. Se va la soberanía y con el dinero vienen los vicios…”. (Mario Briceño Iragorry, “Los Riberas”, 1957) [2]

A esta altura de los acontecimientos, ante el panorama desolador del descalabro socioeconómico y político que está viviendo la sociedad venezolana, pocas dudas caben que el error histórico del Chavismo (acá enunciado como conjunto de políticas aplicadas desde la gestión gubernamental del Estado) ha sido la continuación y profundización de esa forma extrema de los regímenes extractivistas que constituye e lrentismo petrolero.

Pese al carácter históricamente extraordinario de su liderazgo, la siembra de Chávez, fue en gran medida, mal que nos pese, siembra de petróleo[3] . La revolución bolivariana ha sido inicialmente detonada como una gran siembra de petróleoy, a pesar de todas las advertencias en contra, el proceso bolivariano -en su curso fundamental- no ha logrado salirse de la inercia histórica de una sociedad una economía y una estructura de poder asentada sobre esa letal trampa. En el ejercicio del gobierno, el chavismo no ha sido capaz de modificar un ápice la matriz petro-dependiente de la economía venezolana; al contrario, a lo largo de casi dos décadas que lleva en el control del Estado, ha intensificado y profundizado a niveles insólitos la dependencia del funcionamiento general de la sociedad de las exportaciones petroleras [4] .

Por cierto, el proceso bolivariano no puede ser reducido a sólo una apropiación y redistribución estatalista de la renta petrolera. Para bien y para mal, ha sido y ha implicado mucho más que eso. Pero ha sido justamente el nervio principal del proceso, y se trata, por tanto, del problema de fondo. De un lado, la redistribución de la renta petrolera ha sido el mecanismo que en lo inmediato permitió en su momento, una tan necesaria como urgente reparación histórica de una larga cadena de privaciones, humillaciones y ultrajes acumulados en los cuerpos de los sectores populares. Ese acto de reparación dinamizó un vigoroso proceso de movilización y concientización política que, en definitiva, fue la base del poder popular y la energía revolucionaria insurgente que caracterizó al chavismo, sobre todo en su primera etapa.

Del otro lado, sin embargo, lo que debiera haber sido un punto de partida transitorio, se fue constituyendo en un factor cada vez más importante y condicionante, que terminó obnubilando el rumbo del proceso. Si bien permitió “salir de la pobreza a millones de pobres”, la fenomenal redistribución de la renta petrolera realizada por el chavismo -hasta antes de la crisis de la cotización internacional del crudo-, lejos de ir abriendo paso a las transformaciones radicales (económicas, políticas y culturales) que implicaba ir progresivamente dejando atrás una formación social capitalista-dependiente (por caso, la reapropiación colectiva de los procesos y medios de producción, cambios a nivel de las fuerzas productivas y mediaciones tecnológicas, de la orientación, el sentido y los valores sociales que regulan los procesos económicos, en fin, de cambios a nivel de las subjetividades que -como productores y consumidores- agencian la (re)producción material de la sociedad en su conjunto), fue, por el contrario,abriendo las puertas del infierno.

La pretendida “dignificación popular a través de la renta petrolera” derivó, en el seno de la revolución bolivariana, en el “renacimiento del Petro-Estado Desarrollista” (Terán Maontovani, 2014). Se terminó alentando la fantasía de la socialización del consumismo importador como presunta vía de salida de la opresión histórico-estructural. Y esa fantasía duró poco; duró lo que duraron las altas cotizaciones internacionales del crudo. Sus efectos perversos, en cambio, serían profundos y duraderos; cada vez más gravosos, hasta llegar a la actual situación de debacle y crisis terminal generalizada.

