domingo, 3 de diciembre de 2017

Continuemos el artículo de Atanasio Campos Miramontes esbozando qué debieron enfrentar los bolcheviques para atender necesidades e ideales de abajo.

A 100 Años de la Revolución de Octubre: por las sendas de San Peterburgo
La verdad como justicia
1 de noviembre de 2017
Por Atanasio Campos Miramontes (Rebelión)

(...)Como en toda guerra civil, los bolcheviques lucharon denodadamente por mantenerse en el poder. Si se considera que, al estallar la guerra civil, los bolcheviques sólo controlaban una minúscula parte del inmenso territorio del imperio ruso, y que la Guardia Blanca y otras fuerzas hostiles a la Revolución de Octubre contaban con una buena parte del ejercito regular, mejores armas y un fuerte respaldo del exterior, retener el poder era de por sí un enorme desafío. Durante ese periodo, también conocido como “comunismo de guerra”, todas los esfuerzos estaban dirigidos a vencer, y no a la creación de un nuevo régimen económico y social. De ahí el énfasis en la distribución (a través del decomiso) más que en la producción. El historiador L. P. Karsavin, expulsado de Rusia en 1922 junto con otros 160 distinguidos representantes de las artes y las ciencias, escribió en 1923: “¿Acaso era posible en un país donde el ejercito huía por todos los caminos, con el transporte destruido... salvar las ciudades del hambre absoluta de otra manera que no fuera decomisando y distribuyendo, robando los bancos, los almacenes, los mercados y las tiendas, y suspendiendo el libre mercado? Inclusive, con estos medios heroicos se logró salvar de la muerte de inanición sólo a una parte de la población urbana y del aparato estatal: la otra parte murió. ¿Acaso era posible obligar al aparato necesario (soldados, marineros, guardias rojas, jóvenes revolucionarios) a trabajar por esa política de otra manera que no fuera con la ayuda de las consignas, muy conocidas y comprensibles desde hacía tiempo por la propaganda socialista?... En verdad la ideología comunista [el comunismo de guerra, ACM] resultó ser una etiqueta muy idónea para una necesidad muy cruel... Los bolcheviques, al nadar con la corriente, suponían ingenuamente que implantaban el comunismo” (L. P. Karsavin. Filosofía de la historia para quienes juzgan con las anteojeras del presente. S. Petersburgo, 1993). 
Al vencer en la guerra civil, los bolcheviques tuvieron que enfrentar un desafío todavía mayor. Además de restablecer las condiciones elementales para echar andar una economía deshecha, estaban obligados a responder a las expectativas creadas por la promesa de una nueva vida. Y no sólo a la gente sencilla, sino a las mentes más refinadas. Así, por ejemplo, en una carta a L. Trotski, fechada el 6 de enero de 1920, el filosofo cosmista, V. Muráviev, decía que “por ahora el país vive a cuenta de las viejas reservas (en el sentido material y espiritual) de la riqueza cultural, o bien a cuenta de los nuevos valores producidos con base a viejos procesos productivos. Esto significa que el nuevo régimen político se alimenta de viejas relaciones productivas... Estoy lejos de negar los éxitos del poder soviético, su dimensión e importancia, pero si se plantea la cuestión de la profundidad de lo que se ha hecho, me veo obligado a expresar mis dudas. Sí, políticamente es indiscutible la victoria de los bolcheviques, pero... lo que se necesita es que cambie el subsuelo de la vida para que se lleve a cabo una profunda revolución en todas las relaciones, y en todos los modos de vida, y sus representaciones. Y en eso se ha alcanzado muy poco... Es importante, no la nueva forma de relaciones, sino la vida misma de éstas relaciones... Por ahora sólo veo un mecanismo artificialmente creado. Es necesario que viva por sí mismo, por su propia vida, que se convierta en organismo... Entonces vuestra victoria estará garantizada y en realidad estaremos ingresando a una nueva era. Entonces podremos decir si realmente ha surgido de verdad o se trata sólo de un espejismo... Mientras esto no suceda, me considero en el derecho de ver todo esto como el resultado de una revolución en pequeño sentido histórico... y aplicarle las analogías históricas y predecir su futuro destino con base a las regularidades de las revoluciones históricas que conozco”. 
