viernes, 25 de mayo de 2018

I. Preguntémonos porqué el PJ pasó de neoliberal en los noventa a progresista durante más de una deKada.

Atendamos qué economía y
política de estado continuó profundizándose.

Valoremos los análisis del profesor universitario Rolando Astarita para ir nosotros indagando que:

1.  Los partidos de estado gestionan los intereses de la clase capitalista y el más eficiente en concretarlo ha sido el PJ. Así Menem y los Kirchner han interpretado mejor cómo modelar el amplio consenso imprescindible a la incesante acumulación del poder concentrado por aumento de la desigualdad e injusticia sociales. El primero lo consiguió en los noventa y los segundos siguiendo a Duhalde-Lavagna en los primeros quince años del siglo XXI.
Recordemos que una mayoría adhirió al liderazgo de Carlos Menem del PJ y los K fueron protagonistas de ese neoliberalismo.

 

Menemismo, los K y la tesis del “transformismo”

19 de septiembre de 2012
Por Rolando Astarita
Una constante del discurso kirchnerista es separar absolutamente el modelo neoliberal, impuesto por la dictadura en 1976, del “productivo con inclusión social”, establecido en 2003, y vigente hasta el presente. Según este relato, entre 1976 y 2003 las políticas de los gobiernos fueron anti-nacionales y anti-pueblo, y favorables a los grupos económicos que se rigen por una lógica especulativa y financiera. Pero todo habría cambiado con la llegada de los Kirchner a la presidencia de la nación.
Claro que de ser esto así, se plantea el problema de explicar el apoyo del matrimonio “nacional y popular”, y también de montoneros y militantes de la “gloriosa JP” de los 70, al menemismo; así como la participación de relevantes kirchneristas (Nilda Garré, Abal Medina) en el gobierno de la Alianza. Recordemos que en los 90 se despidieron decenas de miles de trabajadores estatales; se privatizaron las empresas de correos, agua, teléfonos, gas, petróleo, ferrocarriles y las cajas de jubilaciones; se impusieron topes a los aumentos salariales; se ataron los aumentos en el sector privado a los incrementos de productividad; se habilitaron los contratos temporarios y se los promovió: se inició la discusión sobre la ley de flexibilización laboral (que se votaría con el gobierno de la Alianza); se redujeron las indemnizaciones por accidentes laborales; se estableció que la vigencia de los convenios colectivos podía suspenderse por tres años en casos de concursos y quiebras; y se incluyeron cláusulas que implicaban precarización laboral en numerosos convenios laborales (automotriz, siderurgia, alimentación). También en los 90 se extendió la sojización, y se iniciaron los grandes emprendimientos mineros a manos de empresas transnacionales. Y funcionarios, empresarios y burócratas sindicales se enriquecieron vertiginosamente con los negociados que posibilitaron las privatizaciones. Los Kirchner, además de enriquecerse, participaron de la privatización de YPF, de las cajas de jubilaciones y del bancos de Santa Cruz; fueron constituyentes en 1994 y proclamaron a Menem el mejor presidente argentino, después de Perón. Otros altos funcionarios kirchneristas tuvieron actuaciones parecidas.
 (…)El menemismo, una política de clase
En base a lo desarrollado en el apartado anterior se deriva una visión sobre el menemismo y  los 90 muy distinta de la que sostiene la tesis subjetivo-idealista de las coimas y “mordidas”.  A igual de lo que sucedió a nivel mundial, el neoliberalismo no fue la expresión de una fracción del capital (usualmente se lo asocia al capital financiero), sino la encarnación de un programa político y social al que adhirió la clase capitalista de conjunto. Su objetivo era restablecer la tasa de rentabilidad del capital, haciendo retroceder al trabajo. La precarización laboral, el debilitamiento de los sindicatos, el disciplinamiento de la clase obrera mediante la desocupación y la amenaza de caer en el pauperismo, el restablecimiento del poder de la moneda (esto es, de la ley del valor trabajo), respondían a una lógica de clase. La ideología del neoliberalismo (en sus diversas expresiones teóricas, el monetarismo, los nuevos clásicos, los ofertistas, etc.) expresaba esta necesidad del capital de conjunto. Por eso, fue abrazada por las clases capitalistas de casi todos los países capitalistas, adelantados o atrasados. No fue una “imposición” de coimas y altos salarios (aunque por supuesto, buenos salarios para académicos y economistas allanaron muchos obstáculos intelectuales para su adopción).
Lo sucedido en Argentina se inscribe dentro de esta onda mundial. La flexibilidad laboral, los empleos temporarios, la vía libre para los despidos instantáneos, etcétera, beneficiaron al conjunto de la clase capitalista (Bonnet, 2007, subraya esta naturaleza del menemismo). El sometimiento de amplios sectores de la economía a las leyes del mercado (racionalización en las empresas privatizadas, despidos masivos, etcétera) permitió elevar la productividad. En los 90, miles de empresarios “nacionales y populares” sacaron provecho de las medidas que apuntaban a elevar la cuota de plusvalía. La acción del estado incidió directamente en las relaciones de producción; fue poder de clase concentrado. Es que no hay poder político sin poder de clase, y no hay poder de clase sin la base de la propiedad privada.
Por otra parte, las privatizaciones fueron acompañadas de inversión, lo que mejoró la infraestructura (por ejemplo, en telecomunicaciones y energía) y con ello las condiciones de explotación del trabajo. Esto también explica por qué amplios sectores de la burguesía argentina apoyaron al menemismo. En una nota anterior hice referencia al trabajo de Kulfas y Hecker (1998) en el que ponían de relieve el aumento de la productividad y de la inversión en la década menemista. Kulfas es hoy un alto funcionario del Banco Central, y destacado economista del kirchnerismo. Por supuesto, en la tesis “a lo Basualdo”, el escrito de Kulfas de 1998 sólo se explicaría por el “transformismo”, esto es, por su cooptación con coimas para hacer tarea sucia a favor de “los grupos concentrados”. Mi interpretación es opuesta. Kulfas elogiaba el menemismo porque estaba consustanciado con sus objetivos y su programa. Y los datos que presentaba con Hecker demostraban que había habido, además de destrucción de empresas, modernización de equipos productivos e inversión. Pero esto explica también el apoyo de la burguesía argentina al menemismo en los años de “esplendor” de la convertibilidad. Los K y los ex montoneros puestos a funcionarios de Menem, respondían a este interés de clase. Las coimas y altos salarios fueron la frutilla del postre, pero no lo esencial (aunque sí fueron fundamentales para sus bolsillos). 
El voto a los delegados menemistas a la Constituyente de 1994, y a Menem en las presidenciales de 1995, no se puede explicar por las coimas y los altos salarios de los dirigentes. Hubo un amplio consenso en la clase dominante criolla, incluidas las más amplias capas de las clases medias adineradas. No fueron llevadas a votar de las narices por sus dirigentes “traidores y vendidos”. Es casi infantil recurrir a este tipo de explicaciones. Dejo apuntado asimismo que el voto de millones de trabajadores al menemismo no puede explicarse solo por el engaño; incluso es reductivo creer que la clase dominante domina solo con coerción y engaño (de nuevo, Poulantzas apunta este asunto).
Análisis en términos de clases o chismorreo sociológico
El abordaje materialista permite entender los procesos históricos y las evoluciones económico-sociales en términos de tendencias estructurales. Esto no quiere decir que lo individual no tenga importancia, sino que lo social -las relaciones de producción, las fuerzas productivas- tiene prioridad explicativa. Por supuesto, siempre hay medidas que favorecen a una u otra fracción del capital; esto implica tensiones, enfrentamientos y también compromisos en el seno de la clase dominante, que deben procesarse por intermedio del estado. En particular, durante las crisis, es inevitable la desvalorización de fracciones enteras del capital (no solo industrial). Pero la resolución de estos conflictos no depende, en lo esencial, de la capacidad de lobby de tal o cual empresa, o de la coima que haya recibido tal o cual funcionario, cuestiones en las que se entretienen las investigaciones de Basualdo. En otras palabras, las contradicciones sociales y la dirección del desarrollo no se resuelven analíticamente contando chismes.
Lo explico con un ejemplo. La convertibilidad en su momento fue saludada por toda la clase dominante argentina como una solución frente a las crisis hiperinflacionarias. La razón de fondo era que con alta inflación el mercado sencillamente no puede funcionar, y por lo tanto no hay acumulación posible. Pero con el tiempo, la apreciación de la moneda trajo problemas -dada la baja productividad relativa de la economía argentina- que terminaron estallando en 2001. Por eso, el quiebre de la convertibilidad no se explica diciendo que triunfó la “fracción devaluadora” sobre la fracción favorable al tipo de cambio bajo (Basualdo). Decir que la devaluación se impuso porque los devaluacionistas se impusieron, es tautología, lisa y llana, por más que se la disfrace con lenguaje sofisticado. En todo caso, hay que preguntarse por qué los devaluacionistas pudieron imponerse en 2001 y no, por ejemplo, en 1994. Y esto remite a la ley económica: en el mercado mundial se impone la comparación de los tiempos de trabajo y productividades, y la moneda no escapa a esta constricción, por más que quiera eludirla una u otra fracción de la clase dominante. La salida de la crisis de 2001-2 por vía de la devaluación, caída del salario y ajuste, tuvo el apoyo de prácticamente todo el partido Justicialista (los K y ex montos incluidos), y otras formaciones burguesas, porque respondió a una lógica de clase, y no porque se hubiera impuesto una u otra fracción de la clase dominante.
Las tensiones y relaciones entre sectores del capital (productores de bienes transables y no transables, ramas industriales o financieras, etc.) evolucionan en este marco, y los programas políticos necesariamente expresan esta realidad. Si no se tiene en cuenta esto, el análisis se pierde en las superficialidades de los “grupos de influencia”, de las coimas, de las capacidades de lobby y datos similares. Es un cuento sin profundidad, que desemboca en el seguimiento de las interminables piruetas políticas de los personajes de turno (aunque con la imprescindible prudencia que demandan algunos puestos públicos muy bien pagados).
En conclusión, es necesario avanzar un análisis en términos de clases sociales, de las relaciones de fuerza entre ellas, y de las lógicas de clase -vinculadas a la explotación del trabajo y la acumulación del capital- implicadas en las políticas implementadas frente a la larga crisis iniciada a mediados de los años 1970. El neoliberalismo fue la respuesta del capital a esa crisis; sintetizó el programa de las cámaras empresariales, de la clase dominante como totalidad concreta, frente al trabajo. El partido Justicialista (como el partido Radical, y otras formaciones menores) no escapan a estas generales de la ley. Mal que les pese a algunos doctores del progresismo de las ciencias sociales argentinas.
Textos citados:

Basualdo, E. (2011): Sistema político y modelo de acumulacion. Tres ensayos sobre la Argentina actual, Buenos Aires, Cara o ceca.
Bonnet, A. (2007): La hegemonía menemista. El neoconservadurismo en Argentina, 1989-2001, Buenos Aires, Prometeo.
Kulfas, M. y E. Hecker, (1998): “La inversión extranjera en la Argentina en los años 90, Tendencias y perspectivas”, Centro de Estudios para la producción.
Poulantzas, N. (1979): Estado, poder y socialismo, México, Siglo XXI.
Poulantzas, N. (1985): Poder político y clases sociales en el estado capitalista, México, Siglo XXI.

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Menemismo, los K y la tesis del transformismo
2. El keynesianismo  no es antagónico al neoliberalismo como lo presenta el progresismo de izquierda. Ambas son políticas para que la acumulación gran capitalista supere una de sus recurrentes crisis generales de sobreproducción. También al Estado "no se lo puede pensar haciendo abstracción de su carácter de clase. De hecho, a lo largo de las últimas décadas el Estado contribuyó  (y sigue haciéndolo) al fortalecimiento de las posiciones del capital frente al trabajo. Así, por ejemplo, las empresas que se mantienen bajo control estatal se rigen cada vez más según la lógica de la rentabilidad: compiten con empresas privadas, cotizan en bolsa, establecen relaciones con el mundo financiero según las reglas del mercado, subcontratan trabajo y lo precarizan, y remuneran a sus ejecutivos como cualquier otra empresa capitalista. De la misma manera, cada vez más en reparticiones del Estado encontramos trabajo precarizado y trabajadores con derechos laborales mínimos. Todo apunta a la misma conclusión: el Estado no está por fuera de la unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista".