La mentada “guerra económica” a la que alude el oficialismo para explicar la actual situación de caos social y económico que se vive, no es producto de planes desestabilizadores de la derecha, ni tampoco de las impericias políticas del actual gobierno. Aunque estos factores están operando y contribuyen a agravar aún más la crisis, no son por sí mismos suficientes para dar cuenta de ella. Más allá de las maniobras conspirativas de la oligarquía interna, de la hartera injerencia norteamericana, y más allá de la corrupción, la ineficiencia que atraviesan al gobierno de Maduro, el desabastecimiento de bienes básicos, la falta de alimentos, de medicamentos y de otros productos elementales para la vida cotidiana, la generalización de la especulación, el contrabando, los mercados paralelos y la proliferación de la economía delictual, etc., son síntomas extremos de cómo en las dos últimas décadas el rentismo petrolero ha erosionado el tejido productivo interno y hasta el suelo mismo de la sociabilidad.
A esta altura de los acontecimientos, es claro que el problema no es (sólo) quién siembre, sino también cómo siembra y, fundamentalmente qué siembra. La “indigestión de divisas” como advirtiera emblemáticamente el “Padre de la OPEP”, terminó una vez más, hundiendo a la sociedad venezolana en “el excremento del diablo” (Pérez Alfonzo, 1976). Y no es sólo que, como ya fuera advertido por una gran cantidad de lúcidos economistas de la región, que la “inundación de divisas” está asociada inexorablemente a una serie de graves alteraciones monetarias y macroeconómicas (depreciación de la moneda nacional, presiones inflacionarias internas, incremento del consumo de bienes finales importados y sustitución de la producción interna vía importaciones, fuga de divisas, endeudamiento externo, incentivos a mecanismos de corrupción en el sector público y privado); lo que Alberto Acosta (2009) caracterizó como “la maldición de la abundancia”. Es, además, que esos problemas no son sólo “económicos”, sino que tienen graves y peores connotaciones o dimensiones políticas y culturales.

En el curso de la “revolución bolivariana” se fue dando una desproporción manifiesta y creciente entre el “desarrollo” (expansión del consumo interno y de la infraestructura pública bajo los patrones de consumo y usos sociales preexistentes) vía políticas redistributivas estadocéntricas y petrodependientes, respecto de las políticas de impulso de economías populares alternativas, medios de producción y emprendimientos productivos bajo el control y al servicio de la ampliación de las capacidades autonómicas de producción y satisfacción de necesidades vitales. La “economía de las grandes Misiones” no sólo le ganó por lejos a la “economía de las Comunas”, sino que terminó asfixiando y aplastando estructuralmente todo lo que de allí podría haber germinado en términos de poder económico y político popular, autogestión solidaria, concientización ecológico-política, consumo responsable, comercio justo, expansión y valorización de la economía del cuidado, igualdad de género en las condiciones de producción, en fin, soberanía alimentaria, hídrica y energética, justicia ambiental. La economía de las Comunas fue resultando un pequeño conjunto de islotes con diferentes grados de vulnerabilidad, sin capacidad real para el abastecimiento interno autonómico, en un mar de consumismo importador moldeado bajo los patrones hegemónicos de “estándares de vida” del mercado mundial.

Si económicamente esto gatilló un dispositivo en el que cada nueva cuota de “redistribución del ingreso” paradójicamente iba a la hoguera de las importaciones, quemando así posibilidades y capacidades productivas endógenas y, por tanto, atentando contra una sustentabilidad básica del proceso, políticamente la siembra de petróleo vía las Misiones fue erosionando desde su propia base material, el crecimiento del poder autogestionario, la soberanía económica popular, la democratización y descentralización de los procesos de toma de decisiones (económicas y políticas en general), los mecanismos de autogobierno, democracia directa y participativa. La redistribución de la renta petrolera, lejos de fortalecer el poder popular, fue un poderoso dispositivo de acentuación de la (vieja) matriz burocrática, verticalista y centralizada del Estado. En lugar de avanzar en la socialización/comunalización, la gestión/ producción de la Vida en Común fue concentrándose cada vez más en una élite(vale decir, en una minoría privilegiada; aunque se diga “revolucionaria”). Están ahí puestas las bases para la arbitrariedad, los abusos del poder y la corrupción generalizada.

Esto que fuera tempranamente advertido por diversos estudiosos del “problema venezolano” (Juan Pablo Pérez Alfonzo, Rodolfo Quinteros, Orlando Araujo, Fernando Coronil, Edgardo Lander, entre otros) volvió a resurgir como maleza en el suelo mismo de la revolución bolivariana. Como señala Terán Mantovani: “El tipo de esquema de poder asimétrico y monopolizado que conforma la estructura del Petro-Estado y la economía rentista en general, determina que los procesos políticos de distribución de la renta produzcan y reproduzcan la polarización y estratificación social, en la cual el pueblo aparece como altamente dependiente respecto de las élites políticas y económicas. Por un lado, los nuevos gestores de la ‘siembra del petróleo’ son envueltos por esta marejada de petrodólares. Se produce un ensanchamiento del Estado y de la ilusión de “desarrollo”, motorizada por la renta, lo que a su vez nos ha llevado a la formación de una nueva burguesía corporativa en el seno de la Revolución bolivariana, que mantiene una relación contradictoria con su pueblo aliado” (2014: 15).