Al finalizar la guerra civil, cuando prácticamente el 90% de la industria estaba parada, con un enorme ejercito desmovilizado y con armas en las manos, urgía dar empleo a millones de desocupados, y abrigo a siete millones de huérfanos y menores abandonados. Las masas que habían cobrado conciencia de su fuerza, en una situación insoportable y de franco desastre, no dejaron de expresar su estado de ánimo a través de la sublevación, y la de Kronshtadt fue aleccionadora para el nuevo poder. He aquí el testimonio de V. Serge sobre esos dramáticos días: “Al iniciar una nueva revolución libertaria, la revolución de la democracia popular, la verdad estaba de lado de Kronshtadt; ¨!Una tercera revolución!¨ -decían algunos anarquistas...
Sin embargo, el país estaba totalmente exhausto, la producción prácticamente paralizada; las masas populares no contaban ya con ningún recurso, los nervios ya no daban más. La elite del proletariado, templada en la lucha contra el viejo orden, estaba literalmente destrozada. El partido, que había engrosado sus filas a cuenta de los arribistas, no inspiraba mucha confianza. Otros partidos eran demasiado pequeños, con más que dudosas posibilidades. Evidentemente éstos podían recuperarse en pocas semanas, pero sólo por cuenta de miles de inconformes enfurecidos, y no de entusiastas de la joven revolución como en 1917. A la democracia soviética le faltaba inspiración, organización y cabezas perspicaces, tras ella sólo había masas hambrientas y desesperadas. La oposición pequeño-burguesa reemplazó la demanda de consejos electos libremente por la consigna de ¨!Consejos sin comunistas!¨. Si la dictadura bolchevique caía, hubiera seguido el caos inmediato, en éste los alzamientos campesinos, la matanza de comunistas, el regreso de emigrantes y, por último, de nuevo la dictadura, pero a causa de las circunstancias, ahora anti-proletaria. Tales eran las perspectivas que entreveían los emigrados... lo cual fortalecía la decisión de la dirigencia en acabar rápido y a cualquier precio con Kronshtadt. Y estos no eran razonamientos abstractos. Sólo en la parte europea de Rusia se tenía conocimiento de cincuenta focos de revueltas campesinas...
En estas condiciones el partido debía retroceder, reconocer como insoportable el régimen económico, pero mantener el poder. A pesar de todos los errores y abusos, el partido bolchevique representaba en ese momento la fuerza más organizada, racional, confiable y sensata, a la que, a pesar de todo, se debía confiar. La revolución no tenía otra base, y no resistiría una renovación más profunda” (Memorias de un revolucionario. Orenburg, 2001). Entonces Lenin concibió la Nueva Política Económica (aunque él la consideró como un paso atrás para poder avanzar, en realidad era el único paso adelante posible). Gracias a la NEP, en poco tiempo Rusia retomó la senda del crecimiento, y para 1924 en muchos rubros se habían alcanzado los niveles previos a la Primera Guerra Mundial, mientras que en otros se superaban. Tal es el caso de la producción de electricidad, que se rebasaba en un 150% el nivel de 1913. Y, lo que es más importante, ya para 1923 se revierte la catastrófica tendencia demográfica, al incrementarse la población en casi tres millones de habitantes. Una vez más se hizo patente que, en situaciones cardinales, Lenin siempre demostró tener un espíritu flexible y libre de dogmas, un fino tacto y una audacia política sin igual, así como un saludable pragmatismo. 