“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (1)

26 de noviembre de 2016
“Somos todos keynesianos”, se lo habría admitido el presidente Richard Nixon, en enero de 1971, a un periodista, en charla informal. Nixon estaba aplicando un programa fiscal expansivo –a pesar del déficit presupuestario- y una política monetaria también expansiva. Dado que su administración era profundamente conservadora, el “somos todos keynesianos” quedó grabado como un símbolo de hasta qué punto por entonces se instrumentaban las políticas “keynesianas”.
Pues bien, el “somos todos keynesianos” está de vuelta desde la crisis de 2008-9, y cobra fuerza por estos días. El programa económico de Trump es representativo: promete estimular la economía a través de rebajas de impuestos y proyectos de infraestructura por un billón de dólares, que se financiarían con deuda pública y participación privada. Pero también Obama buscó reanimar la economía mediante inyecciones fiscales. Y antes lo había intentado Bush, cuando se iniciaba la crisis. En Japón, no sólo las políticas del primer ministro Abe encajan en lo que habitualmente se conoce como “keynesianismo”, sino también las de los gobiernos anteriores. Más en general, en el 2008 y 2009 el FMI y el G20 recomendaron a los gobiernos dar estímulos fiscales por un monto equivalente al 2% del PBI; además de aplicar políticas monetarias expansivas. Pero hay más casos: frente a la crisis, China aplicó un gigantesco plan de inyección fiscal. Recientemente, el gobierno británico instrumentó un programa de expansión fiscal para amortiguar los efectos del Brexit. El gobierno de Cambiemos, en Argentina, considerado por muchos “neoliberal”, trata de sostener la demanda en base a gasto y déficit fiscal, que financia con un endeudamiento en rápido ascenso. Y así podríamos seguir mencionando casos.
La idea rectora es siempre la misma: generar, a partir de un incremento del gasto fiscal, un círculo virtuoso de demanda, que dé lugar al aumento del empleo y de la producción. El supuesto es que el dinero volcado a la economía sea gastado por los trabajadores y empresarios; lo que a su vez generará nueva demanda, que volverá a ser gastada, y así en las sucesivas rondas. Es el multiplicador keynesiano en acción. Después de años de teoría neoliberal (en la práctica las políticas fueron otra cosa), en que el gasto fiscal no cumplía prácticamente ningún rol, la receta keynesiana es aceptada por el  establishment económico. Tal vez el texto más representativo en este respecto sea el de Blanchard, Dell’Ariccia y Mauro (2010).
Dado el aura de “izquierdismo” que tienen las políticas llamadas keynesianas, se plantea entonces la pregunta de si esta vuelta a una política de mayor gasto fiscal representa alguna forma de “giro a la izquierda” de los gobiernos capitalistas y de los organismos internacionales. Algunos intelectuales de izquierda incluso ya están diciendo que, en lo económico, programas como el de Trump son progresistas (o “no-neoliberales”).
Adelantamos que nuestra respuesta es que este giro “keynesiano” apenas reasume algunos elementos de las políticas de posguerra del “keynesianismo bastardo”, como lo llamó Joan Robinson, para marcar su distancia con el Keynes de la Teoría General, en un encuadre general “de derecha”; esto es, de políticas orientadas a incrementar la explotación del trabajo. En esta nota buscamos resumir las principales características de estas evoluciones. Con este fin, en lo que sigue empezamos resumiendo las principales ideas de Keynes sobre las políticas económicas. A partir de aquí, pasamos revista a la evolución del mainstream de la macro. Debido a su extensión, hemos dividido la nota en partes.
Keynes, política frente a la crisis
Es indudable que Keynes recomendó, durante la crisis de los 1930, políticas fiscales expansivas; y bajas tasas de interés. En este punto se enfrentó a una parte importante del establishment, que sostenía que las economías capitalistas se restablecerían dejando actuar a las fuerzas del mercado, que los presupuestos deberían estar siempre equilibrados, y que las políticas fiscales, en el mejor de los casos, eran inefectivas. Como dato ilustrativo, digamos que en durante la campaña electoral de 1932, Roosevelt prometía acabar con el déficit. Una buena parte de los economistas sostenía que con el equilibrio de las cuentas fiscales se restablecería la confianza de los inversores (argumento que se mantiene hasta el  presente). Además, la mayoría del establishment estaba por una política monetaria dura, que defendiera el valor de la moneda.
La posición de Keynes fue contraria a esas orientaciones. Por ejemplo, en 1925, en “Las consecuencias económicas del señor Churchill”, criticó la deflación por sus consecuencias recesivas para la industria y las tensiones sociales que generaba. En 1929 escribió el programa económico del candidato del partido Liberal, Lloyd George, donde atacó la política del Tesoro de austeridad fiscal, y propuso un plan de obras públicas. En 1931 consideró que el final del patrón oro y la depreciación de la libra esterlina proporcionarían un alivio a la economía británica. También en 1931, en “Los medios para la prosperidad”, defendió la teoría del multiplicador –que había elaborado poco antes su alumno Robert Kahn- y el aumento del gasto fiscal. Y en diciembre de 1933, en una carta abierta al presidente Roosevelt, sostuvo que la demanda es tan necesaria para el aumento del capital como la oferta, y recomendó aumentar el gasto estatal, financiado con endeudamiento del gobierno o emisión monetaria.
Así, a través de sucesivos artículos polémicos, fue delineando el enfoque que luego desplegaría en la Teoría General (en adelante, TG). Aunque no era el único que pedía políticas activas; otros economistas compartían el enfoque, pero carecían de un fundamento teórico para defenderlo.
La Teoría General y las recomendaciones de política económica
La TG vino a llenar el vacío que había en los 1930 para justificar políticas activas. Entre sus ideas centrales está la crítica a la ley de los mercados, o ley de Say, que dice que la oferta genera siempre una demanda correspondiente. Al sostener que no siempre el ahorro se canaliza a la inversión –puede ser atesorado- Keynes demuestra que la demanda puede ser inferior al producto. Además, sostiene que el nivel de empleo no depende solo ni principalmente de los salarios, y que es decidido por los empresarios en base a la demanda esperada, y los costos esperados. De manera que a un nivel de demanda esperada (o demanda efectiva, como le llama Keynes), y dadas las condiciones físicas de la oferta y los salarios, se determina el volumen de ocupación, que determina el ingreso nacional. La demanda, por otra parte, depende del consumo, que depende del ingreso; y también depende de la inversión, que depende de la tasa de interés (determinada por la preferencia por la liquidez); y del rendimiento esperado de la inversión, o eficiencia marginal del capital.
A partir de estos elementos, Keynes pone el acento en estimular el consumo y la inversión. En particular, sostiene que la inversión es clave para sostener la demanda (véase aquí y aquí). Y enfatiza que, debido a la incertidumbre acerca del futuro, nada asegura que la inversión se mantendrá a un nivel que garantice el pleno empleo, o un alto nivel de empleo.
Destaquemos entonces que no siempre, ni necesariamente, un tirón de demanda –promovido por el gasto estatal- pondrá en movimiento la ronda de gastos que sugiere la teoría del multiplicador. Supongamos, por ejemplo, que una economía está en crisis, y el gobierno inyecta gasto para reanimar la demanda. Las empresas entonces reducen sus stocks de mercancías sin vender, pero supongamos que con el ingreso obtenido, en lugar de volver a contratar trabajadores, deciden bajar sus deudas con los bancos, o mantenerse líquidas, porque tienen incertidumbre acerca de la evolución general de la economía (Alvin Hansen, (1945) y Leijonhufvud (2006) contemplan esta posibilidad). En ese caso, la inyección fiscal habrá sido ineficaz. Se pueden mencionar casos actuales que ilustran el argumento. Uno es el poco efecto de la inyección de dinero que dispuso Bush cuando la economía de EEUU giraba a la recesión, en 2008. Otro, más significativo, son las políticas fiscales expansivas aplicadas en Japón, desde inicios de los 1990. A fin de sacar a la economía del estancamiento, y a lo largo de los últimos 25 años, los gobiernos nipones inyectaron ingentes cantidades de estímulo fiscal, construyendo puentes, caminos, represas,  escuelas, centros de deporte, líneas férreas. Como resultado, el gasto público pasó de representar el 30% del PBI, en 1990, al 42% en la actualidad; y la deuda pública hoy alcanza al 230% del producto. Sin embargo, desde 1992 a la fecha la economía nipona creció a un promedio anual de sólo el 0,9%.
Por eso, y tal vez previendo estas dificultades, en la TG (capítulo 10) Keynes no afirma que el mecanismo del multiplicador siempre, y en toda circunstancia, se pondrá en funcionamiento. Puntualmente planteó que el incremento del gasto público podía elevar las tasas de interés y los precios de los bienes de capital, lo cual afectaría negativamente a los inversionistas privados, y que era necesario contrarrestar este efecto impulsando una baja de la tasa de interés. En segundo término, sostuvo que los programas gubernamentales podían generar desconfianza, aumentar la preferencia por la liquidez o disminuir la eficiencia marginal del capital (esto es, la expectativa de ganancias), y por lo tanto retardar las inversiones. Aunque, a pesar de estas matizaciones, pensaba que el mecanismo básicamente funcionaba de la manera indicada por la teoría. Por eso escribió que cuando existe desocupación involuntaria, todo gasto –fuera para la construcción de pirámides, para reparar daños ocasionados por terremotos, e incluso por las guerras- podía servir para aumentar la riqueza y la ocupación. En este contexto aparece su famoso argumento sobre que, si la Tesorería llenara botellas con billetes de banco, las enterrara y dejara a la iniciativa privada el cuidado de desenterrar los billetes, no habría más desocupación.
Sin embargo, cuando analiza el ciclo económico (capítulo 22 de la TG), no recomienda políticas contracíclicas. De acuerdo a algunos poskeynesianos, la razón es que pensaba que lo importante era aplicar políticas que evitaran las fluctuaciones; de ahí que llegue a proponer la socialización de la inversión (véase más abajo). Pero además, a lo largo del libro mantiene la preocupación por el clima de los negocios, y el incentivo para invertir. Significativamente, en el capítulo 12, dedicado a las expectativas de largo plazo –en las cuales la incertidumbre juega un rol central- da gran importancia al ambiente político y social, y a la confianza, o desconfianza, que puedan inspirar los gobiernos a los “hombres de negocios”:
“[…] no sólo se exagera la importancia de las depresiones y retrocesos, sino que la prosperidad económica depende excesivamente del ambiente político y social que agrada al tipo medio del hombre de negocios. Si el temor de un gobierno laborista o de un New Deal deprime la ‘empresa’, esto no tiene que ser necesariamente resultado de un cálculo razonable o de una conspiración con finalidades políticas; es simple consecuencia de trastornar el delicado equilibrio del optimismo espontáneo. Al calcular las posibilidades de inversión debemos tener en cuenta, por tanto, los nervios y la histeria, y aun la digestión o reacciones frente al estado del tiempo, de aquellos de cuya actividad espontánea depende principalmente” (TG, p. 148).
Esto es, el New Deal, que comúnmente se cita como ejemplo de la “política keynesiana” por excelencia, puede perjudicar, según el mismo Keynes, a las inversiones, si no inspira confianza en los capitalistas.
Textos citadosBlanchard, O.; G. Dell’Ariccia y P. Mauro (2010): “Rethinking Macroeconomic Policy”, IFM Staff Position Note, febrero (https://www.imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1003.pdf).
Hansen, A. (1945): 
Política fiscal y ciclo económico, México, fce.
Keynes, J. M. (1986): 
Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Leijonhufvud, A. (2006): “Los ciclos largos en las visiones económicas”, en 
Organización e inestabilidad económica, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, pp. 3-19.
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“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (3)

