jueves, 30 de enero de 2014

“Estamos así ante una ofensiva, abierta del Gobierno K y el capital (a pesar de las diferencias del capital “en general” con el Gobierno) contra los asalariados. Una vez más, lo que está en juego es redistribuir el valor generado por el trabajo:salarios y ganancias, en beneficio de las ganancias y a costa de los salarios”.

Devaluación: Esta vez, tampoco es distinto
Por: Rolando Astarita

Las recientes devaluaciones de las monedas de Venezuela y Argentina han sido presentadas por estos gobiernos y por la izquierda chavista o kirchnerista como partes de políticas progresistas e inclusivas, e incluso (en el caso chavista) socialistas. En particular, han enfatizado que no se trata de un “ajuste” sobre los bolsillos de los trabajadores, que esta vez “es distinto”. Aunque, por otro lado, sostienen que la culpa de la depreciación de las monedas la tienen “los especuladores” y “los grandes grupos concentrados”. Es claro que si unimos ambas afirmaciones, habría que llegar a la bonita conclusión de que los capitales y los especuladores sólo apuran medidas beneficiosas para los obreros y el pueblo (y favorables al socialismo, en Venezuela).

Por supuesto, estos dislates discursivos son el resultado de la función que naturalmente cumplen estos personajes: ocultar, manipular y confundir a la opinión pública; aunque lo disimulen con solemne palabrerío “nacional progresista”. Por eso, a algunos de estos sujetos se les podría aplicar aquellas palabras de Marx: “Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y los grandes actos de gobierno y de Estado como una comedia, en el sentido más vulgar de la palabra, como una mascarada, en que los grandes disfraces y las frases y gestos no son más que una careta para ocultar lo más mezquino y miserable”. Trasladado a la actualidad argentina, se trata del lumpen burgués, o pequeño burgués, puesto a funcionario “que se la cree”, y juega a la lotería de las finanzas y los tipos de cambio. Después de todo, ¿de qué sirven los bonos de los jubilados, y los dineros del erario público, si no es para “intervenir como revolucionarios” en los mercados que hasta ayer mismo se jactaban de “dominar con la política”?

Lo que enseña la historia

Para
el pueblo no hay comedia, sino tragedia. La tragedia del empeoramiento de sus niveles de vida, de la caída de los salarios, de los famosos “ajustes”. Es que el verdadero contenido de la devaluación es provocar una redistribución regresiva del ingreso de los asalariados, y de los sectores populares. Ahí está la historia económica argentina para atestiguarlo; se trata de fenómenos sistemáticos. Sin embargo, desde los medios K se intenta instalar la idea de que los ajustes por vía devaluación e inflación sólo habrían ocurrido a partir del dominio del neoliberalismo, desde 1976, y estrictamente hasta 2003 (2001-2 está “en discusión”).


Sin embargo, la realidad es que los planes de ajuste también se repitieron cíclicamente durante el período de industrialización por sustitución de importaciones, la “era dorada” de la burguesía “nacional y progresista”. Guillermo Vitelli, en Las lógicas de la economía argentina, describe la mecánica del fenómeno, en el lapso 1950-73. La primera etapa consistía en la aceleración de la inflación, a partir de la respuesta de los gobiernos a presiones de los mercados. Esta presión se expresaba, típicamente, por la renuencia de los exportadores a liquidar divisas. En respuesta, los gobiernos promovían primero una devaluación, y simultáneamente el aumento de las tarifas públicas; de esta manera procuraban mejorar las ganancias de los exportadores, y los ingresos del fisco. Pero dado que los precios de los bienes transables (de exportación e importación) siempre están atados al dólar, los precios industriales, y en general el costo de vida, aumentaban muy por encima de los salarios.

El resultado entonces era que se producía una redistribución regresiva del ingreso. Y a partir de esa nueva situación, los gobiernos buscaban congelar la nueva relación precios / salarios, o dólar / salarios, establecida. Se planteaban así los llamados “planes de estabilización”. Ilustramos todo esto con los datos que proporciona Vitelli (…)

La devaluación, expresión de la debilidad de la acumulación

A
la luz de estas experiencias históricas, ¿de dónde sacan los K-partidarios que la fuerte devaluación de las últimas semanas no va a producir una redistribución regresiva del ingreso? Se trata, una vez más, de la tradicional vía de ganar competitividad en base a la baja de los salarios. El problema de fondo, como hemos explicado en otras notas, es que el crecimiento económico de la “década ganada” no estuvo sustentado en un desarrollo basado en inversión en tecnología, y expansión de sectores productivos con alto valor agregado. Las bases del "modelo industrialista con inclusión" siguieron siendo el complejo sojero, el maicero, la gran minería, la industria automotriz e industria liviana sustitutiva de importaciones. Para dar un dato significativo, el déficit de la balanza comercial industrial hoy ronda los 33.000 millones de dólares; sólo el alto precio de la soja impidió que Argentina enfrentara una crisis cambiaria de características explosivas. Bajos salarios y “ventajas naturales” fueron históricamente las bases de la inserción del capitalismo argentino en el mundo; poco ha cambiado, en la última década, en este sentido.