Con la victoria de los bolcheviques en la guerra civil, se demostró en los hechos que el programa de octubre fue el que menos resistencia encontró en el pueblo ruso, porque, más que culminar la demolición del viejo orden (iniciado por la revolución de febrero), hacía eco de las demandas y aspiraciones más sentidas de las mayorías campesinas, obreras, y de los soldados que combatían en el frente. Desde su regreso a Rusia, Lenin tuvo que nadar a contracorriente de la mayoría de los dirigentes bolcheviques, así como de los dirigentes de socialistas revolucionarios, mencheviques, cadetes, etc., fuerzas relevantes de los acontecimientos de esos meses cruciales: negociación inmediata con Alemania de una paz separada (en contraposición del gobierno provisional dominado por las fuerzas mencionadas: paz hasta la victoria); tierra y libertad a los campesinos (esperar que fuera decretada por la Asamblea Constituyente); República de Consejos (democracia parlamentaria de tipo occidental)... Mientras tanto, los hechos hablaban por sí mismos: la conducción desastrosa de la guerra hacía más frecuentes la deserción, sublevación, y hasta la confraternización de los soldados; el incendio de haciendas y la violencia en el campo cubría ya el 90% de las provincias; la conformación de los consejos era una respuesta espontánea a la parálisis de los gobiernos locales, y al proceso de desintegración del viejo orden. Estas propuestas atendían el llamado a evitar una catástrofe mayor en todo el país. No es casual que N. Berdiaev, tal vez uno de los críticos más profundos de la revolución rusa, escribiera que “los bolcheviques para nada eran maximalistas, ellos eran minimalistas, siempre actuaron en dirección de la menor resistencia... en consonancia con los instintos y deseos de los soldados... campesinos... y obreros. Maximalistas eran quienes querían a toda costa continuar la guerra, y no quienes luchaban por terminarla cuando esta se desataba ya dentro de Rusia... El bolchevismo fue una forma transfigurada de la realización de la idea rusa, y por eso venció.... la salvación sólo puede venir del nacimiento de una nueva vida” (N. Berdiaev. Reflexiones sobre la Revolución Rusa. Berlín, 1924). 
La revolución, como portadora de un auténtico ideal social, avanza como un potro indómito que los bolcheviques sometieron por la fuerza (es decir, dictadura), a fin de darle sentido y dirección. De lo contrario, el aliento de la revolución se ahoga en el torbellino social o se consume en la hoguera de la guerra civil. En su panfleto La Inteligentzia y la Revolución, escrito el 9 de enero de 1918, Blok inquiere a buena parte de sus contemporáneos: “¿Y qué pensaban? ¿Qué la revolución era un idilio? ¿Qué la creación no destruye nada en su caminar? ¿Qué el pueblo era un corderito? ¿Qué cientos de ladronzuelos, de gentes que les encanta “calentarse las manos” no intentarían hacerse de lo que no estaba en su lugar? Y, finalmente, ¿qué la querella secular entre la “plebe” y los de “sangre azul”, entre los “ignorantes” y los “instruidos”, entre el pueblo y la inteligentzia sería resuelta “sin sangre” y “sin dolor”?”. En ese mismo artículo Blok se responde a sí mismo: “La revolución es semejante a la naturaleza. Qué pena para quienes piensan encontrar en la revolución sólo la realización de sus ensoñaciones, por muy sublimes y nobles que éstas sean. La revolución, cual torbellino tempestuoso, cual tempestad de nieve, siempre trae algo nuevo e inesperado; engaña cruelmente a muchos; en su remolino mutila con facilidad a los justos, y con frecuencia arroja a tierra firme sanos y salvos a los indignos; pero esos son sus pormenores que no cambian ni la dirección general de su corriente, ni aquel temible y ensordecedor rumor que emite su torrente. Indistintamente ese rumor es siempre sobre algo grandioso.” 