12 de diciembre de 2016

Por Rolando Astarita

 (...) Entender el carácter de clase del keynesianismo

Desde hace más de tres décadas el progresismo de izquierda ha opuesto las banderas del keynesianismo al neoliberalismo en ascenso. Recuerdo que a mediados de los 1990 un dirigente sindical izquierdista (y hoy sigue siendo dirigente sindical) me decía que, dada la situación, la alternativa progresiva para los trabajadores pasaba por volver al programa keynesiano. Centralmente, aumentar la participación del Estado en la economía. Por esta vía mi interlocutor embellecía –igual que hace hoy Davidson- al keynesianismo de la síntesis y dejaba de lado las contradicciones reales del sistema capitalista que habían desembocado en la crisis de los 1970.
Actualmente el reclamo de “keynesianismo” se expresa en la disyuntiva que plantea prácticamente todo el progresismo, a saber, “Estado o mercado”. Aquí se entiende por “Estado” la utilización del gasto para sostener la demanda y “favorecer la equidad social”. Con lo cual se llegaría a la conclusión de que el “nuevo keynesiano” del FMI y de The Economist representaría una forma de giro progresista. Es el resultado natural de haber pasado por alto no solo la naturaleza de clase del “todos somos keynesianos” de posguerra, sino también los límites capitalistas del keynesianismo de la Teoría GeneralEn tanto subsista el régimen de producción capitalista no hay manera de socializar la inversión, acabar con la lógica de la rentabilidad o suprimir la desocupación. Pero por eso mismo no se pueden eliminar las recurrentes crisis generales de sobreproducción. No lo hizo el keynesianismo de posguerra, ni el nuevo consenso de los 2000. Por eso, la izquierda necesita una teoría radical, esto es, que vaya a las raíces de los problemas que padecen las masas trabajadoras. Desde el punto de vista de la teoría, y de la política, pasar del manual de Macroeconomía de Blanchard al Economics de los 1960 de Samuelson, es marcar el  paso en el mismo lugar.
Textos citados:
Aglietta, M. (1979): Regulación y crisis del capitalismo, Madrid, Siglo XXI.
Blanchard, O. J. (2008): “The State of Macro”, NBER Working Paper 14.259, agosto.Blanchard, O. y D. Pérez Pérez Enrri (2000): Macroeconomía. Teoría y Política Económica con aplicaciones a América Latina, Lima, Prentice Hall.Blanchard, O.; G. Dell’Ariccia y P. Mauro (2010): “Rethinking Macroeconomic Policy”, IFM Staff Position Note, febrero.
Borio, C. (2011): “Rediscovering the macroeconomic roots of financial stability policy: journey, challenges and a way forward”, BIS Working Paper Nº 354, Monetary and Economic Department, September.
Colander, D. (2003): “The Strange Persistence of the IS/LM Model”, Middlebury College, Economics Discussion Paper Nº 03-07, marzo.
Davidson, P. (2007): John Maynard Keynes, Palgrave Macmillan.
Krugman, P. R. (2011): “The Profession and the Crisis”, Eastern Economic Journal, vol. 37, pp. 307-312.
Lipietz, A. (1979): Crise et inflation. Pourquoi?, Paris, Maspero.
Mandel, E. (1979): El capitalismo tardío, México, Era.
Shaikh, A. (1991): Valor, acumulación y crisis, Bogotá, Tercer Mundo Editores.
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“Somos todos keynesianos”, ¿de nuevo? (3)
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Neoliberalismo y crítica marxista

26 de diciembre de 2016

Por Rolando Astarita

 

Los gráficos sobre aumento relativo del gasto estatal en las economías capitalistas, que he presentado en la nota anterior (aquí), han movido a algunas personas a preguntarse si estoy negando la existencia del neoliberalismo. En realidad, en ningún momento negué el neoliberalismo. Simplemente defiendo una caracterización de ese fenómeno distinta de la que sostiene la mayoría de la izquierda. En particular, sostengo que lo distintivo del neoliberalismo no fue la mayor o menor participación del Estado en la economía; y que es equivocado interpretarlo en términos de ascenso del capital financiero sobre otras formas del capital.
Traté este asunto en varios lugares. Por ejemplo, en El capitalismo roto, donde critiqué la tesis de la financiarización; o en la nota reciente sobre keynesianismo (aquí). También incorporaré el tema en la segunda edición (corregida y aumentada) de Keynes, poskeynesianos y keynesianos neoclásicos, que espero se publicará en 2017. Allí escribo:
“El ascenso desde mediados de la década de 1970 del neoliberalismo -englobando con este término al conjunto de doctrinas que desembocan en el nuevo consenso neoclásico keynesiano- ha sido interpretado por buena parte del pensamiento progresista y de izquierda como un asalto del sector financiero a los puestos de mando del capital.
Nuestra interpretación es diferente. Consideramos que el neoliberalismo expresa una política de todo el capital, no sólo de una de sus fracciones. Esto es, el apoyo que tuvieron, y tienen, las políticas recomendadas por monetaristas, nuevos clásicos, nuevos keynesianos y similares excede en mucho al capital financiero. Los ataques a los derechos sindicales; los ajustes que implican caídas del salario; las legislaciones para flexibilizar las relaciones laborales; la reducción o supresión de subvenciones a los desempleados; el empobrecimiento de pensionistas y jubilados; las ofensivas contra los inmigrantes, fueron medidas que apuntaron a restablecer la rentabilidad del capital de conjunto. Por esta razón fueron apoyadas a nivel global no solo por los bancos y financistas, sino también por las cámaras empresarias de la industria, el comercio, el agro, la minería, el transporte, más amplios sectores de las clases medias y de las patronales pequeñas y medianas.
Por otra parte, las privatizaciones, las aperturas comerciales y las libertades para el movimiento transnacional de los capitales tuvieron como efecto someter de manera más abierta y plena a todas las economías a la ley de la ganancia. Y esta orientación fue alentada por capitales industriales, comerciales, agrarios, junto al capital financiero. Incluso las fracciones más débiles de los capitales nacionales buscaron insertarse en esta mundialización del capital.
La reacción neoliberal, a su vez, fue acompañada por una movilización reaccionaria en la política, la cultura y la ideología. En muchos ámbitos se impuso la consigna “que gane el mejor y el más fuerte”, que por lo general son los más ricos. Se rechazaron los movimientos críticos y las culturas contestatarias; resurgieron movimientos racistas y xenófobos; y se exaltaron valores conservadores burgueses. Todo ello contribuyó a que el trabajo fuera subsumido de forma más completa al capital de conjunto, sin distinciones. Por eso pensamos que el neoliberalismo expresa el programa de la clase capitalista global frente a la crisis de rentabilidad que estalló en los 1970, y la posterior profundización de la mundialización del capital.”
Lo esencial: aumento de la tasa de explotación
En esta descripción el tema de si el gasto del Estado tuvo más o menos intervención en la economía no tiene mayor relevancia para la caracterización de las políticas que se aplicaron en los países capitalistas en las últimas décadasLo esencial es que el programa del capital pasó por aumentar la tasa de explotación del trabajo. Lo cual explica también por qué el neoliberalismo tuvo la adhesión de prácticamente todas las facciones del capital; naturalmente, el aumento de la tasa de explotación del trabajo es la raíz de la hermandad del capital.
En este respecto, en la nota en la que analizo el libro de Piketty (aquí) señalé que hay mucha evidencia empírica del aumento de la participación de los beneficios en el ingreso a nivel global; eso es, hubo una tendencia al aumento de la relación beneficios / salarios, que nos da un proxy a la tasa de plusvalía. Escribí:
“Según Kristal (2010), y para 16 países industrializados, la relación W/Y aumenta en promedio en la posguerra y hasta los 1970, pero baja desde el 73% en 1980 al 60% en 2005. Sostiene que en las dos últimas décadas los aumentos de productividad superaron a los aumentos salariales.
Por otra parte, de acuerdo a Karabarbounis y Neiman (2013) la participación de los salarios ha estado declinando a nivel global desde 1980: tomando su participación en el valor bruto añadido de las corporaciones, habría caído un 5% en los últimos 35 años, desde el 64% al 59%. De 59 países con al menos 15 años de datos entre 1975 y 2012, 42 muestran tendencias decrecientes en la participación del trabajo. La tendencia se verifica también en China, India y México. Blanchard y Giavazzi (2003) también encuentran la caída de la participación de los salarios en los países desarrollados en las últimas décadas. Otra manera de ver el aumento de la participación de los beneficios en el ingreso es a través de la distancia entre los ingresos de los CEO de las grandes corporaciones (plusvalía) y los salarios promedio. En EEUU, en 2013, la paga de los altos ejecutivos es 343 veces mayor que la de la media de los empleados y 774 veces mayor que la de aquellos que menos cobran. En 1983 la diferencia con la media era 46 veces (Executive Paywatch, de la AFL-CIO).
También el “Informe mundial sobre salarios 2012-2013” de la OIT muestra  esta dinámica. En 16 economías desarrolladas la proporción media del trabajo disminuyó del 75% del ingreso nacional a mediados de los 1970 a 65% en los años previos de la crisis de 2007. En Japón la participación del salario en el ingreso pasó del 68,4% en 1970 al 79,93% en 1977, para bajar al 54,5% en 2010. En EEUU pasó del 71,98% en 1970 al 63,27% en 2010; y en Alemania fue del 69,75% en 1970 al 63,66% en 2010. A su vez, en 16 economías en desarrollo y emergentes, disminuyó del 62% del PBI en los primeros años de los 1990 al 58% justo antes de la crisis.
Por otra parte, la evolución de la plusvalía relativa parece clara. Según la OIT, el índice de productividad del trabajo (producto por trabajador) en las economías desarrolladas, con base 100 en 1999, se había elevado a 114,6 en 2011; en tanto que el índice de los salarios, en el mismo período, había aumentado a 105,9. En EEUU la productividad real por hora en el sector empresarial no agrícola aumentó 85% desde 1980 a 2011, y la remuneración salarial lo hizo el 35%. En Alemania, en las dos últimas décadas, la productividad se incrementó cerca del 25%, pero los salarios reales permanecieron sin cambios. Esto está indicando que la tasa de plusvalía aumenta, aun cuando aumenta la canasta de bienes salariales. Incluso en China, a pesar de que los salarios se triplicaron en la última década, el PBI aumentó a una tasa superior, de manera que W/Y disminuyó” (W: salario; Y: ingreso).
Subrayamos entonces que la cuestión de si el Estado tuvo más o menos participación en las economías capitalistas es secundaria a la hora de definir en qué consiste el neoliberalismo. Más importante aún es que no tuvo un papel neutral en la ofensiva contra el trabajo. Contra lo que piensa el sentido común del izquierdismo progresista, el Estado no está por fuera de las relaciones de clase; no se lo puede pensar haciendo abstracción de su carácter de clase. De hecho, a lo largo de las últimas décadas el Estado contribuyó  (y sigue haciéndolo) al fortalecimiento de las posiciones del capital frente al trabajo. Así, por ejemplo, las empresas que se mantienen bajo control estatal se rigen cada vez más según la lógica de la rentabilidad: compiten con empresas privadas, cotizan en bolsa, establecen relaciones con el mundo financiero según las reglas del mercado, subcontratan trabajo y lo precarizan, y remuneran a sus ejecutivos como cualquier otra empresa capitalista. De la misma manera, cada vez más en reparticiones del Estado encontramos trabajo precarizado y trabajadores con derechos laborales mínimos. Todo apunta a la misma conclusión: el Estado no está por fuera de la unidad orgánica que conforma el modo de producción capitalista.
Por eso, el punto de partida del análisis deben ser las relaciones entre las clases sociales fundamentales de la sociedad moderna. Y por eso también, y contra lo que imaginan los ideólogos del reformismo pequeño burgués, el aumento de la explotación del trabajo es perfectamente compatible con la no reducción o el aumento de la participación del gasto estatal en el producto. Más aún, la participación del gasto social en el producto ha tendido a aumentar, en el promedio de los países de la OCDE, entre 1980 y 2015. Las razones de por qué sucedió así deberán investigarse, pero de nuevo esto no impidió el aumento de la tasa de explotación (en Argentina esta cuestión tiene particular relevancia a la hora de caracterizar a la política del gobierno de Macri). En otras palabras, el aumento del gasto público no está en contradicción con la ofensiva del capital desde mediados de los 1970.
Textos citados
Blanchard, O. y F. Giavazzi, (2003): “Macroeconomic Effects of Regulation and Deregulation in Goods and Labor Markets”, Quarterly Journal of Economics, vol. 118, pp. 879-907.
Karabarbounis L., y B. Neiman (2003): “The Global Decline of the Labor Share”, NBER Working Paper Nº 19.136, junio.
Kristall, T. (2010): “Good Times, Bad Times: Postwar Labor’s Share of National Income in Capitalist Democracies”, American Sociological Review, vol. 75, pp.729-763.
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Neoliberalismo y crítica marxista