Por fin, culturalmente, los efectos perversos de la “siembra de petróleo” sobre las subjetividades y las sociabilidades son tanto o más ruines que los ya mencionados. Como ha sido largamente señalado y a estas alturas es o debiera ser algo obvio, el consumo (bajo las pautas hegemónicas vigentes) funciona como el gran útero de gestación y reproducción de subjetividades capitalistas. Si algo define al capitalismo neoliberal es su mutación como régimen de consumo, más que de producción: estamos ante un sistema cuya dinámica funciona menos como un “modo de producción de objetos-mercancías” que como un “modo de producción de sujetos-mercantilizados/mercantilizables”. La expansión del consumismo de mercado es algo absolutamente contraindicado para impulsar, siquiera sostener, el más mínimo esfuerzo o voluntad social transformadora; es el máximo depredador de las energías revolucionarias. En el caso del proceso bolivariano, esto no fue una excepción. La siembra de petróleo infectó esferas cada vez más amplias de la vida social con la letal toxina de la mercantilización. 

Extractivismo progresista, ¿post-neoliberal y anti-imperialista?

“Para luchar contra el imperialismo es indispensable entender que no se trata de un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino por el contrario, forma el terreno en el cual esta sociedad hunde sus raíces y constituye un elemento que la permea en todos sus aspectos”. (Ruy Mauro Marini, Prefacio a la 5° edición de “Subdesarrollo y revolución”, 1974).

Lo que señalamos para el caso bolivariano -la expresión de la voluntad política más audaz y ambiciosa del último ciclo de rebeliones populares en NuestraméricaAbyayalense-, es perfectamente aplicable a todos y a cualquiera de las experiencias de los gobiernos progresistas del reciente ciclo. Las razones de la profunda crisis que hoy se cierne sobre Venezuela son en gran medida las razones del ocaso y del “fin de ciclo progresista”. Por cierto, con matices, pero sin diferencias en lo fundamental, lo dicho y analizado sobre el rentismo petrolero es válido para la soja, la pasta de celulosa, el cobre, el litio, el hierro, la palma aceitera, en fin, para cualquier commodity. El capitalismo, desde sus orígenes hasta la fecha, se ha caracterizado por sembrar en sus periferias países-commodities, economías coloniales que le abastecen los imprescindibles subsidios ecológicos que precisa para alimentar la voracidad insaciable del “molino satánico” (Polanyi, 1949) de la acumulación sin fin/como fin en sí mismo.
Estamos hablando en todos los casos de la configuración de regímenes extractivistas, de los cuales, (tratándose del excremento del diablo), el extractivismo petrolero es el peor y más extremo de los modelos. Así, el gran yerro no sólo de los conductores estatales del proceso bolivariano, sino de las experiencias de los gobiernos progresistas en general, fue haber pretendido pensar y/o construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática sobre la base de la profundización del extractivismo.

Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina . Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.

“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.

En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio.Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.
Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borradosino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’.El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.
Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial.El extractivismofunciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo;está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia.Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.
Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities”(Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.
Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.
Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de laseconomías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.
Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente,imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.  
Ecologismo popular y radicalización de la praxis revolucionaria
“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…)) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse,1979).
“Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como bonipatres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).
Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismono procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.
El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o SumajKawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.
Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio.Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.
La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.
No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidadesexistentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.
Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.
Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.
El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.
Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo. Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.
La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio. Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado. Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.
Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.
En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.
En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.

Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.
Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra;es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.

Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.
En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).
Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.

Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”, que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.
Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.  
 Bibliografía:

Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.
Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.
Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.
Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.
Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.
Marini, Ruy Mauro (1974). “Subdesarrollo y revolución”. Ediciones Era, México.
Marx, Karl [1867] (1981). “El Capital”. Siglo XXI, México.
Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx onEnvironmentalHistory”. Organization&Environment 16/4 (December).
Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.
Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.
Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.
Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.
Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Carac 
Notas:
[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.
[2] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.
[3] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.
[4] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229785

Consideremos "un modelo económico desarrollista y extractivista, nada menos que partiendo el corazón (literal y simbólicamente), en el centro del país y de los propios pueblos indígenas del Estado Plurinacional. Y como si eso no fuese suficiente, el TIPNIS y las comunidades indígenas no sólo se verían amenazados por todas las consecuencias y efectos negativos que contrae la construcción y apertura de carreteras, sino por la expansión de la producción de coca".