Con este marco, en los últimos años se debilitaron y estancaron la inversión y la generación de empleo privado; disminuyó el superávit comercial (entre otras razones, por la creciente cuenta energética); se incrementó el déficit fiscal (financiado con emisión monetaria, que no deja de alimentar la inflación); y se potenció la fuga de capitales, un sinónimo de la debilidad de la acumulación ampliada de capital. Por eso, querer explicar la depreciación del peso por “maniobras de especuladores” es estar en la superficie de la cuestión. En última instancia, la especulación no explica los movimientos tendenciales; simplemente se monta sobre ellos, y los profundiza.


A la vista de lo anterior, hay que decir que la devaluación del peso argentino es una expresión de la debilidad del desarrollo de las fuerzas productivas. Por eso, sesudas tesis de economistas K que intentaban demostrar que Argentina había iniciado, en 2003, una fase de desarrollo cualitativamente distinta a todo lo ocurrido en su historia anterior, quedan hoy desnudadas como simples “macanazos” (aunque académicamente adornados). Como también suena cada vez menos creíble la cantinela del “modelo industrialista con inclusión social”. Más de la cuarta parte de la población permanece en la pobreza; un millón y medio de jóvenes no estudia ni trabaja; el 43% de la población activa tiene trabajos precarios; más del 70% de los jubilados recibe la mínima, o sea, una miseria; el 15% de la población activa está en la desocupación o en trabajos a tiempo parcial. Es en este cuadro de agobio en que vienen a descargarse la devaluación y el ajuste. Es en este panorama que se nos quiere hacer creer que no hay ajuste, porque “esta vez será distinto”. Pero no es distinto; es, con variaciones menores, “lo de toda la vida”.

Devaluación, inflación y lucha de clases

Dada la dependencia de la industria (y de la economía en general) de las importaciones, es imposible que la devaluación no genere aumentos de precios. De hecho, ya muchos capitalistas “se cubrieron”, y otros lo están haciendo por estos días. Y en las ramas o sectores en los que, por alguna razón, no se produzcan los aumentos de precios compensatorios, habrá caída de la tasa de rentabilidad, y en el mediano plazo, de las inversiones. En este sistema las decisiones de invertir se toman en base a la rentabilidad, y al horizonte temporal dentro del cual la misma se pueda mantener. Aquí no tienen nada que hacer los “sentimientos patrióticos”, y cosas por el estilo. Por este motivo, es absurdo decir que la devaluación es una imposición de “los grupos económicos antinacionales”, como pretende cierta izquierda “nacional marxista”. La devaluación venía siendo solicitada por muchos sectores, incluidos muchos pertenecientes al “capitalismo nacional”.

El hecho es que ya se habla, para enero, de una inflación que superaría fácilmente el 4%. Producida la devaluación, los sectores vinculados a los bienes transables generalmente suben los precios más rápido que los no transables; estas diferencias dan lugar a cambios en la rentabilidad relativa, y por lo tanto en la inversión en sectores. De todas maneras, por encima de estas desigualdades, y de los diferentes ritmos del proceso inflacionario, la dirección general es clara: hay una aceleración de la suba de precios, lo que significa que ya está ocurriendo una caída del salario real. No se trata de un pronóstico, sino de un diagnóstico de lo que ha venido ocurriendo en las últimas semanas, y de manera cada vez más acelerada. Con la perspectiva de nuevos aumentos de precios en el futuro próximo. Esto lo sabe cualquier trabajador común.


Toda la apuesta del Gobierno -y en esto lo acompañan las cámaras patronales- es a que los salarios suban en una proporción mucho menor de lo que lo hacen los precios. Si lo logra, habrá garantizado un aumento de la ganancia del capital; significaría también un aumento del tipo de cambio real, a costa del incremento de la tasa de explotación. Por eso, ministros y altos funcionarios están pidiendo "responsabilidad" a los dirigentes sindicales.

Estamos así ante una ofensiva, abierta del Gobierno K y el capital (a pesar de las diferencias del capital “en general” con el Gobierno) contra los asalariados. Una vez más, lo que está en juego es redistribuir el valor generado por el trabajo, salarios y ganancias, en beneficio de las ganancias, a costa de los salarios. Por otra parte, es previsible que si los asalariados logran recuperar el terreno perdido, los capitalistas y el Gobierno respondan con nuevas rondas de alzas de precios y devaluaciones. En ese caso, la agudización de la espiral inflacionaria sería un reflejo de la agudización del conflicto de clase en torno a la distribución del ingreso. Este escenario -que ya ocurrió en Argentina- plantea, objetivamente, la necesidad de que la lucha de los asalariados cuestione la raíz del problema, que no es otra que la propiedad privada del capital. Nunca hay que olvidar que, en tanto los capitalistas controlen los medios de producción y de cambio -con ayuda del Estado, que jamás es neutral en estos conflictos decisivos-, los combates puramente económicos tendrán límites infranqueables. Pero cuando la lucha atañe a toda la clase trabajadora, el conflicto no es simplemente económico, sino político, y las respuestas, en definitiva, tienen que darse en ese plano. Para que alguna vez "la tortilla se dé vuelta", y las cosas sean realmente distintas para los trabajadores y los oprimidos.
Fuente: http://www.argenpress.info/2014/01/devaluacion-esta-vez-tampoco-es-distinto.html

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