3. La corrupción va más allá de coimas y “mordidas”. En esencia hace al funcionamiento del capitalismo.

A propósito de negociados y corrupción, un texto de Marx

14 de abril de 2016

Por Rolando Astarita
La corrupción está de nuevo, en Argentina, en los primeros planos del debate. En una nota anterior (aquí y aquí), la hemos tratado a partir de su relación con la acumulación de riqueza y el Estado. Escribíamos: “Los mecanismos de la corrupción posibilitan que fracciones del capital mejoren sus posiciones frente a sus competidores, y también que personajes carentes de recursos se conviertan, casi de la noche a la mañana, en grandes capitalistas. Es una historia repetida, que reconoce tres pasos característicos: el saqueo originario, el blanqueo del dinero…  y la puesta en marcha del negocio legalizado”.
Dado que los fraudes desde el Estado –la obra pública es una vía tan tradicional como privilegiada- representan desvíos de flujos de plusvalía, alimentan constantemente la deuda pública. Esta, a su vez, da lugar a nuevos negociados y enriquecimientos; lo que a su vez incrementa la deuda, en una espiral creciente. Por eso, periódicamente estos estropicios pueden llevar, en países atrasados, a defaults, con los que se liquidan valores insostenibles y se descarga la crisis en el pueblo… para volver a empezar con la ronda de fraudes, negociados y más deuda pública. Aunque no se trata solo de negociados con la obra pública; también está el Estado haciendo la vista gorda en el tráfico de drogas, de personas, de armas y otros “bienes y servicios”. Y la evasión o elusión de impuestos, vía paraísos fiscales (ver aquí) u otras maniobras. A lo que hay que sumar los negociados financieros y cambiarios. En este último respecto, el caso reciente más brutal fue la venta de dólares a futuro, en los últimos meses del gobierno K, por el Banco Central, a un precio mucho más bajo que el que regía en el mercado. Una operación que da lugar a que más de 70.000 millones de pesos (equivalentes a casi 5000 millones de dólares) estén siendo transferidos desde el sector público a los bolsillos de inversores privados “avisados”.
Por lo tanto, un enfoque que parta del carácter de clase del gasto y la deuda pública, y de los intereses de clase que se juegan en esos fraudes y maniobras especulativas, debería ayudar a entender por qué no existe diferencia cualitativa entre lo que roba y coimea el “capital-estatista” puesto a funcionario nacional y popular; y lo que roba y coimea el “neoliberal-agente de los yanquis y del capital financiero”, puesto a funcionario del Estado “serio y responsable”. Y que tampoco hay diferencia entre el enriquecimiento súbito de los “inversores avisados” que posibilita el primero, y el que posibilita el segundo.
A los fines de sumar elementos de juicio que ayuden a ese necesario abordaje materialista, en lo que sigue presento un resumen de la crítica de Marx –en Las luchas de clases en Francia– a las políticas asociadas a las deudas del Estado y el déficit público en Francia. El lector podrá advertir que, por debajo de las adaptaciones de época lógicas y necesarias, la esencia permanece. En Argentina siglo XXI se trata de “la misma prostitución, el mismo engaño desvergonzado, la misma sed de riquezas, no por la producción, sino por el escamoteo de la riqueza ya existente de otros” de las que hablaba el autor de El Capital al describir los gobiernos franceses de mediados del siglo XIX.
El reinado de los banqueros y la deuda pública
En Las luchas de clases en Francia Marx analiza el régimen de Luis Felipe, la revolución de 1848, y los gobiernos y conflictos posteriores que llevaron al triunfo de Luis Bonaparte. Comienza señalando que con Luis Felipe no había reinado la burguesía francesa, sino una fracción de ella, los banqueros, los grandes inversores de la Bolsa, los magnates de los ferrocarriles, de las minas de carbón y hierro, y de la gran propiedad rural; lo que se conocía como la “aristocracia financiera”. Esta aristocracia dominaba el Estado, al que utilizaba como palanca para el enriquecimiento: “Instalada en el trono, dictaba leyes a las Cámaras, distribuía cargos públicos, desde los ministerios hasta las ventas de tabaco”.
Encontramos aquí un análisis de clase del manejo del Estado, a partir del cual se comprende la deuda pública. Esta no surge del aire, ya que es funcional a las maniobras de enriquecimiento de la aristocracia financiera: “Desde el comienzo, la penuria financiera puso a la monarquía de julio bajo la dependencia de la alta burguesía”. Una dependencia que sería “fuente inagotable de un creciente malestar financiero”. Y aquí Marx hace una observación fundamental: “Es imposible subordinar la gestión del Estado al interés de la producción nacional, sin establecer el equilibrio del presupuesto, es decir, el equilibrio entre los gastos y los ingresos del Estado” (énfasis añadido). Por este motivo, la burguesía industrial, la clase obrera y los pequeños propietarios, pedirán el “gobierno barato”.
Sin embargo, era imposible lograr el equilibrio sin herir los intereses de los que eran “sostenes del sistema dominante y sin reorganizar la distribución de impuestos”, esto es, sin descargar el costo fiscal sobre la misma gran burguesía. Pero la alta burguesía tenía un interés directo en el endeudamiento, ya que “el déficit del Estado era el objeto mismo de [las] especulaciones [financieras] y el puesto principal de su enriquecimiento”. Es que cada nuevo empréstito –que se renovaba cada cuatro o cinco años- daba lugar a nuevas oportunidades para esquilmar al Estado, al que se mantenía siempre al borde de la bancarrota: “Cada nuevo empréstito daba una nueva oportunidad para desvalijar al público que colocaba sus capitales en rentas sobre el Estado, por medio de operaciones bursátiles, en el secreto de las cuales estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de las Cámaras”.
De esta manera los especuladores se aprovechaban de las fluctuaciones violentas de los precios de los títulos, y el déficit se mantenía elevado. “Siendo el déficit presupuestario de interés directo de la fracción de la burguesía en el poder, se explica el hecho de que el presupuesto extraordinario, en los últimos años del gobierno de Luis Felipe, haya sobrepasado en mucho al doble de su monto bajo Napoleón…”. De manera que el déficit es funcional a los intereses “de la fracción de la burguesía en el poder”. La idea se refuerza enseguida: “Además, pasando de esa manera enormes sumas entre las manos del Estado, daban lugar a fraudulentos contratos de entrega, a corrupciones, a malversaciones y estafas de todo tipo”. Un saqueo de los fondos públicos que “se renovaba en detalle en los trabajos públicos”. De ahí que la obra pública, las construcciones de líneas ferroviarias, los gastos públicos en general, se constituyeran en otras tantas fuentes de enriquecimiento. “Las Cámaras [legislativas] arrojaban sobre el Estado las cargas principales y aseguraban el maná dorado a la aristocracia financiera especuladora”. No existe, por parte de Marx, la menor concesión a los empresarios, fueran contratistas de obra pública o inversores en ferrocarriles, que se enriquecían gracias a sus vínculos con el Estado. La situación de conjunto es descrita en los siguientes términos:
“En tanto que la aristocracia financiera dictaba leyes, dirigía las gestiones del Estado, disponía de todos los poderes públicos constituidos, dominaba la opinión pública por la fuerza de los hechos y por la prensa en todas las esferas, desde la Corte hasta el café borgne [lugar de reunión de gente de negocios] se reproducía la misma prostitución, el mismo engaño desvergonzado, la misma sed de riquezas, no por la producción, sino por el escamoteo de la riqueza ya existente de otros”. En otros términos, no había generación de valor y riqueza por incremento de la base productiva, sino saqueo, traspaso de riqueza de unas manos a otras (puede enriquecerse este análisis con los conceptos de trabajo productivo e improductivo que Marx desarrollaría luego en El Capital). Sigue el texto:
“Especialmente en la cúspide de la sociedad burguesa es donde la hartura de las concupiscencias más malsanas y más desordenadas se desencadenaba y entraba a cada instante en conflicto con las leyes burguesas mismas, pues allí es donde la fruición del goce se hace crapuleuse, donde el oro, el lodo y la sangre se mezclan con toda naturalidad. La aristocracia financiera, en su modo de ganancias como en sus goces, no es otra cosa que la resurrección del proletariado del hampa en las cimas de la sociedad burguesa”.  “Proletariado del hampa” puede leerse como el lumpen; es posible que este pasaje haya inspirado a autores muy posteriores (Baran, Gunder Frank) a hablar de la “lumpen burguesía” para referirse a formas parasitarias de enriquecimiento de fracciones de la clase dominante.
El gobierno surgido de la Revolución de Febrero
El análisis de Marx sobre la política del Gobierno “de unidad nacional” surgido del triunfo de febrero de 1848, con respecto a la deuda, conserva el mismo sesgo crítico, a pesar de que “la revolución era dirigida ante todo contra la aristocracia financiera”. Después de señalar que el crédito público descansa sobre la creencia de que el Estado se deja explotar por los prestamistas, y que la lucha de la clase obrera pone en cuestión esa credibilidad, Marx apunta que a fin de eliminar toda sospecha sobre la voluntad de cumplir con las deudas dejadas por el régimen anterior, el Gobierno pagó a los acreedores antes de que vencieran los plazos legales de reembolso. Es el argumento que se repetiría una y otra vez, asegurar a los capitalistas que se cumplen los contratos. “El aplomo burgués, la seguridad de los capitalistas, se despertaron bruscamente cuando vieron la presurosa ansiedad con la cual se trataba de comprar su confianza”.
Pero esto agravó la situación financiera del Gobierno provisorio. Y como el déficit de algún lado hay que cubrirlo, el Gobierno descargó el peso sobre los pequeños burgueses, los empleados y los obreros. Los depósitos en caja de ahorro que superaban los 100 francos fueron declarados no reembolsables en dinero, y se entregaron bonos del Tesoro en su lugar. Bonos que los ahorristas se vieron obligados a vender a los financieros contra los que se había hecho la Revolución de Febrero. El Gobierno también transformó los bancos provinciales en sucursales del Banco de Francia, al que concedió un empréstito garantizado con una hipoteca sobre los bosques fiscales. Y por último, aumentó el impuesto a los campesinos. “Los campesinos son los que tuvieron que pagar los gastos de la Revolución de  Febrero y entre ellos la contrarrevolución tomó su principal contingente”.
En conclusiónen este análisis el déficit y la deuda pública no caen del cielo. Son explicados  en un contexto social preciso, el modo de producción capitalista, y responden a lógicas de clase definidas. La corrupción, asociada al gasto público y la deuda, debería abordarse desde la misma perspectiva.
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II. Preguntémonos porqué el PJ pasó de neoliberal en los noventa a progresista durante más de una deKada.


Atendamos qué economía y
política de estado continuó profundizándose.


(continúa) 
4. Los caminos hacia la sociedad-mundo sin explotación de los trabajadores y los pueblos por el capitalismo plantean, abajo y a la izquierda, fundamentar porqué:

a) La unión, o mejor la uniformización, en torno al kirchnerismo-PJ para la victoria contra Macri y el imperialismo significa seguir avalando la impunidad de los capitales locales y de la clase política. Que han viabilizado el (y participan del) incesante acaparamiento oligopólico, realizado mediante avasallamiento totalitario de derechos en las  zonas de sacrificio y los pueblos originarios pero que nos abarcará a todos los diversos de abajo. Es  la planificada "reorganización nacional" por el Capital-Estado que la inició e impuso mediante la dictadura genocida y el gobierno Perón-Perón intentó instaurarla  con terrorismo paraestatal y estatal.