Según distintas estimaciones, durante la guerra civil murieron entre 10 y 12 millones de personas. En su gran mayoría fueron victimas del desmantelamiento de la economía y del aparato del Estado, del caos social y económico. Las principales causas de muerte fueron la privación de los medios de vida, consecuencia del desbarajuste económico y la ausencia de un orden elemental que atendieran el hambre, las enfermedades, las epidemias, y la proliferación de la delincuencia. El desplome de las instituciones estatales, proceso que comenzó en febrero de 1917, desencadenó lo que algunos pensadores actuales llaman “la guerra molecular de la sociedad”: violencia de numerosos grupos delincuentes, todo tipo de querellas entre vecinos, pobladores, familias, tendían a resolverse por vía de la fuerza, aunque luego las hacían pasar por rencillas políticas. Entre 1918 y 1922 murieron 940 mil guardias rojos, en su mayoría de tifus. Si bien no hay datos exactos de las pérdidas de vidas humanas entre la Guardia Blanca, los historiadores coinciden en que fueron mucho menores. Esto quiere decir que la inmensa mayoría (nueve de cada diez) no murió en el frente de batalla, sino a causa del quebranto de las bases normales de vida. En estas condiciones, cuando distintas fuerzas radicalizadas pugnaban por menos Estado (liberales, anarquistas, levantamientos campesinos, etc.) ¿acaso había otra vía de salvación que no fuera la dictadura para someter el caos al orden? M. Prishvin, el único de los escritores destacados que pasó todos estos años en el campo, anotó en sus diarios el 11 de septiembre de 1922: “El campesino se opone a los comunistas, porque se opone a todo tipo de poder...” Y así lo percibió Mayakovski: 
Este torbellino,
de la intención al fusil,
y a la obra de construcción,
y al humo de la hoguera
el Partido los tomó
en sus manos,
los dirigió, y los puso en formación. 
En realidad aquí hay un problema que tiene que ver con la interrelación dialéctica entre cultura y civilización; entre el caos de los elementos y el orden social. Es conocido que la civilización en general emerge cómo resistencia a la propensión natural de las comunidades humanas al relajamiento, surge como una aspiración a moderar la efervescencia, a imponer determinados límites, diques, a los elementos que tienden a la ebullición permanente. En su base misma la civilización es, antes que nada, una forma artificial de autodefensa del hombre con respecto a sí mismo. La civilización siempre implica denodados esfuerzos, ya que las comunidades humanas se mueven en dirección al menor esfuerzo. Cuando los avances culturales (nuevos valores espirituales, políticos, morales, artísticos, científicos, técnicos...) van preparando las rupturas revolucionarias, llega un momento en que esas quiebras tienen que ver hacia atrás, hacia la tradición, para consolidar los nuevos valores e incorporarlos, como elementos perdurables, a la civilización humana. De lo contrario, la ruptura revolucionaria se vuelve una propuesta vana, que no aporta, que no enriquece, que no responde a las demandas y necesidades de los sujetos sociales emergentes. Este proceso de incorporación y consolidación de valores se realiza mediante las instituciones, leyes y normas, creadas o adaptadas con ese propósito. Esa es la razón, por la que, después de épocas revolucionaria, enseguida deviene el problema del sometimiento de los elementos sociales desatados, que después de romper los obstáculos que impedían la realización de sus aspiraciones, comienzan a amenazar las propias bases que podrían permitir dar respuesta a sus propios anhelos. Es decir, deviene la necesidad del orden, de la imposición del nuevo poder, correspondiendo a la civilización plasmar los nuevos logros de la cultura. Así, mientras que la cultura tiende a ser abierta y expansiva, dinámica, nómada y ligera; por el contrario, la civilización tiende a ser cerrada e introvertida, sedentaria, lenta, estática y petrificada. Esta tensión dual caos-sistema también es inherente a la creación artística: “Si la revolución, política o cultural, conduce al caos, es preciso preocuparse de que su inercia, que tiende siempre al caos, resulte creativa en última instancia, y no se condense en formas primitivas, o bien en formas aún no definidas del todo.” (D. Lijachiov. Ensayos de filosofía de la creación artística. S. Petersburgo, 1999). El mismo autor sostiene que “en esencia hay dos tipos de ideas, o más exactamente dos estados de las teorías... un tipo de ideas precede a la aparición de un nuevo estilo, como si le abriera el camino, sometiendo a la destrucción el estilo predecesor y su ideología. El otro tipo de ideas aspira a la realización, a la materialización del nuevo estilo. Estas ya no son simplemente ideas, sino un riguroso sistema de ideas, una ideología, que conlleva al fin de cuentas a la petrificación del nuevo estilo, misma que anuncia su propio fin.” Así, las revoluciones, más temprano que tarde, terminan por enfrentar una paradoja: sistematizar (civilización) lo que por su propia naturaleza (cultura) se desarrolla alimentándose de los elementos en ebullición (es decir, sin norma, sin prescripción, de lo contrario se le reduce al papel de mera técnica). De esta manera, si la civilización implica fuerza y organización, entonces ese fue precisamente el papel del Partido Bolchevique en la Revolución. 