El TIPNIS y la tozuda obsesión contra 
la naturaleza y los derechos indígenas
2 de agosto de 2017

Por Arturo D. Villanueva Imaña (Rebelión)

 

Parece como si existiese una misteriosa fuerza que muy a pesar de los signos en contrario, se empeñara tercamente en impulsar su (propia) destrucción.
Desde el mes de agosto del año 2011 cuando se inicia la VIII Marcha de pueblos indígenas en contra de la construcción de una carretera por el corazón del territorio indígena y parque nacional, el caso del TIPNIS se ha convertido en un hito referencial de profundas implicaciones en diversos ámbitos.

Refutando lo que se espera para un gobierno autodefinido como “revolucionario”, los acontecimientos sucedidos delatan un momento de quiebre para su imagen e identidad política. Marcan el uso de la fuerza y la violencia represiva como respuesta a las legítimas y justas demandas indígenas en defensa de sus derechos conculcados; la clara defección y traición a sus propios postulados relacionados con el Estado plurinacional, la protección a los derechos de la naturaleza y de los pueblos indígenas; así como su indisimulada voluntad por imponer un modelo extractivista y desarrollista, cuya mayor expresión autoritaria se ha patentizado en la frase presidencial del “quieran o no quieran” que pronunció como anuncio y amenaza.

Es decir, que a la luz de los enormes costos políticos que contrajo, pero sobre todo por la gravedad de las medidas que el gobierno decidió adoptar para imponer la carretera; el TIPNIS marca mucho más que el terco empeño por hacer prevalecer intereses de inversión internacional comprometida o, como se ha dicho, hacer realidad un antiguo anhelo de vinculación carretera (aun a costa de partir por la mitad un área protegida).
De lo que se trata a fin de cuentas, es más bien imponer (así sea a la fuerza), un modelo económico desarrollista y extractivista, nada menos que partiendo el corazón (literal y simbólicamente), en el centro del país y de los propios pueblos indígenas del Estado Plurinacional. Y como si eso no fuese suficiente, el TIPNIS y las comunidades indígenas no sólo se verían amenazados por todas las consecuencias y efectos negativos (para la naturaleza, la biodiversidad, la cultura, e inclusive la acumulación de desperdicios y la enorme contaminación) que contrae la construcción y apertura de carreteras, sino por la expansión de la producción de coca. Debe mencionarse que (no pudiendo entenderse como un hecho casual), la superficie “legal” de cultivo ha sido recientemente ampliada en la nueva ley de la coca (impugnada como anticonstitucional), y cuyos principales productores “excedentarios” y principales proponentes de una ley que busca anular la ley 180 de protección del TIPNIS, son nada menos que colindantes con el territorio indígena y parque nacional.

Los nuevos factores de atropellamiento e imposición 
Desde el 2011 han pasado prácticamente 6 años, y a pesar de haberse promulgado la ley 180 de protección del TIPNIS, donde se prohíbe expresamente la construcción de la carretera, se establece la intangibilidad y la prohibición de asentamientos humanos ilegales y ocupaciones de hecho ajenos a los titulares del territorio; sin embargo, no han cesado los intentos por deshacer aquello que aprobaron y promulgaron con propia mano.
Reafirmando aquella terca e intimidante expresión del presidente Evo Morales en sentido de que la carretera por medio del TIPNIS se construiría “quieran o no quieran”, y que desde entonces se ha convertido en una de las peores amenazas para la vida de las comunidades indígenas que lo habitan, así como para la conservación de las culturas, la naturaleza y la biodiversidad que encierra dicho territorio; en recientes días el país se ha visto ingratamente sorprendido ante el nuevo intento por revivir dicho proyecto que fue repudiado y rechazado por el pueblo boliviano en reiteradas ocasiones.
Amparados y fortalecidos por nuevas y recientes declaraciones presidenciales que reiteraron su voluntad de llevar adelante tan nefasto proyecto, pero sobre todo por la aprobación de la nueva ley de la coca que autoriza y permite ampliar más la extensión de la superficie destinada a dicho cultivo en el Chapare (cosa que exacerbará la presión para que dichos cultivos se realicen precisamente dentro del TIPNIS, en vista de la inocultable como antigua pretensión de los colonizadores que se encuentran asentados en el mismo lugar); es que en esta ocasión se ha puesto en marcha un nuevo intento para efectivizar semejante despropósito.