Hoy es importante esclarecernos sobre:

 

Caracterización de Cambiemos, visiones alternativas
24 de mayo de 2018
 

Por Rolando Astarita
La idea dominante en buena parte de la izquierda es que el gobierno de Macri expresa los intereses del capital especulativo y del capital imperialista, fundamentalmente de EEUU. Estos habrían sido, además, los responsables de la corrida cambiaria y los principales vehículos de la fuga de capitales. A su vez, sigue el razonamiento, el acuerdo con el FMI sella el sometimiento de Argentina a los poderes imperiales. De ahí que la demanda de la liberación nacional vuelva a estar en el primer plano. La consigna de la hora es “Patria sí, colonia no”.

Naturalmente, este discurso conlleva la noción de que el kirchnerismo y las corrientes nacionalistas burguesas o pequeño-burguesas afines, son progresivas en relación a los “financistas apátridas, el capital imperialista y el FMI”. Un razonamiento que impregna no sólo el análisis del presente, sino también del pasado. Por ejemplo, si hoy el pedido de un crédito al FMI es sinónimo de sometimiento colonial, la cancelación de los préstamos del Fondo por parte del presidente Kirchner habría sido un paso hacia la liberación nacional. Podrá decirse que la medida fue vacilante o incompleta, pero puestos en la lógica de la “liberación nacional o neocolonialismo”, no hay manera de refutar la afirmación “ahora somos más independientes” (Kirchner, julio 2006, después de la cancelación). Y con el mismo argumento ahora se concluirá que las fracciones que expresan los intereses del capital productivo y nacional son progresivas frente al gobierno de los CEO y sus negociados con el capital financiero.
En definitiva, todo empuja a reforzar la estrategia de “derrotar al enemigo principal y urgente”. Después de todo, si los padecimientos de los trabajadores se deben principalmente a los especuladores y al FMI, los mismos se aliviarán cuando llegue al gobierno algún representante del capital productivo (y argentino, faltaba más). Por eso, muchos dirigentes del campo “nacional y popular” convocan a la izquierda (incluidas las organizaciones que se referencian en Marx, Lenin, Trotsky, Che Guevara) a unir fuerzas “contra el enemigo principal”.
En este respecto, son llamativas las piruetas dialécticas de algunos dirigentes de la izquierda cuando, apurados por el envite, tratan de explicar por qué no se unen con el kirchnerismo, habiendo coincidencia en el diagnóstico sobre el “peligro inmediato”. El tema tiene importancia porque buena parte de la militancia kirchnerista, o filo stalinista, considera que el rechazo a formar un frente único anti-Cambiemos es sectario y divisionista. De hecho, el problema ya se planteó en ocasión del ballotage de 2015, cuando la izquierda llamó al voto en blanco, o la abstención. Es que si Scioli era el candidato de la burguesía “nacional y popular” (con todas sus “vacilaciones e inconsecuencias”), y Macri el candidato del capital financiero imperialista (principal responsable de los males del pueblo), ¿por qué votar en blanco? Para colmo, la izquierda consideró que el triunfo de Macri representó un “giro a la derecha”. ¿Por qué entonces no llamó a votar a la fracción “menos mala” para evitar, al menos, algunos de los sufrimientos actuales al pueblo? Son las preguntas que en su momento se hicieron muchos militantes y simpatizantes del campo nacional y popular. Y que hoy vuelven a preguntar ¿por qué no nos unimos contra el enemigo urgente? Pero aferrados a la defensa de la patria frente a las finanzas imperiales, los marxistas nacionales no pueden ofrecer respuestas coherentes.

Una visión alternativa

Mi interpretación acerca de qué expresa el gobierno de Cambiemos es distinta de la que prevalece en la izquierda marxista y nacionalista. En mi opinión, el programa del gobierno de Macri expresa los intereses del conjunto del capital, ya que su objetivo es mejorar las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo, con independencia de que el capital sea grande o pequeño, nativo o extranjero.

Por eso, al margen de tensiones y matices, la clase dominante tiene un acuerdo sustancial en, al menos: eliminar o reducir subsidios estatales; eliminar o reducir planes sociales; disminuir jubilaciones (en el mediano plazo, elevar la edad de jubilación); reducir impuestos; reducir el costo “de la política”; sostener un tipo de cambio real alto; impedir que los salarios se ajusten según la inflación y bajarlos en términos reales; debilitar el derecho de huelga (la represión a los huelguistas de subterráneos Buenos Aires es ejemplar); profundizar la flexibilización laboral; abaratar los despidos; acabar con lo que llaman “la industria del juicio”; y debilitar, o suprimir, a las corrientes sindicales combativas (de nuevo, véase subterráneos). Estas reivindicaciones son levantadas por empresarios y voceros de la industria, el comercio, la minería, el agro, el transporte, la banca y demás instituciones financieras. Por eso la corrida cambiaria fue aprovechada por prácticamente todas las fracciones para pedir al gobierno que acelere “el ajuste”, y  a la oposición parlamentaria “que deje hacer al gobierno”. Y si hay cuestionamientos, estos apuntan a la capacidad del gobierno para hacer el “ajuste” a fondo.
Es absurdo entonces, y contrario a los hechos, sostener que se trata sólo de reclamos del capital financiero, o del capital financiero imperialista. Pero por esto mismo, también es absurdo, y contrario a los hechos, decir que la devaluación del peso y las medidas de ajuste ocurren porque las “ordena” el FMI. Por supuesto, el FMI refuerza la orientación en curso, pero lo esencial es que existe una convergencia de intereses objetivos entre el Fondo y la clase capitalista local. Más aún, la demanda de avanzar en el ajuste la formulan, de hecho, los capitalistas a través de la huelga de inversiones y la fuga de capitales. Por eso, también es contrario a toda la evidencia afirmar, como leo en algún periódico de la izquierda radicalizada, que la devaluación del peso se produjo porque la dispuso el FMI. La realidad es que la corrida comenzó antes del pedido de crédito al FMI, y obedeció a la pura lógica de la ganancia, el único criterio que cuenta en estas cosas. Ante estas evidencias, la afirmación de que todo se debe al FMI y los poderes foráneos solo puede explicarse por el afán de exaltar, a cualquier precio, el nacionalismo. Es el tipo de argumento que a lo largo de décadas presentaron las organizaciones stalinistas (el PC en primer lugar) para disculpar a los capitalismos “nacionales” y apoyar a la fracción “progre y nacional” de la clase dominante.


En base a lo anterior, también sostengo que la clase obrera no debería encolumnarse detrás del discurso patriótico, que hoy todo lo inunda. Para la clase explotada, que el capital sea propiedad de Lázaro Báez o de Cristóbal López, y no de Techint o Coca Cola, es un tema irrelevante. En cuanto al FMI, y el capital financiero internacional, no se los puede derrotar sin romper con la burguesía nativa (y en última instancia, el resultado de esta lucha dependerá de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo en el plano mundial; no es un tema meramente “nacional”). Es esencial retener que la burguesía argentina no tiene ninguna progresividad histórica.

En el mismo sentido, que el capital sea pequeño o mediano no es razón para asignarle algún rol progresivo, o para depositar confianza en sus representantes políticos. En este punto es conveniente recordar el viejo consejo de Lenin a los obreros rusos: “No confiéis en ningún pequeño propietario, por pequeño que sea, incluso trabajador” (citado por Trotsky). Esta recomendación tiene vigencia.

En definitiva, las caracterizaciones alternativas del gobierno de Cambiemos conectan con una de las cuestiones que tradicionalmente más se han discutido en la izquierda, a saber, cuál es la “contradicción principal” (para usar una expresión de los sesenta). Por un lado, la que dice que es entre el capital especulativo-imperialista y el resto de la población (o “el pueblo”). Por otro lado, la que dice que la contradicción principal es entre el capital y el trabajo. La primera induce al conciliacionismo de clase. La segunda es el fundamento de la independencia de la clase obrera con respecto a toda ideología burguesa.
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Caracterización de Cambiemos, visiones alternativas
b) La defensa del capitalismo como el único sistema social que concreta el bienestar material de los pueblos significa e implica negar la crisis civilizatoria a la cual nos condujo. Es desconocer catástrofes humanitarias y socioambientales en acelerada multiplicación que amenazan de extinción a la vida en general y a la humana en particular.

Con cinismo o increíble ignorancia sobre política económica y revolución como cambio radical de sistema social e internacional, Antonio Lorca Siero formula una visión tan descabellada que no merecería ser expuesta pero contribuye a la gravitación del progresismo como promotor del embaucamiento mayoritario sobre la posibilidad de humanizar el capitalismo y que a la izquierda suya están la pared o los funcionales a la derecha.

En efecto, Antonio Lorca Siero indica: "La previsión del capitalismo es que las masas se pongan al servicio de su negocio, mientras que para un anticapitalismo realista de lo que se trata es de invertir la propuesta y poner al capitalismo al servicio de las masas. El capitalismo es depredador, porque en interés del negocio no duda en destruir cuantos obstáculos encuentra en su camino, pero a este capitalismo bárbaro el anticapitalismo realista contrapone un capitalismo humano en armonía con la naturaleza. Todo lo demás es pura demagogia auspiciada por el propio capitalismo, utilizando a sus figurantes en el escenario político". 