Ahora bien, el proceso inverso también es muy conocido: cuando las clases dominantes echan mano de la civilización, de las leyes, normas y todo la maquinaria del Estado para someter todo a sus designios y; al pretender “civilizarlo todo”, los diques institucionales y normativos impuestos (concebidos como marcos de autodefensa de la sociedad) terminan por encadenar los procesos expansivos de la cultura, hasta que se forma una masa crítica, y una presión tal que, al estallar el sarcófago institucional que la encierra, se liberan en forma de transformaciones profundas o revoluciones, desatando a los elementos que tienden a barrer con todo a su paso... M. Volóshin, testigo de la hecatombe revolucionaria que condujo a la guerra fraticida, escribió en 1923 el poema Por las Sendas de Caín: 
El mundo es una escalera,
y por sus peldaños
camina el hombre.
Palpamos todo
lo que él deja en su camino.
Los animales y las estrellas
–residuos de carne,
chamuscada en el fuego de la creación;
todo en su momento
sirvió al hombre de apoyo,
y cada escalón
fue una revuelta del espíritu creador.
Con la revolución se hizo evidente que, al fundar San Petersburgo, Pedro I no abrió una ventana a Occidente, sino tan sólo una rendija, a través de la cual sólo se asomó la estrecha cabeza de la elite política y económica. Y, desde entonces, como en ningún otro país, se fueron formando en Rusia dos pueblos diferentes: el del señor (Barin) y el del campesino (mujik). Mientras que en otros países de Europa las sociedades presentaban cierta graduación social, en Rusia existía una hendidura abismal entre esos dos mundos. Para algunos estudiosos, esta hendidura rebasaba el carácter meramente clasista, y llegó adoptar rasgos, inclusive, antropológicos, constituyéndose dos pueblos dentro de un mismo país que no se entendían entre sí. Esa abismal escisión entre la elite y el pueblo, que como nadie entendió A. Blok, creó las bases para que la guerra civil se desatara con una violencia de envergadura realmente cósmica. Y en la literatura rusa del Siglo XIX, con todo y su sorprendente humanismo, nunca se escuchó con plena nitidez la voz autentica del mujik. La maravillosa literatura rusa del Siglo XIX es predominantemente citadina, y sus personajes son los pequeños hombrecitos que produce la modernidad como sueño o realidad. Por primera vez en la poesía de Esenin se escucha la voz de esa inmensidad campesina de Rusia. Luego vendrían M. Prishvin, M. Sholojov y A. Platonov en la prosa. Sólo con el colosal impulso modernizador que por primera vez incorpora a “los de abajo” se fue conformando esa corriente de la literatura rusa del Siglo XX, conocida hasta hay día como literatura aldeana, como una continuidad y expresión transfigurada de la visión autóctona (eslavófila) de la senda rusa... 