El proyecto de ley que ha sido puesto en consideración de la Asamblea Legislativa, no sólo ha sido impulsada interesadamente por asambleístas del oficialismo y colonos asentados en el Polígono 7 (cuyas comunidades expresamente decidieron apartarse del territorio indígena y constituirse como entidades individuales ajenas durante el proceso de saneamiento de tierras), por lo que no tienen ninguna legitimidad ni representatividad legal sobre el TIPNIS; sino que actúan a espaldas del país, van en contra de los innumerables pronunciamientos de la sociedad civil, e inclusive desconocen las resoluciones y determinaciones expresas de sus autoridades originarias y sus organizaciones legítimamente representativas. Las mismas rechazan completamente el tratamiento y aprobación de ese proyecto de ley eufemísticamente denominado como ”protección y desarrollo integral del TIPNIS” .

Las irregularidades no se limitan únicamente a ello. También se pretende legitimar y hacer prevalecer como legalmente válidos y favorables los resultados distorsionados de la consulta, el procedimiento seguido y el propio protocolo de consulta a los pueblos indígenas. Debe destacarse que el proceso de consulta, su aplicación amañada y claramente distorsionada, ya han sido denunciados en los informes de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB), así como de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), el año 2013. Es más, su total invalidez también han sido corroborados como resultado del análisis de los propios informes oficiales del gobierno, que se han plasmado en el Informe Final del proceso de consulta efectuado por el Ministerio de Obras Públicas, Servicios y Vivienda (2012) y el Informe de Observación y Acompañamiento de la consulta realizado por el Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE) del mismo año 2012.
La impugnación y rechazo de los resultados de la consulta que pretenden ser mostrados como favorables, se explican porque el proceso seguido claramente incumple los estándares internacionales y legales mínimos de consulta. Es decir, que no ha sido libre, previa, informada, de buena fe y con procedimientos propios de los pueblos indígenas. Ello se corrobora con el protocolo amañado que fue utilizado y que con seguridad pretende convertirse en un precedente que avale otros procesos de consulta a los pueblos indígenas en el país.

Por otra parte, también es imposible dejar de impugnar y rechazar el intento que, bajo el argumento de “protección y desarrollo del TIPNIS”, pretende imponer una visión y un enfoque ajeno y totalmente contrapuesto a la forma de vida y el tipo de relacionamiento que las comunidades indígenas del TIPNIS tienen con la naturaleza y su entorno, porque claramente se pretende asimilarla, supeditarla y hacerla funcional al modelo depredador de carácter extractivista y desarrollista que impulsa el gobierno, y cuyo enfoque es respaldado y busca ser generalizado en el TIPNIS por los productores de coca del Chapare.

Tal es el despropósito, que el proyecto de ley tiene un indisimulado carácter colonial, paternalista e impositivo. Por ejemplo y yendo totalmente en contra de su misma exposición de motivos donde se cita al Art. 307 de la Constitución Política [i] / para fundamentar la necesidad de la ley, no se les ocurre mejor idea que bajo el nombre de “desarrollo integral y sustentable”, se busque imponer un modelo extractivista (con “aprovechamiento y participación de privados” o “acuerdos y distribución de ganancias”, por ejemplo), que es totalmente ajeno a los principios, prácticas y cosmovisión de los pueblos indígenas. Para reforzar el indisimulado intento colonial y de sometimiento, también se incluye una disposición transitoria única en la que “se establece un plazo de 180 días para la elaboración del plan de protección del TIPNIS, el plan integral de transporte del TIPNIS y la agenda del desarrollo para el Vivir Bien de los pueblos indígenas del TIPNIS de acuerdo a los resultados de la consulta. En tanto se aprueben estos documentos, serán aplicables los instrumentos de planificación y manejo del TIPNIS, siempre que no contradigan lo establecido en la presente ley y los acuerdos resultado de la consulta”. Es decir, que no solo se desconoce y anula los propios instrumentos de planificación y desarrollo que las comunidades indígenas han elaborado y utilizan bajo su propia cosmovisión y cultura, sino que buscan imponer 3 instrumentos ajenos a la propia normativa vigente.