Anticapitalismo realista
23 de mayo de 2018
 Por Antonio Lorca Siero (Rebelión)
Los posicionamientos que se han venido acogiendo al término anticapitalismo operaron y operan en el terreno de la utopía o se han definido como una forma de hacer política. En ambos supuestos sus proyectos han desembocado en fracaso por falta de conexión con la realidad social. El motivo no es otro que, aunque la ciudadanía se deje emocionar temporalmente por cantos de sirena, al final recupera el sentido de utilidad que domina la existencia, y en este punto el bienestar material resulta ser determinante. De ahí que la entrega al modelo facturado como capitalismo goce de prevalencia y se sostenga, tras más de dos siglos de intentos de desmontar el modelo acudiendo a ensayos puntuales y revoluciones en definitiva fracasadas.
Dado el estado de desarrollo del capitalismo y su implantación a nivel global, elaborar cualquier modelo dirigido a desbancarle de la posición que ocupa ha resultado ser un simple querer y no poder. Hay que aceptar que el argumento central del poder en el que se asienta reside en el protagonismo alcanzado por la economía frente a la política, a la que ha desplazado en la exclusividad de gobernar a los pueblos. Ignorar la realidad material del funcionamiento económico regido por los principios capitalistas es dar la espaldas a lo evidente . Con remisión a otra época, en la que la fuerza física era determinante de la gobernabilidad y la política venía a ser un intento racional de gobernar desde el simple uso de la fuerza, la economía mostraba sumisión a la política, en cuanto garante racional de aquella fuerza que ocupaba la primera línea. Cuando el modelo de gobernabilidad basado en la fuerza física  se debilita y es sustituido por la realidad basada en la nueva fuerza económica -el capitalismo-, y esta fuerza se formaliza como poder, el sistema experimenta un cambio sustancial. A partir de ese momento, la fuerza ahora dominante permanece en la retaguardia y coloca en el escenario solamente a la política, otorgándola aparente autonomía, mientras la fuerza física pasa a ser instrumento a su servicio. Se construye así una estructura basada en el Estado institucionalizado, sometido en su funcionamiento al Derecho. En este modelo político, tras el poder institucionalizado, permanece el poder real en un segundo plano, respondiendo a la fuerza dominante en la sociedad, que se percibe de forma material, no como capital sino como dinero. Con lo que la racionalidad que acompañan al Estado, al Derecho y al funcionamiento de la política se someten al poder real del dinero –hoy disponemos de tantos ejemplos sobre el particular, que sólo basta con abrir los ojos para verlo- y quien lo controla resulta ser el capitalismo .
Es evidente que el capitalismo ha conducido la realidad económica, política y social a la medida de sus intereses . Mientras, la fuerza real de las distintas sociedades, que son las masas, han sido incapaces de imponer control , para que los recursos económicos generados desde la actividad capitalista aprovecharan a todos y no a una minoría. Las masas han asumido el capitalismo, pese a sus injusticias y el desproporcionado reparto de bienes, como un mal menor, porque no están dispuestas a renunciar a la mejora de la calidad de vida que ha proporcionado. En esto se impone el sentido de utilidad y optan por quedarse con lo que parece menos malo . En cuanto a la política, no puede ir contra el capitalismo que la sostiene. Aunque convendría que no ignorara -pese a la simbología de la democracia representativa- la realidad de las masas, como fuerza de la que proceden todas las fuerzas.
Parece ser que anestesiadas las masas con ese consumo , que se dice lleva al bienestar, no hay posibilidad seria de enfrentarse a los planteamientos del capitalismo, ya que tratar de hacerlo desde la política, basándose en promover los movimientos de masas o la captación de seguidores de propuestas demagógicas son simples juegos políticos, que a la postre acaban desplazados por la realidad. El anticapitalismo político , a poco que se observe, resulta ser propaganda electoralista movida por el populismo , fundamentalmente de izquierdas, que busca oportunidades para políticos que ven recortadas sus posibilidades de acceso al poder, con lo que se muestra como una oportunidad de tomarlo, apoyándose en los votos de quienes se sienten desfavorecidos. No es más que un subproducto resultante del descontento derivado de la desigualdad de oportunidades que ha generado el capitalismo. Pero en el fondo allí se sigue obrando en términos capitalistas. Si sus promotores llegan a acceder al poder institucional, darán cuatro brochazos para aparentar que todo ha cambiado, pero el cambio será aparente, porque no hay que olvidar que estamos hablando de simple propaganda, mientras que la realidad camina en otra dirección. Por tanto, el anticapitalismo político se queda en una estrategia de partido, movida por sus líderes, que utiliza el desencanto de las masas como medio para llegar a ejercer el poder, aprovechando la voluntad de las individualidades contrarias a las prácticas capitalistas, pero una vez llegados al poder se comportan como lo que son, consumistas seguidores de las reglas marcadas por la doctrina capitalista.
En cuanto a la alternativa de hacer un anticapitalismo desde los grandes movimientos de masas ha resultado, en definitiva, un proyecto igualmente fracasado. Se ha sostenido en ficciones ideológicas que chocan con la realidad material. De ahí que el anticapitalismo utópico no haya tenido futuro más allá del campo de las ideologías. Su trayectoria histórica viene movida por la revalorización del valor masas, las que coloca frente a la clase dominante, inicialmente la burguesía y más tarde simplemente la clase capitalista. El argumento base es la opresión burguesa, y el principal oprimido el proletariado, remitiéndose la cuestión a una lucha de clases.
El anticapitalismo se oferta como la lucha de la clase trabajadora frente a los abusos de la clase burguesa. Este proyecto, iniciado con Marx y sus seguidores como lucha de clases, y defendido por el anarquismo, reivindicando el papel de los obreros, y concluido provisionalmente con los movimientos de mayo del 68, donde adquiere una dimensión masiva y cultural, supone un avance en el plano de las ideas. Además, se aprecia un tránsito desde el aspecto fabril a otros más cercanos de la vida cotidiana, al objeto de ganar en profundidad y en seguidores, adaptándose a los nuevos tiempos; pese a ello, sigue fallando la conexión con la realidad de una sociedad de masas consumidoras. Si el anticapitalismo en el terreno de la lucha de clases responde a la realidad de la época y con el anarquismo se trata de encontrar soluciones radicales, progresivamente el anticapitalismo va perdiendo vigor, pese a las algarabías callejeras del mayo del 68, hasta casi quedar reducido en la actualidad a una anécdota.
Para una aproximación a este proceso de decaimiento del movimiento anticapitalista hay que acudir a la referencia histórica. La lucha de clases concluyó sustituyendo una clase por otra, y no precisamente colocando en su lugar al pueblo. A los burgueses tomó el relevo el funcionariado del partido y la actividad creadora del capitalismo fue sustituida por la rutina burocrática -la vieja URSS, salvando algunos puntos específicos, puede servir de ejemplo-. Inevitablemente acabó por demostrarse que, pese a los buenos propósitos que animaron a la ideología del proletariado, la utopía realizable de Bloch, cuando se hizo realidad no permitió ganar en bienestar a las masas, pese a liberarse tanto de los restos del absolutismo, como de la burguesía o del simple capitalismo depredador. Las ideas fueron desplazadas por la burocracia de partido único dedicado a mirar por los intereses personales de sus miembros, para dedicar al pueblo las migajas de un sistema incapaz de competir con el capitalismo. En cuanto al anarquismo, desde su dimensión violenta, nunca tuvo futuro, porque cualquier intento de subvertir el orden marcado por el sistema capitalista desde fuera del propio capitalismo parece estar abocado al fracaso. El argumento sería que el dinero puede comprar, no sólo la razón -tal como vemos permanentemente en las noticias de actualidad- sino cualquier fuerza, ya que quien dispone del dinero cuenta con mayor arsenal armamentístico. Pasando a mayo del 68, como ultimo intento del capitalismo utópico para desplazar el capitalismo desde el anticapitalismo, al objeto de actualizarlo culturalmente, se trata de un movimiento que en el fondo aparece controlado por el capitalismo. Aprovechando el apasionamiento juvenil de quienes luego en mayor o menor medida se fueron adaptando al sistema, tomando el papel de burgueses revolucionarios, acusaba en mayor medida que los anteriores falta de realismo y carencia de viabilidad.
Desde que Fukuyama sacó a la luz el metafórico fin de la historia , la oposición ideológica al capitalismo se ha quedado escasa de argumentos enérgicos. Pese a todo, las anteriores experiencias anticapitalistas no han caído en saco roto porque la idea de fondo sigue presente. No obstante, de lo que se trata es de plantear la oposición al modelo capitalista desde el realismo. El anticapitalismo realista no puede renunciar ni a la referencia política ni a la ideológica, pero se mueve en el terreno de la realidad social, en la que juega un papel fundamental lo económico . Si lo político y lo ideológico no han sido útiles, porque se ha echado en olvido la realidad social plena y el arma de las revoluciones es endeble, por falta de un consenso total de la sociedad, en cuanto el asunto afecta a unos y no a otros, la cuestión económica, es decir, el dinero, compete a todos y la realidad social se mueve a su dictado. Si el anticapitalismo político, entendido como forma de dedicarse a la política, es un simple producto comercial de los vendedores de ilusiones para captar a la disidencia, y el capitalismo utópico trata de combatir al capitalismo desde las ideas desconectadas de la realidad material de la existencia, el anticapitalismo realista es una propuesta para domesticar al capitalismo y reconducirlo por el terreno de la utilidad social, para que su funcionamiento redunde prioritariamente en la mejora de la calidad de vida de las masas y no en provecho de las elites. En definitiva, se trata de ponerlo al servicio de las propias masas consumidoras.
La evidencia está ahí, pero se trata de ignorar por conveniencia. El poder, que corresponde a las masas, ha sido asumido por las elites. Para garantizar la dominación desde este planteamiento, se ha construido el Estado. Un instrumento útil para la gobernabilidad, que debe pasar a ser controlado por las masas, liquidando el modelo elitista de gobierno . La tesis elitista es un producto utilizado por el capitalismo para asegurar su viabilidad desde planteamientos atentos a la riqueza de unos pocos, más que para cumplir con el capital , siguiendo el mandato del capitalismo. En cuanto a las masas son las simples explotadas para que otros prosigan con su particular negocio. Baste señalar que tanto su tendencia elitista como el método de explotación para crear riqueza, aprovechada solamente por una minoría, son a ojos vista totalmente injustos. De otro lado, la pretensión individualista de transformar el capital en riqueza no es más que la consecuencia del personalismo que afecta a la esencia del propio capitalismo desde la revolución burguesa, ya que se ha llegado a confundir capital con riqueza. En su descargo, a su amparo se ha alcanzado una cota de bienestar general considerable en comparación con sus precedentes, pero esto no supone que deba disponer de patente de explotación social a perpetuidad.
Un anticapitalismo realista pasa inevitablemente por el control real del aparato del Estado por las masas. Ya no sirve la democracia representativa. Se trata de un modelo obsoleto, útil en su día para canalizar políticamente a las masas desde el elitismo burgués. Ahora no es más que un arreglo de los partidos para que las minorías continúen ejerciendo el poder invocando la legitimidad de las urnas. En el tema de la llamada al orden desde el anticapitalismo, un sistema político basado en minorías representativas de todos, sólo permite que el capitalismo funcione a su aire utilizando el argumento del dinero, que se hace extensivo a nivel personal de los seleccionados para ejercer la gobernabilidad. Hoy escandaliza a la sociedad los casos de corrupción política individualizados, pero hay que verlo como la consecuencia de entregar un cheque en blanco a través del voto , que puede salir mejor o peor, pero en lo que se aprecia una inhibición absoluta del asunto político por parte de la ciudadanía.
Si la anteriores propuestas son, por el momento, simple utopía, hay otra realidad circulando que puede aprovecharse. Se trata de la condición de masas consumidoras, producto indispensable para el funcionamiento del capitalismo. Si las empresas no venden en los términos que conviene a los intereses mercantiles, el capitalismo se colapsa. De ahí que haciendo valer su condición de elemento determinante del funcionamiento del mercado, las masas tendrían la capacidad de poner orden en el capitalismo . Al objeto de convertir esta propuesta en otra utopía, la función de la clase política y de los empresarios es contribuir a transformar consumidores en consumistas . Circunstancia que les hace perder buena parte de esa racionalidad que reclama la existencia. Pasando a ser en parte confundidos por la norma del consumo por el consumo -véase, entre otros, el fenómeno smarphone -. La cuestión de combatir la tendencia al consumismo, resaltando el papel del ahorro , para pasar a ser consumidores racionales, es esencial para llegar a poner bajo control al capitalismo.
La previsión del capitalismo es que las masas se pongan al servicio de su negocio, mientras que para un anticapitalismo realista de lo que se trata es de invertir la propuesta y poner al capitalismo al servicio de las masas. El capitalismo es depredador, porque en interés del negocio no duda en destruir cuantos obstáculos encuentra en su camino, pero a este capitalismo bárbaro el anticapitalismo realista contrapone un capitalismo humano en armonía con la naturaleza. Todo lo demás es pura demagogia auspiciada por el propio capitalismo, utilizando a sus figurantes en el escenario político.
c) La descripción de la realidad (de Venezuela, sus elecciones y la de los países de Nuestra América que se le oponen) conlleva un análisis superficial, cortoplacista y sesgado cuyo reduccionismo se cristaliza en: "Pensando a futuro (...)El Gobierno, con el poder que acumula en sus manos, tiene que actuar sin más dilaciones en dos frentes: el político, para resistir una nueva e inminente arremetida del imperio, que puede llegar a ser violenta y que para desbaratarla será necesario profundizar la organización y concientización del campo popular. Y el frente económico, para resolver los problemas del desabastecimiento, la carestía, el circulante y la inflación.

En una palabra: es preciso rectificar el rumbo y mejorar la calidad de la gestión de la política económica para evitar que las penurias del pueblo se conviertan en decepción y ésta, de no mediar una solución a los problemas, en el hartazgo que abre las puertas de la ira y la violencia. Y, por favor, evitar por ahora enredarse en estériles discusiones sobre el cambio de la matriz productiva del rentismo petrolero y todo lo que lo rodea. Ese es un programa de cambio estructural que, con suerte, para concretarse se requieren quince o veinte años de continuidad política. Por lo tanto, hay que concentrarse en las tareas inmediatas, al menos por ahora. Los problemas económicos que afectan a la población y que debe resolver el Gobierno son de cortísimo plazo, de hoy y mañana, de una semana a lo máximo. Si fracasara en ese empeño el futuro del Gobierno de Nicolás Maduro podría verse muy seriamente debilitado y su estabilidad entraría en una zona de peligro inminente".