* * * 
Pero si en 1917 Petrogrado, la ciudad más politizada del mundo, contaba con casi dos millones y medio de almas, al terminar la guerra civil en 1920 su población era de apenas 722 mil habitantes. Las brigadas obreras y los soldados revolucionarios conformaron la Guardia Roja, que sería el núcleo del futuro Ejercito Rojo. Miles de jóvenes fueron movilizados al frente, y la mayoría de los habitantes de la ciudad emigró al campo en busca de alimentos. Petrogrado vivió días aciagos de asedio, hambre, frío, y terror. Pero en medio de las balas asesinas, entre la sangre de inocentes, brotaba obstinadamente la nueva vida: pocos días después de la muerte de A. Blok, fue fusilado injustamente el poeta N. Gumilev, al mismo tiempo en la ciudad se abrían nuevos teatros, museos, escuelas, y renacían los círculos literarios y artísticos. Después de 1917, al decretarse la abolición de la propiedad privada de los inmuebles, la arquitectura de Petrogrado atravesó por un largo y desastroso periodo, principalmente como resultado de la reubicación de miles de sus habitantes de los distritos obreros a los barrios centrales de la ciudad, violentando las estructuras funcionales de las viviendas, edificios y mansiones. Los exquisitos muebles, los decorados y pisos de madera sirvieron de leña para proteger del frío invierno a una población agobiada. Los majestuosos palacios pasaron a ser museos e institutos de arte; los antiguos palacetes fueron convertidos en palacios de la cultura, clubes obreros, artísticos y deportivos. Con el enfrentamiento entre el nuevo régimen y la Iglesia Ortodoxa fueron cerrados varios templos... El resultado fue la perdida parcial, y en algunos casos, definitiva, de las cualidades artísticas de los inmuebles ocupados por los refugiados y las clases bajas. Pero a pocos días de que los bolcheviques tomaron el poder, el arquitecto constructivista, Lev Rudnev, dirigía ya la construcción del memorial a los luchadores de la Revolución en el Campo de Marte. Ivan Fomin y Rudolf Káiser participaron en el proyecto con el diseño los trazos geométricos de los paseos y prados de la inmensa plaza: el conjunto se inauguró en 1923.
Cuatro años después, bajo la dirección de los arquitectos A. Nikolski, G. Siomonov, y A. Tegelho, concluyó la construcción del conjunto arquitectónico de la avenida del Tractor, y la Plaza de las Huelgas, en las que se manifiestan claramente los trazos del estilo constructivista: los autores unieron en la escuela “Diez Años de la Revolución de Octubre” el eje principal del conjunto, combinando de manera original los volúmenes diferenciados de las construcciones. Precisamente en este distrito empieza la construcción masiva de vivienda para los trabajadores de Leningrado. Asimismo, en las Puertas de Narva, Tegelho, junto con D. Krichevski, proyecta la plaza de Narva, poniendo como referencia espacial al Palacio de Cultura “M. Gorki”, el primer de la ciudad. Estas edificaciones son consideradas prototipos clásicos del Constructivismo ruso, con sus características formas y volúmenes geométricos precisos, y enormes superficies de vidrio en sus fachadas... 
* * * 
Pero la nueva vida no había terminado de nacer. Y el crecimiento, como el de todo ser, una y otra vez sería perturbado por los padecimientos de la infancia, por accidentes, tropiezos y tropelías. “La sombra del ala de Lucifer” no había asomado toda su envergadura. Tal vez a eso se refería Blok, en 1920, cuando escribía que “la gente dormía endiablada y despiadadamente, muchos duermen todavía hasta ahora; y, no obstante, el nuevo mundo ha navegado con ímpetu sobre nosotros, convirtiendo los años, que vivimos y hemos vivido, en centurias... Aún nos aguardan muchas cosas insospechadas: nos esperan acontecimientos que habrán de ponerle cruz a las vidas y a las concepciones de los hombres más clarividentes, lo cual ya sucedió más de una vez en los años recientes”. 
Copenhague, diciembre de 2003. 

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