No es menos llamativo el contenido del Art. 11 del proyecto de ley referido a la “transferencia y conocimiento y tecnología”, donde se señala textualmente: “el aprovechamiento de los recursos naturales renovables deberá permitir la transmisión de conocimientos y transferencia de tecnología de los privados a favor de los pueblos indígenas que habitan el TIPNIS como requisito indispensable para la suscripción de acuerdos y asociaciones”, en una muy clara actitud colonial de supremacía y dominación “de los privados” (como si los pueblos indígenas no tuviesen ninguna otra capacidad que no sea la de recibir y asimilar “conocimiento y tecnología” que viene de fuera).
En fin, observando integralmente la problemática, el TIPNIS constituye otro caso emblemático (junto al Bala-Chepete, Tariquía, Rositas, Takovo Mora, Energía atómica, etc.), de la obsesiva intención por llevar adelante un modelo extractivista y desarrollista, frente al expreso rechazo y resistencia del conjunto de la sociedad civil, las comunidades indígenas y los movimientos populares, que luchamos por construir una relación armoniosa y no depredatoria con la naturaleza, los recursos naturales y el entorno socioambiental en el que convivimos todos.
Ya no se trata de un caso aislado de defensa de algún área protegida, un derecho humano, o contra algún proyecto extractivista en particular; sino de la convicción y lucha por evitar la destrucción, la explotación salvaje y los daños irreversibles que se producen contra la naturaleza y las condiciones materiales que permiten la vida de todos. Es decir, se encuentra en juego el futuro del país por la terca intención gubernamental de imponer y hacer prevalecer su modelo, muy a pesar de los evidentes y graves daños que el pueblo ha tenido que soportar y continúa sufriendo.
Esta tozuda obsesión contra la naturaleza, los derechos humanos y de los pueblos indígenas,  está poniendo en juego la destrucción misma de las bases materiales de la vida y la naturaleza en nuestro país. En vista de la gravedad y consecuencias que ello implica, es hora de que el gobierno se dé cuenta de la magnitud de las decisiones de este tipo y dé marcha atrás. 
 Arturo D. Villanueva Imaña, Sociólogo, boliviano.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229800

“Hoy estamos llamando a poner en pie otra iniciativa.(…) Se trata, a partir de una revisión crítica y autocrítica de los errores del proceso bolivariano, de reconstruir desde los cimientos un proyecto nacional y nuestro americano. Se trata de construir un movimiento democrático, plural, inclusivo de las corrientes del pensamiento y la acción emancipatoria. Con respeto a las identidades particulares y en la búsqueda de avanzar desde la articulación en la lucha a la construcción de una nueva síntesis de elaboración y acción política”.

Marea Socialista propone al chavismo crítico y a la izquierda autónoma,
construir "un nuevo movimiento emancipador"
2 de agosto de 2017
Por Prensa Marea Socialista (Aporrea)
El Equipo Operativo Nacional de Marea Socialista ha emitido una Carta Abierta a lo que denominan chavismo crítico e izquierda autónoma. Con el título de “Es hora de la fragua de un nuevo movimiento emancipador”, inicia el texto: “Escribimos esta Carta Abierta en el momento en que se consuma un fraude colosal contra el pueblo venezolano. La elección de la constituyente madurista representa el colapso del país tal cual lo conocimos en el último siglo, la bancarrota de un Estado rentista agotado y el desmontaje de la República. De igual forma coloca en serio riesgo la integridad de la Nación y la amenaza con su disolución.”
Sobre la situación que se presenta luego de la elección de constituyentistas realizada el pasado 30 de julio afirma la Carta Abierta: “Es importante comprender, en primer lugar, que la tenue luz de expectativas, por la vuelta a una normalidad relativa, que podría haber existido hasta el día previo a la falsa elección constituyente, se ha desvanecido completamente. El madurismo y la cúpula del PSUV han cruzado el umbral que separaba su vocación autoritaria con mascara “democrática” y “pacífica”, para llevarlo al terreno de un intento de contrarrevolución abierta, con métodos de guerra civil selectiva, que ya se están aplicando.”
Señala así mismo la responsabilidad de la MUD cuando asevera: “En segundo lugar, la incapacidad, la soberbia y el elitismo manifiesto de la cúpula de la MUD y su apuesta descarada por un foquismo violento y por la injerencia gringa, dejó sin posibilidades de conquistar un triunfo democrático a los que sincera pero equivocadamente los siguieron, arriesgaron sus vidas e incluso las perdieron, creyendo que así se lograría un cambio progresivo”.
Para concluir señalando: “La que proponemos es una tarea ardua y compleja. Pero la hora es ardua y compleja. Es una hora de definiciones y de asumir desafíos, de conquistar la autonomía e independizarnos de todo tipo de tutelas. Es la hora de los hornos, de poner manos a la obra y de colocar en la fragua un nuevo movimiento emancipador.”