Comprobamos que, como el kirchnerismo respecto a Argentina, tiene una concepción de política económica de las urgencias de sobrevivencia sin valorar los extractivismos como generadores principales de la situación vivida. Son reforzadores del capitalismo dependiente o del subdesarrollo implícito en la división imperialista del trabajo planetario. Tampoco se molesta en hacer el balance crítico del extenso período de gobiernos chavistas que no produjeron cambios estructurales en el Capital-Estado ni promovieron el poder comunal, al contrario.

Las tareas inmediatas
23 de mayo de 2018
 Por Atilio A. Boron (Rebelión)
La oposición venezolana desperdició este domingo una posibilidad única para medir fuerzas con el Gobierno de Nicolás Maduro. Si como dicen sus voceros, dentro y fuera de Venezuela, los opositores cuentan con el favor de la gran mayoría de la población, ¿por qué no presentaron una candidatura única que, quizás, podría haberle abierto la puerta del Palacio de Miraflores y lograr, por vías institucionales, la tan anhelada “salida” del presidente Maduro? No lo hicieron, y la excusa fue que no existían garantías de honestidad y transparencia en el proceso electoral. Olvidaron, o prefirieron olvidar, la sentencia del ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter -un crítico del chavismo- cuando en el año 2012 dijo, en el discurso anual ante el Centro Carter, que "de las 92 elecciones que hemos monitoreado, yo diría que el proceso electoral en Venezuela es el mejor del mundo."(https://actualidad.rt.com/actualidad/view/54145-jimmy-carter-sistema-electoral-venezolano-mejor-mundo).

Por si lo anterior fuera poco en los 23 procesos electorales que se llevaron a cabo desde que Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999 jamás se presentaron pruebas concretas de fraude ante el Consejo Nacional Electoral. Todo se redujo a airadas declaraciones y denuncias sin fundamento, mentirosas como las que estamos escuchando en estos días y que son recogidas y reproducidas ad infinitum por esa cloaca maloliente de lo que una vez fue el periodismo: los grandes medios de comunicación hegemónicos en América Latina, encargados de desinformar meticulosamente a la opinión pública.

¿Por qué desertaron del comicio, por qué no recogieron el guante que les arrojó Maduro? Fácil: porque ni ellos se creían sus propias bravuconadas. Sabían que no era verdad que la mayoría del electorado acompañaría a la oposición; eran conscientes de que por más protestas y quejas que suscite la crisis económica y las poco efectivas respuestas del Gobierno el pueblo venezolano sabe muy bien que los opositores son la oligarquía, superficialmente aggiornada, que por siglos lo oprimió y despreció. Por eso en lugar de ir a las urnas se dedicaron a denunciar de antemano que las elecciones serían fraudulentas, un pretexto para evitar que su inferioridad numérica quedase registrada para siempre. En lugar de ello apostaron a la abstención, y a la "vía corta" para tumbar a Maduro por medios violentos y confiando en la eficacia destructiva de las presiones internacionales. Es la estrategia de "cambio de régimen" que Estados Unidos viene propiciando hace décadas. En línea con ésta la Casa Blanca se puso a la cabeza de esa ofensiva y le ordenó a sus peones latinoamericanos que lanzaran un ataque frontal contra Caracas. Para infortunio de la oposición, la abstención quedó muy lejos de la marca que esperaba para, de ese modo, deslegitimar el triunfo de Maduro. En realidad aquella es casi idéntica a la que hubo en Chile en primera vuelta presidencial del 2017, en donde la tasa de participación electoral también fue del 46 por ciento, y no hemos escuchado a ninguno de los publicistas y empleados de la derecha que dicen ser periodistas rasgarse las vestiduras por ello y cuestionar el triunfo de Sebastián Piñera. Pero una cosa es Venezuela y otra es Chile; la primera tiene la principal reserva de petróleo del mundo y Chile no.

Un índice comparativo de la representatividad presidencial, necesario para calmar las angustias de las buenas almas democráticas, lo ofrece el cociente entre los votos obtenidos por diferentes presidentes y la población electoral. Sebastián Piñera fue elegido presidente de Chile con el respaldo del 26.5 % del electorado; Juan M. Santos con menos todavía, el 23.7 %; Mauricio Macri, con el 26.8 %; Donald Trump con el 27.3 % y Nicolás Maduro, el domingo pasado, con el 31.7 %. O sea, que si se va a hablar del atropello a la democracia en Venezuela, como lo hace el Cartel de Lima, habría primero que mirar un poco estas cifras y entender lo que ellas significan. Pero la Casa Blanca no se inmuta ante nada. Fiel a lo que una vez le dijera a un periodista del New York Times el señor Karl Rove (en el 2003, cuando era el principal asesor de George W. Bush) "nosotros ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos la realidad" (
http://www.reddit.com/r/quotes/comments/8citkn/were_an_empire_now_and_when_we_act_we_create_our/), el Gobierno de Estados Unidos creó la "realidad" de una dictadura para un Gobierno que convocó a 23 elecciones en 20 años y que en las dos ocasiones en que fue derrotado reconoció de inmediato el veredicto de las urnas. La oposición "democrática" jamás reconoció sus derrotas y sumió al país en el caos y la violencia callejera en el 2013 y 2017. Pero Estados Unidos creó esa "realidad" y sus impresentables lacayos de Lima se movilizaron al instante para acosar al Gobierno bolivariano y profundizar la crisis en Venezuela. No deja de ser una penosa tragicomedia que personajes tan desprestigiados como los miembros de esa banda pretendan darle lecciones de democracia a la Venezuela bolivariana. El Gobierno argentino, presidido por un demagogo que prometió el oro y el moro en su campaña para luego incumplir todas sus promesas, y que además preside un Gobierno cuyos principales figuras son millonarios que no repatrían sus fortunas convenientemente alojadas en paraísos fiscales porque no confían en la seguridad jurídica ... ¡que brinda su propio Gobierno!, amén de haber arrasado con la libertad de prensa y el estado de derecho; el Gobierno de México, que en el sexenio de Peña Nieto contabilizaba 40 periodistas asesinados hasta enero de este año, y con un proceso político electoral corrupto hasta la médula por el narcotráfico y el paramilitarismo, con miles de muertos y desaparecidos y en donde los 43 jóvenes de Ayotzinapa son la pequeña punta de un gigantesco iceberg de 170.000 muertos y más 35.000 desaparecidos en los últimos diez años, sin que el hiperactivo secretario general de la OEA tomara nota de lo que para él, seguramente, es una nimiedad; el de Colombia, otro Gobierno penetrado por el narco, con un presidente que ha saboteado el proceso de paz y asistido impávido a la incesante matanza de líderes sociales, aparte de su probada participación -como Ministro de Defensa- en los asesinatos en masa de la época de Uribe, los "falsos positivos" y las fosas comunes que siguen apareciendo a lo largo y ancho de Colombia; el Gobierno de Brasil, presidido por un corrupto probado que fraguó un golpe de estado y usurpó la presidencia de ese país, y que cuenta con la raquítica aprobación de sólo el 3 % de la población y un 0.9 % de intención de voto. Estos son los personajes que tienen la osadía de vituperar al Gobierno de Maduro calificándolo como una dictadura. No creo que ningún demócrata en el mundo debiera preocuparse por a opinión que puedan emitir sujetos con tan dudosas credenciales democráticas. 
Pensando a futuro: con la re-elección de Maduro asegurada, con la Asamblea Nacional Constituyente a favor del Gobierno, la casi la totalidad de los gobernadores y las alcaldías no puede haber excusa alguna que impida lanzar un combate sin cuartel contra la guerra económica decretada por el imperio y atacar a fondo a la corrupción (no sólo la que practican las grandes empresas sino también la que, desgraciadamente, está enquistada en algunos sectores de la administración pública) y combatir con fuerza las maniobras especulativas y el contrabando de los grandes agentes económicos locales, peones de la estrategia destituyente diseñada por Washington.
Sería suicida ignorar que las penurias que está sufriendo la población venezolana tienen un límite. La menor afluencia a las urnas este domingo fue una señal temprana de ese descontento y de un peligroso acercamiento a ese límite. El Gobierno, con el poder que acumula en sus manos, tiene que actuar sin más dilaciones en dos frentes: el político, para resistir una nueva e inminente arremetida del imperio, que puede llegar a ser violenta y que para desbaratarla será necesario profundizar la organización y concientización del campo popular. Y el frente económico, para resolver los problemas del desabastecimiento, la carestía, el circulante y la inflación.

En una palabra: es preciso rectificar el rumbo y mejorar la calidad de la gestión de la política económica para evitar que las penurias del pueblo se conviertan en decepción y esta, de no mediar una solución a los problemas, en el hartazgo que abre las puertas de la ira y la violencia. Y, por favor, evitar por ahora enredarse en estériles discusiones sobre el cambio de la matriz productiva del rentismo petrolero y todo lo que lo rodea. Ese es un programa de cambio estructural que, con suerte, para concretarse se requieren quince o veinte años de continuidad política. Por lo tanto, hay que concentrarse en las tareas inmediatas, al menos por ahora. Los problemas económicos que afectan a la población y que debe resolver el Gobierno son de cortísimo plazo, de hoy y mañana, de una semana a lo máximo. Si fracasara en ese empeño el futuro del Gobierno de Nicolás Maduro podría verse muy seriamente debilitado y su estabilidad entraría en una zona de peligro inminente. 

Esta nota es una versión ampliada de la nota publicada originalmente en Página/12.
 

Veamos que en confrontación con estos tres posicionamientos se está concretando economía con política de construcción del socialismo. Reflexionemos sobre:
Encuentro en Solidaridad con el Movimiento Comunero de Simón Planas:
por la unidad popular para el socialismo territorial
El 23, 24 y 25 de febrero fueron días que permitieron concentrarnos cientos de militantes de la revolución bolivariana de diversos espacios y latitudes que tenemos en común el asumir como horizonte lo comunal como vía para de construcción del socialismo. La Comuna El Maizal fue el espacio que permitió la realización del Encuentro en Solidaridad con el Movimiento Comunero de Simón Planas, quien reclama el reconocimiento del triunfo electoral de Ángel Prado, referente de dicha comuna, en las pasadas elecciones municipales.
El encuentro permitió no sólo hacer acto de presencia para la solidaridad por el reclamo justo, sino también para el intercambio de diversas experiencias territoriales que asumen los mismos retos y prácticas, permitiendo debatir sobre cómo vemos posible continuar ese camino en el marco de la actual crisis, donde el enemigo estratégico asecha como nunca antes y cuando la apuesta comunal no aparece como línea coherente de acción desde el gobierno bolivariano.

Sobre El Maizal y la construcción de hegemonía
Se acerca el 05 de marzo, la fecha remite para millones en Venezuela y más allá, a la pérdida física del Comandante Chávez, una ausencia que aún pesa, que deja un mal sabor pero que también permite definir retos, hacer esfuerzos por analizar sus aportes y su vigencia hoy en día. Esa misma fecha pero en el 2009, nos remite a otro suceso, el Comandante se disponía en su Aló Presidente a conectarse con su pueblo, desde un predio recuperado entre los estados Lara y Portuguesa, su lucha contra el latifundio y la tierra improductiva seguía en agenda de gobierno pero ya en ese momento lo vinculaba a otro ensayo político que alentaba la organización del pueblo para el impulso del autogobierno popular: las comunas socialistas.
Ya casi será el noveno aniversario de la Comuna El Maizal, que nació de esa interacción de Chávez con lxs humildes productores que levantaban desde el primer momento las banderas del proceso bolivariano. Mucho ha sucedido en estos años en esos territorios, tantos que podemos decir que la comuna es una evidencia clara que la apuesta de entregar medios de producción a un pueblo con cultura de trabajo y organización, que además tiene como ruta el acumular fuerzas para su desarrollo integral, es una vía efectiva para el socialismo planteado en Venezuela.