A continuación el texto completo:
Carta Abierta a la izquierda autónoma y al chavismo crítico
Es hora de la fragua de un nuevo movimiento emancipador
Caracas, 31 de Julio de 2017
Escribimos esta Carta Abierta en el momento en que se consuma un fraude colosal contra el pueblo venezolano. La elección de la constituyente madurista representa el colapso del país tal cual lo conocimos en el último siglo, la bancarrota de un Estado rentista agotado y el desmontaje de la República. Y coloca en serio riesgo la integridad de la Nación y la amenaza con su disolución.
De esta manera abre la puerta a un periodo de cruel rapiña imperial y del capital financiero y mafioso, bajo cualquiera de sus actuales “banderas nacionales”. Donde la ley será una violencia y represión crecientes y donde, las penalidades y sufrimientos de los más humildes, los oprimidos y los excluidos, alcanzarán picos no conocidos en la historia moderna de Venezuela.
Dos cúpulas políticas irresponsables y criminales, han cavado las trincheras desde las cuales se lanzan a la disputa por el saqueo, control y negociación con el gran capital, de nuestros recursos naturales y las condiciones de vida de nuestro pueblo. Lo hacen aunque para ello deban provocar un carnaval sangriento.
La falsa polarización que han buscado y que en alguna medida han conseguido estas cúpulas, pretende arrastrar a amplios sectores de la población a defender los espurios intereses que cada una de ellas defiende y persigue. Y están dispuestos a hacerlo, como hoy volvió a quedar demostrado, a costa de la vida de miles, la integridad de centenares de miles y la miseria de millones.
Es importante comprender, en primer lugar, que la tenue luz de expectativas, por la vuelta a una normalidad relativa, que podría haber existido hasta el día previo a la falsa elección constituyente, se ha desvanecido completamente. El madurismo y la cúpula del PSUV han cruzado el umbral que separaba su vocación autoritaria con mascara “democrática” y “pacífica”, para llevarlo al terreno de un intento de contrarrevolución abierta, con métodos de guerra civil selectiva, que ya se están aplicando. En segundo lugar, la incapacidad, la soberbia y el elitismo manifiesto de la cúpula de la MUD y su apuesta descarada por un foquismo violento y por la injerencia gringa, dejó sin posibilidades de conquistar un triunfo democrático a los que sincera pero equivocadamente los siguieron, arriesgaron sus vidas e incluso las perdieron, creyendo que así se lograría un cambio progresivo.
Más allá de la guerra de los números e imágenes con la que durante hoy y en los próximos días se intentará legitimar la elección de los supuestos constituyentistas, el hecho es que este 30 de julio de 2017 será recordado como el día en que entramos de lleno en un periodo oscuro, de tiempos tumultuosos, cada vez más violentos y difíciles, que exigen definiciones individuales y colectivas contundentes.
Los próximos meses o semanas determinaran el tablero político, social, cultural y económico, incluso la integridad territorial del país, para los próximos años o décadas. Ante esto nadie puede permanecer indiferente o creer que estará a salvo de las consecuencias que estos tiempos traerán a la Nación y a su pueblo.
Pero estos también son tiempos de rupturas, de quiebres de viejas hegemonías, de derrumbe de creencias ilusorias y del final de falsas lealtades, y son, sobre todo, tiempos de gestación y parto de nuevas esperanzas.
Hoy, de un lado se ubican aquellos que frente a las amenazas con que el imperialismo norteamericano y la cúpula de la MUD chantajean a la cúpula del gobierno/PSUV y al país, despliegan una solidaridad automática y acrítica con el madurismo. De otro aquellos que rechazan el autoritarismo, la represión descarada, la entrega, la miseria, a la que nos está llevando el PSUV/gobierno, y equivocadamente creyeron, frente a la falta de alternativas, que la cúpula de la MUD le era útil para rescatar la Constitución del 99, la democracia y detener la violencia.
Pero hay un tercer sector que ha ido tomando fuerza en los últimos meses, ha ido creciendo, y que fue formando su personalidad y empieza a aparecer como una nueva referencia política por fuera de estos dos campos. Y que, de hecho, se convirtió en un fenómeno político, es el que en la prensa local e internacional ha llamado primero “chavismo crítico”, y que ahora intentan etiquetar como “chavismo no madurista”. Este sector incluye a militantes y grupos de izquierda o democráticos que quizás por no provenir del chavismo han sido invisibilizados por los medios.