Su capacidad productiva ha permitido construir la base material para sostener diversas dinámicas sociales y luchas vinculadas con la recuperación de tierras y espacios improductivos para, bajo gestión comunal, activarlas y ponerlas al servicio del pueblo. Por ello podemos decir que su capacidad de distribución de alimentos ha sido muy importante para paliar un poco las duras condiciones que la guerra económica, impulsada por los enemigos de la revolución, mantienen sobre la población.
Sus más de mil cien hectáreas sembradas de maíz el año pasado, la mayoría arrimada al Estado venezolano pero también un porcentaje distribuido en sus mercados comunales de forma directa, los mismos que sólo en el mes de diciembre pasado distribuyeron más de 12.500kg de carne, 1.000kg de queso, además de café, leguminosas, verduras, hortalizas y frutas diversas, beneficiando a la población de por los menos 80 Consejos Comunales, en un municipio con menos de treinta mil habitantes. Todos sus excedentes son dirigidos a la reinversión social en diversas áreas y proyectos, previa aprobación del Parlamento Comunal, así se han construido dos escuelas, dispensarios, realizados mantenimiento general al hospital del Municipio, recuperado vialidad agrícola, por decir sólo algunas.
También el desarrollo organizativo de la Comuna El Maizal, ha contribuido con el impulso de las comunas más allá de su ámbito de 22 consejos comunales, siendo la primera comuna formalmente constituida en el Municipio Simón Planas, ha marcado el camino a ocho más (que incluso agregan ámbitos no solo del estado Lara, sino también de Portuguesa, como sucede con El Maizal, y Yaracuy, desarrollando la agregación según las condiciones históricas/geográficas superando la tradicional división política territorial) y por ello hoy en día se plantean el impulso de la Federación Comunal y su Distrito Motor de Desarrollo Agroalimentario, para lo cual diseñan la constitución de dos Ciudades Comunales (1).

En fin, es un autogobierno con capacidad real de gobernar desde las dinámicas que lo comunal desarrolla y que como chavistas asumen que el desarrollo de la fuerza implica, desde la construcción de hegemonía, ir ocupando todo espacio necesario para el avance.
Por eso plantearon el nombre de Ángel Prado, referente de la Comuna El Maizal y uno de los voceros de su parlamento como candidato territorial por el Municipio Simón Planas a la Asamblea Nacional Constituyente, obteniendo un triunfo con más del 80% de los votos. Dejando claro la proyección de un esfuerzo que transciende el ámbito de la comuna formalmente constituida.
Para ese triunfo se constituyó con lxs comunerxs del municipio una estructura que garantizaba presencia en todos los centros electorales, la misma se activo para garantizar un caudal de votos para el triunfo en las elecciones para la gobernación y como era lógico el Movimiento Comunero postulo al mismo Prado para la alcaldía en cuanto fueron convocadas dichas elecciones, el triunfo estaba asegurado.

Así el desarrollo de “lo nuevo” contaba con el respaldo popular para asumir la estructura formal del poder que ha sido enemiga desde siempre de la comuna, despejar el camino del adversario en base a una consulta popular ha sido una guía usada en estos años de revolución pero en este caso el contrincante era el mismo aparato político que conduce el gobierno revolucionario.
El 1 de noviembre, día para la inscripción de candidatos el PSUV informa que no apoyara a Ángel Prado y en acuerdo de asamblea popular deciden inscribirlo por iniciativa propia, así inicia una larga lucha que se mantiene al día de hoy. Mil trabas se sortearon para llegar a las elecciones, las que ganaron con el 57,45% de los votos que lo deben acreditar como el Alcalde legítimo del Municipio Simón Planas en Lara y que no es reconocido por el Consejo Nacional Electoral (CNE) bajo el argumento que no era un candidato autorizado por la Junta Directiva de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), ya que Prado es el constituyente territorial del mismo municipio.

Lucha por el poder, el sentido y el horizonte estratégico dentro del chavismo
Lo sucedido en Simón Planas remite una lucha que supera una alcaldía de un pequeño municipio, es la disputa central en el seno del chavismo a toda escala o por lo menos lo que marcara el desarrollo de las tensiones internas sobre cómo gobernar y cómo continuar el proceso hacia sus adentros, más allá de la confrontación permanente con la oposición y los intereses foráneos por acabar el proceso bolivariano.
Puede definir cómo se ejerce el poder por algunos para limitar el desarrollo de las fuerzas que le adversan internamente, negando la resolución de las diferencias en el seno de la revolución desde códigos que se venían construyendo de forma coherente con los postulados de la democracia, impidiendo la posibilidad de dar caminos de resolución a las tensiones que deben dar vitalidad al ejercicio de gobierno. Además pone en disputa el sentido de la revolución misma, al abrir o cerrar posibles vías para avanzar y triunfar en momentos que la desesperanza avanza y el horizonte socialista se ve cada vez más difuso.
La revolución bolivariana, con sus matices, asume como parte de su identidad lo planteado por Chávez en múltiples ocasiones, desde el Libro Azul hasta el Golpe de Timón: “una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática, y eso nos obliga a nosotros no a imponer, sino a convencer”, sumado a “la transformación de la base económica del país para hacerla esencial y sustancialmente democrática” para el fin de “cambiar toda la relación geográfica-humano socioterritorial y cultural”, allí mucho de lo que define el proyecto comunal y de lo expresado en el Encuentro en Solidaridad con el Movimiento Comunero, lo que convoca a la diversidad que se hizo presente (2).
La unidad necesaria del chavismo para el reimpulso de lo comunal y la necesaria autocrítica
En el encuentro tuvieron presencia diversos sujetos que se sumaron a la convocatoria, militantes de base de diversas experiencias, comunales, culturales, de sectores sociales, intelectuales, colectivos de comunicación alternativa y comunitaria, partidos políticos, entre otros, evidenciando varias circunstancias que cruzan el momento: la efectiva existencia de un sujeto político construido en estos años desde el chavismo que asume lo comunal como vía de construcción de la revolución, contraria a lo presente en los espacios burocráticos o al ejercicio tradicional de la política.
También muestra la debilidad de ese línea de construcción, a pesar de existir cientos de experiencias se puede decir que el desarrollo de su potencia es limitado, a pesar de los avances que se han tenido, la imposibilidad de levantar plan de lucha autónomo; de gestionar proyectos económicos que permitieran un real desarrollo productivo; además de avanzar en la agregación o articulación para definir una identidad de un movimiento, más allá de las organizaciones existentes, que permitieran presionar para el cumplimiento de una agenda clara, incluso aprobada por el Presidente Maduro en el marco del Consejo Presidencial de Comunas o de su defensa ante los ataques y trabas que sufren ante la burocracia y los intereses políticos a todo nivel, con mucho énfasis en los espacios de gobierno local.

A todo eso toca sumar el no lograr aún asociar lo comunal como un proyecto que transciende a los consejos comunales y comunas, como si la misma fuese tarea de un sector y no de la sociedad; son algunas de las razones, de seguro no las únicas, que explican la falta de fuerza para disputar el sentido y horizonte necesario.
Sin duda, las lógicas construidas desde el rentismo han tenido una influencia en todo el campo político, lo comunal no esta exento de ello. Reconfigurar sus prácticas superándola es una las tareas urgentes que viene siendo realizada, la supervivencia de las experiencias que hoy por hoy se mantienen tienen mucho que ver con esa superación pero aún es un proceso activo y toca alentar esa reconfiguración, manteniendo las claves de lo comunal. Sin duda ese proceso es fundamental para no desaparecer en el marco de la crisis o de las resignificación de las comunas que se escuchan en algunxs de lxs vocerxs del gobierno, alejando las mismas de los autogobiernos, de su potencia revolucionaria.
Además, toca decir, que la crisis ha golpeado duro todo el tejido social de la revolución y, lamentablemente, algunas de las fórmulas planteadas para su superación hasta el momento en vez de alentar la organización en claves comunales se impulsa desde el gobierno fórmulas de resolución individuales o bajo modalidades de cooptación, en contra de lo visto hasta el momento en la revolución, que si bien siempre tuvo esas opciones, fueron compaginadas con aquellas que apostaban con sumar a la base social chavista desde la motivación de la organización popular de diversa índole.

El reto de lo comunal como horizonte
Desde allí el encuentro es un hito importante que permite retar a ese sujeto, retarlo desde diversas tareas urgentes, muchas de ellas fueron presentadas como acuerdos de mesas, la necesaria construcción de la unidad dentro del chavismo, que debe ser asumida como una diversa construcción que permitió echar a andar un proyecto político desde la hegemonía que debe ser recuperada; el fortalecimiento y cualificación de los emprendimientos económicos pensando en el desarrollo de un real Sistema Económico Comunal contrario a lo expresado por funcionarios del gobierno que plantean una regresión en términos económicos, alejándose para muchxs del socialismo; avanzar con el desarrollo de los sistemas de agregación y articulación que plantean las Leyes del Poder Popular dejando claro que no sólo es una tarea de los Consejos Comunales y Comunas.
Por ello compartimos lo expresado en el documento para el debate del Movimiento Comunero de Simón Planas(1), cuando plantea que la comuna y sus agregaciones no pueden ser pensada solamente como la que recibe el registro en el Ministerio de las Comunas, ni vista como sector, sino como síntesis de una tarea estratégica como es la construcción del Estado Comunal, tarea planteada por el Comandante Chávez y también por el Presidente Maduro en su primera intervención ante la Asamblea Nacional Constituyente.
Allí pensamos que “la construcción del Estado Comunal es una tarea ineludible de lxs revolucionarixs que militan en los diversos sectores: obrerxs, campesinado, estudiantes, mujeres, y en las expresiones territoriales de poder popular, entre ellas los consejos comunales y comunas (en cualquiera de sus posibles agregaciones o articulaciones), encontrándose todxs en una lucha común”, como se manifestó y visualizo en el encuentro. “Desde allí reinvindicarnos como comunerxs, que buscamos la construcción del bloque histórico de lxs oprimidxs para la defensa de la vida y de lo común, necesario para el rearme hegemónico de la Revolución Bolivariana.”

Insistimos en que uno de los espacios de construcción de lxs revolucionarixs, de lxs comunerxs, junto al gobierno bolivariano debe ser el impulso de un Sistema de Gobierno Popular, que debe generar la necesaria tensión transicional entre lo que no termina de morir y lo que está naciendo, partiendo de que el pueblo asume la tarea de construcción del Estado Comunal, con la constitución de autogobiernos populares y experiencias de cogobierno de estos con el gobierno Revolucionario (en todas sus instancias de representación), quien desde allí debe desarrollar la nueva institucionalidad necesaria para avanzar.
Todo esto en el marco de ataques feroces desde todo ámbito posible, la arremetida internacional es la mejor orquestada en muchos años, con capacidad real de detener nuestro proceso, la división local de la oposición es un espacio que puede permitir hacer estos ensayos de impulso de doble poder y de transferencias de competencias al pueblo organizado, pensando no sólo en la acción necesaria de un gobierno revolucionario sino también en la creación de un tejido de resistencia del pueblo ante cualquier escenario adverso.
Por ello, también en la mayoría de las mesas de trabajo se reafirmó el apoyo a la candidatura de Nicolás Maduro en las próximas elecciones presidenciales, un número importante de críticas fueron expuesta al ejercicio de su gobierno, pero también queda claro que la lucha por la concreción de la vía comunal del socialismo sólo es posible en el marco de un gobierno que se asuma chavista, al cual le exigiremos su impulso, al cual acompañaremos para su realización.

El reto está presente, el encuentro permitió a más de uno retomar fuerzas para seguir en ese sendero, los tiempos no auguran momentos fáciles, pero si oportunidades para el desarrollo autónomo de lo necesario para reconfigurar y avanzar desde lo comunal, queda en manos de muchxs la continuidad de lo planteado, el chavismo va definiendo sus caminos, nosotrxs seguimos la ruta del socialismo planteado por el Comandante Chávez.
(1) Movimiento Comunero de Simón Planas continua con la construcción del proyecto del Comandante Chávez: Impulsaremos el Sistema de Gobierno Popular de nuestra futura Federación Comunal
Ver en línea: http://bit.ly/2CWTRfm
(2) Declaración del Encuentro en Solidaridad con el Movimiento Comunero de Simón Planas: ¡Comuna o nada!
Aquí declaración en línea: https://t.co/IcPasiZSli