A una parte sustantiva de este sector, es que nos dirigimos, incluyendo a su parte de izquierda, critica, autónoma y que mantiene los sueños emancipadores que surcaron la primera década del Siglo XXI en nuestro país y en América latina, que es capaz de enfrentar sin temores el balance crítico necesario del proceso bolivariano y de Chávez.
A los que se empezaron a organizar contra la burocratización brutal que llevo a la cúpula del PSUV y sus “aliados” del GPP a poner un signo igual entre el partido y el estado. A los que dieron un paso para enfrentar el decreto del Arco Minero del Orinoco, y deciden luchar contra la entrega expresada en las Zonas Económicas Especiales y la ampliación de la frontera extractivista, la profundización de la primarización del país y la sumisión al capital financiero. A los que rechazan el avance autoritario, el avasallamiento de derechos humanos, económicos, sociales y buscan reestablecer la Constitución del ’99, que es hoy, en el país, la única forma de defender la democracia que agoniza.
A aquellos que repudian que se continúe pagando una deuda externa ilegitima a costa del hambre y la salud del pueblo. A los que están cansados de la impunidad de las cúpulas y del desfalco corrupto a la nación. A los que rechazan la injerencia extranjera porque mantienen los sueños bolivarianos de luchar por una nueva independencia. A los que se ubican en el terreno de una izquierda nueva, critica de su propio legado, que señala y busca propuestas para superar la gravedad de la crisis civilizatoria a la que nos ha llevado el sistema del capital. A los que luchan contra la opresión de género, la segregación racial, la opresión cultural y material sobre los pueblos originarios. A aquellos que se oponen a la destrucción de la naturaleza y la vida y que proponen y buscan alternativas sustentables al modelo extractivista y depredador. A quienes luchan contra la explotación del trabajo, a los sindicatos y consejos de trabajadores honestos que se plantan contra el patrón, sea éste privado o del estado. A los jóvenes y estudiantes que con valentía defienden su futuro en las calles, en las universidades públicas y privadas, incluso en las del gobierno a pesar de la retaliación y el amedrentamientos.
Somos muchos pero hemos estado separados por largo tiempo. Han intentado, muchas veces con éxito, inocularnos desconfianza para mantenernos divididos. Cada uno a nuestro turno hemos sido retaliados, perseguidos y acusados de traidores y agentes de la CIA o de hacerle el juego a la derecha. Pero todo tiene un límite y cada uno de nosotros fue encontrando el suyo. Hoy tenemos que vencer la desconfianza, procesar los matices producto de nuestra diversa procedencia ideológica y construir, reconociendo y respetando la diversidad vital que expresamos, un espacio común de reflexión, elaboración y acción.
En los últimos meses hemos compartido espacios y plataformas de lucha por puntos comunes. Espacios que han sido útiles además para reconocernos y aprender a procesar, no sin tropiezos, algunos de nuestros diferentes puntos de vista en busca de las síntesis que ayudaran a esa lucha. Espacios que hay que mantener y ampliar porque la lucha que les dio origen y sentido es ahora más necesaria que antes.
Pero hoy estamos llamando a poner en pie otra iniciativa. Una de alcance más integral y estratégico. Una que ayude a superar la orfandad de orientación y liderazgo global, en la que ha quedado nuestro pueblo por la derrota de un proyecto que soñó liberador y la traición o la defección de aquellos que creyó sus dirigentes.
Se trata, a partir de una revisión crítica y autocrítica de los errores del proceso bolivariano, de reconstruir desde los cimientos un proyecto nacional y nuestro americano. Se trata de construir un movimiento democrático, plural, inclusivo de las corrientes del pensamiento y la acción emancipatoria. Con respeto a las identidades particulares y en la búsqueda de avanzar desde la articulación en la lucha a la construcción de una nueva síntesis de elaboración y acción política.
La que proponemos es una tarea ardua y compleja. Pero la hora es ardua y compleja. Es una hora de definiciones y de asumir desafíos, de conquistar la mayoría de edad política e independizarnos de todo tipo de tutelas. Es la hora de los hornos, de poner manos a la obra y de colocar en la fragua un nuevo movimiento emancipador.
Equipo Operativo Nacional de Marea Socialista

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229818